Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

San Damiano: el comienzo del camino.

30.08.09 | 17:34. Archivado en Assisi
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Un día en que invocaba con más fervor la Misericordia de Dios, le manifestó el Señor que en breve se le diría lo que había de hacer. Con esto se llenó de tal gozo que, no pudiendo contener la alegría, aun sin querer decía al oído de los hombres algo de estos secretos. Pero hablaba con cautela y enigmáticamente, diciendo que no quería ir a la Pulla y que en su patria llevaría a cabo cosas grandes y nobles. Sus compañeros, que lo veían tan cambiado y tan alejado de ellos en sus pensamientos, aunque a veces los acompañara corporalmente, de nuevo le preguntaron, como chanceándose: «Pero ¿es que piensas en casarte, Francisco?» A lo que contestó con palabras enigmáticas, como arriba queda dicho. A los pocos días, cuando se paseaba junto a la iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala». Y él, con gran temblor y estupor, contestó: «De muy buena gana lo haré, Señor». Entendió que se le hablaba de aquella iglesia de San Damián, que, por su vetusta antigüedad, amenazaba inminente ruina. Con estas palabras fue lleno de tan gran gozo e iluminado de tanta claridad, que sintió realmente en su alma que había sido Cristo Crucificado el que le había hablado. Saliendo de la iglesia, encontró a un sacerdote sentado junto a ella, y, metiendo la mano en su bolsa, le ofreció cierta cantidad de dinero, diciéndole: «Te ruego, señor, que compres aceite y cuides de que luzca continuamente una lámpara ante este crucifijo. Y, cuando se acabe este dinero, yo te daré de nuevo lo que fuere necesario para lo mismo».

Así se narra en Tres Compañeros 13 la escena en que Francisco se encuentra con la iglesita de San Damián y, orando en ella, comprende lo que debe hacer. Se ha llamado a esta escena, con frecuencia, la de la conversión del santo. Sin embargo, la verdadera conversión tuvo lugar cuando Francisco se bajó del caballo y besó al leproso, es decir, cuando por Amor a Dios fue capaz de hacer lo contrario a lo que el cuerpo le pedía, para entendernos.

De forma que así empezó Francisco su andadura evangélica, reconstruyendo esta capillita la cual cabe señalar, sin embargo, le sirvió también de refugio contra las iras de su padre, y como lugar en el que, luchando contra sus miedos, supo al final vencerlos y vencerse, abandonándose en los brazos de su nuevo Padre:

Con gran alegría se levantó de la sobredicha visión y alocución del crucifijo, protegiéndose con la señal de la cruz; montó en el caballo con telas de diversos colores y llegó a la ciudad que se llama Foligno. Aquí vendió el caballo y todo cuanto había llevado, y regresó a continuación a la iglesia de San Damián. Habiendo encontrado allí al pobrecillo sacerdote, le besó las manos con fe y reverencia, y le ofreció el dinero que llevaba, y le fue contando ordenadamente el propósito que acariciaba. Atónito el sacerdote y asombrado de su repentina
conversión, no le quiso creer; y, pensando que se trataba de una burla, tampoco quiso aceptarle el dinero. Mas él se esforzaba con viva insistencia en convencer al sacerdote de lo que le decía y le rogaba con gran interés que le permitiera morar con él. Accedió, por fin, el sacerdote a que se quedara con él, pero no se dignó recibir el dinero por miedo a sus padres. Por lo cual aquel verdadero despreciador del dinero lo arrojó a una ventana, como si fuera vil polvo. Como se iba prolongando su permanencia en este lugar, su padre indagaba solícito y preguntaba por el paradero de su hijo; y, como oyese que había cambiado por completo de porte y que vivía de esa manera en aquel lugar, herido súbitamente en lo más íntimo de su corazón y contrariado por los inesperados acontecimientos, llamó a sus amigos y vecinos y marchó a toda prisa a buscarlo. Mas Francisco, caballero novel de Cristo, tan pronto como se enteró de las amenazas de los que le perseguían y tuvo noticia de la llegada de los mismos, quiso sustraerse a la ira de su padre y se refugio en una cueva oculta que para esto se había preparado, y allí permaneció escondido durante todo un mes. Tan sólo uno de la casa paterna conocía la cueva, en la que ocultamente comía lo que de tanto en tanto
se le traía. Allí oraba sin cesar bañado en copiosas lágrimas y pedía al Señor que le librara de esa persecución dañosa e hiciese cumplir con benigno favor sus piadosos deseos. Orando así, continua y ardorosamente con ayunos y lágrimas, y desconfiando de su virtud y fuerza, puso totalmente su confianza en el Señor, que, a pesar de las tinieblas en que estaba envuelto, le había hecho rebosar de inefable alegría y le había inundado de maravillosa claridad.

