A propósito de lo que sale hoy publicado acerca del "mea culpa" público de los Legionarios, creo que se impone una reflexión acerca de lo difícil que puede resultar a veces creer en que una persona haya recibido verdaderamente un don.
Me refiero a aquellas ocasiones en que vemos que alguien dice haber recibido de Dios un Don, una Gracia, un Carisma, una Vocación... y nos sorprende actuando de forma poco o nada cristiana. Es el caso, por ejemplo, del Padre Maciel. Fue una persona que podemos suponer recibió, en un momento dado, un Carisma de Dios y lo fructificó. Sin embargo, muchos años después salen a la luz abusos, amante y una hija. Surge irremediablemente la pregunta: ¿puede haber recibido una persona así algo tan importante de Dios?; ¿no dice Jesús que "por los frutos los reconoceréis"? Creo que no me equivoco mucho si digo que más de uno habrá dudado, y habrá puesto incluso en tela de juicio la integridad y los fundamentos mismos de la Congregación. ¿Puede alguien tan "pecador" dar un fruto así?
Pues lo cierto es que a nosotros no nos toca juzgar. Como mucho, podemos observar los hechos y emitir un juicio crítico y objetivo con los mismos hechos en si. Más allá no nos está permitido entrar. Sin embargo, no es menos cierto que, si las preguntas antes mencionadas afloran en nosotros, debemos responderlas primero por evitar juicios injustos, y segundo y más importante, para poder calibrar con más criterios eclesiales, espirituales y teológicos este tipo de situaciones, que incluso en nuestra vida espiritual (si bien de otras formas, aunque no con menos importancia) se puedan producir. Las preguntas, entonces, revierten sobre nosotros mismos: ¿cuántos dones he recibido de Dios?; ¿qué he hecho con ellos?; ¿han dado fruto o los he tirado - estoy tirando - al mar?; ¿qué estoy haciendo con mi vocación? Y, entonces, por si sola, aparece una respuesta genérica quizás pero ecuánime: seguramente el Padre Maciel fue un hombre de Dios, pero acabó por tirar por la borda muchas cosas que Dios le dio. La diferencia con San Francisco o Santa Teresa, por ejemplo, es que éstos, si bien cayeron y se levantaron muchas veces, fueron fieles hasta el final. Cerca de su muerte lo decía el Poverello: "aún puedo tener hijos e hijas", o sea, aun puedo dar la espalda a Dios, a pesar de mi Historia de Amor con Él.
Somos, por tanto, libres. Dios no coarta nuestra libertad, ni siquiera cuando hayamos recorrido con Él todos los caminos del mundo. Los Apóstoles convivieron con Jesús y, al final, le dieron la espalda. Luego viene el arrepentimiento, claro, pero los actos tienen sus consecuencias, y éstas a veces toman caminos irreversibles. El Padre Maciel fue, digo, un hombre de Dios, pero a partir de un momento dado fue más hombre que "de Dios".
Podemos recibir de Dios lo que sea, estar cerca de Él como nadie, comer y beber con Él... pero el día que volvamos la mirada a otra parte ya no le miraremos a Él, y poco a poco seremos más "yo" y menos "Él".
Debemos pues, vigilar, no sea que un día, por temor a perder un talento, lo enterremos y no demos ya fruto.
Pace Bene.
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Muy acertado Miguel, creo que podemos recibir dones extraordinarios y en un momento determinado tirarlo todo por la borda. Los santos que tantas veces admiramos eran consciente de ello y de ahi ese temor que expresaban con frecuencia.
Un saludo.
Domingo, 19 de febrero
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Peio Sánchez Rodríguez
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
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Alejandro Córdoba
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