
De la Leyenda de Santa Clara, de Tomás de Celano:
1. Admirable ya por su nombre, Clara de apelativo y de virtud, esta mujer, nacida en Asís, procedía de muy ilustre linaje: conciudadana primero en la tierra del bienaventurado Francisco, comparte ahora con él el reino de los cielos. Su padre era caballero, y toda su progenie, por ambas ramas, pertenecía a la nobleza militar; de casa rica, con bienes muy copiosos en relación al nivel de vida de su patria. Su madre, Hortulana de nombre, que había de dar a luz una planta muy fructífera en el huerto de la Iglesia, abundaba ella misma en no escasos frutos de bien. Pues, no obstante las exigencias de sus deberes de esposa y del cuidado del hogar, se entregaba según sus posibilidades al servicio de Dios y a intensas prácticas de piedad. Tanto, que pasó a ultramar en devota peregrinación, y tras visitar los lugares que el Dios-Hombre dejó santificados con sus huellas, regresó gozosa a su ciudad. Por dos veces fue a orar al santuario de San Miguel Arcángel y también visitó piadosamente las basílicas de los Apóstoles.
2. ¿Para qué más? Por el fruto se conoce el árbol y por el árbol se recomienda el fruto. Tanta savia de dones divinos gestaba ya la raíz, que es natural que la ramita floreciera en abundancia de santidad. Estando encinta la mujer, muy próxima ya al alumbramiento, oraba en la iglesia ante la cruz al Crucificado para que la sacara con bien de los peligros del parto, cuando oyó una voz que le decía: «No temas, mujer, porque alumbrarás felizmente una luz que hará más resplandeciente a la luz misma». Ilustrada con este oráculo, al llevar a la recién nacida a que renaciera en el santo bautismo, quiso que se la llamara Clara, confiando en que, de acuerdo con el beneplácito de la voluntad divina, de alguna manera se cumpliría la promesa de aquella luminosa claridad.
Hoy sigue alumbrando Clara con la Luz de su ejemplo virginal de consagrada, amante de Cristo y plantita de Francisco. Es esto último lo que quizá resulta más peculiar de la vida de la Santa: su vida espiritual, el desarrollo de la misma y su crecimiento dependía del crecimiento y desarrollo espiritual de Francisco. Es como una planta sembrada en una maceta: cuanto más rica y más regada es ésta, cuanto más cerca del sol - de su luz y calor - más y mejor crece aquélla. Es un don particularísimo, del que quizá no se habla mucho cuando se llama a Clara "plantita" de Francisco. No sólo lo es porque por él conociera a Cristo, sino porque su experiencia carismática y cristológica era alimentada de la de Francisco. Por decirlo de otro modo, sin Francisco, Clara no hubiera sido posible.
Conoció en efecto a Cristo y se desposó con Él, siendo ello fruto del desposorio de Francisco con Dama Pobreza. Por tanto, sin la Unión Mística del Poverello con el Señor, Clara jamás se habría consagrado, puesto que lo hizo en un mismo movimiento y con un dinamismo, fruto del primero, como cuando una vela es hinchada por el viento y mueve el barco: el barco depende de la vela, y ésta del soplo del viento. Sólo hay que contemplar y meditar la vida de la hija de Hortulana para comprender la perfecta unión mística de estas dos almas, que hoy siguen dando tanto y tanto fruto para el bien de las almas.
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Pace Bene.
Sábado, 18 de febrero
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