(TC 16-17 p.1).

Este relato nos sirve, además de para conocer mejor los inicios de la "carrera" evangélica del Santo, para reflexionar dos cosas:

1. El proceso de conversión de los santos jamás es un camino de rosas. Al contrario, es aquí cuando empiezan a cobrar sentido práctico las Palabras de Jesús:

Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo.

(Jn 15, 18-19).

Por tanto, son caminos difíciles, aunque llenos de amor a Dios; duros, pero que siempre cuentan con el consuelo de Dios y al final de los cuales aparece una persona que, aun sin ser santa todavía, ya ha optado en serio por un camino concreto hacia Dios. Se abren los oídos del Espíritu, se ve mejor con los ojos de Dios, se camina a sus tiempos, se aprende poco a poco a ser como Él y a dejarse guiar por Él.

2. Francisco no fue un hombre al que todo le resultara fácil y bonito. Recuerdo que un sacerdote, al decirle yo que había optado por el camino franciscano, me contestó: "¡Ah, el carisma franciscano, qué bonito, con la contemplación de la naturaleza...!". Gracias a Dios, es mucho más. Francisco pisó por donde había pisado Jesús, y de ahí su Comunión con la Creación.

A veces no puedo evitar esbozar una sonrisa cuando oigo narrar vidas de santos, en las que parece que todo fue fácil, y que ya habían nacido así, santos. La santidad es un camino, pero ya dijo Jesús que el camino es angosto y la puerta estrecha. Pero eso no significa que sea triste, costoso, espinoso, "un rollo"... qué va, al revés, Dios está a nuestro lado y hacer su Voluntad no es obedecer como un cadáver, sino amar lo que Dios te sugiere y te va diciendo, es decir, estar abierto gozosa y amorosamente a su Palabra. Y, cuando cuesta, el camino se hace un poco más llano al sentirte acompañado del Paráclito.

3 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por pablo 31.08.09 | 23:08

    Miguel, decididamente era un hombre singular, asi lo veo yo tambien.
    Primero amar a Xto. y despues todo lo que se haga es por ese Amor.
    un saludo.

  • Comentario por Miguel Blanes Coll [Blogger] 31.08.09 | 21:59

    Pace Bene, Pablo. Es cierto, todo el que siga el Evangelio es franciscano, por expresarnos en términos generales. Pero lo novedoso de Francisco fue, como han señalado algunos autores que, a diferencia de otros místicos, alcanzó primero la vía unitiva, viviendo después la purgativa y la unitiva. Es decir, Francisco se enamoró de Cristo, y alrededor de ese Amor configuró su Vida, que se refleja en lo que vemos desde fuera. Pero no se purificó primero para luego, al final de un camino de ascesis, llegar a Cristo. Más bien fue al revés: por Amor a Cristo hací todas las cosas, y configuraba su experiencia mística y espiritual.

  • Comentario por pablo 31.08.09 | 21:46

    Miguel, al leer la vida de Francisco me sorprendio que su camino era el del evangelio. Entonces no veo yo un carisma franciscano sino el obedecer el evangelio al pie de la letra ese era el camino de Francisco. Es decir, todo el que cumple el evangelio es franciscano. ¿o no?
    Un saludo.

Domingo, 19 de febrero

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