
Las biografías y testimonios, tanto de Francisco como de Clara, relatan más de una vez cómo ambos santos y sus hermanos y hermanas, al orar, lo hacían con abundantes y copiosas lágrimas. Muchas veces me he preguntado a qué podía deberse, es decir, ¿por qué llorar tanto cuando estás con el Señor? ¿A qué responden los lloros? ¿Son de pena, de arrepentimiento, de desolación, de tristeza? Sin embargo, con el tiempo y meditándolo pienso que las lágrimas, sobre todo, ayudan a purificar el alma. En efecto, el que se encuentra con Jesús y experimenta la fuerza de su Luz y de su Amor constata también una purificación, que el torrente de la presencia de Jesús opera por si mismo, de la misma forma que el sol, por si solo, calienta e ilumina. Trasciende por completo todo sentimentalismo, o cualquier forma de expresar tristeza. Se puede llorar en la oración, pero llorar por la oración es distinto. Algo así ocurre: cuando el alma, puesta tal cual es ante Dios, experimenta su Santidad, es purificada, como si el polvillo que arrastra fuera limpiado por una luz abrasadora, llevando a las lágrimas, expresión externa de lo que sucede en el interior de la persona. Son por tanto reflejo de una purificación, de un vértigo total ante la Santidad Total del Altísimo, a la vez que de una dicha irrefenable, de un gozo que sólo el que lo experimenta sabe balbucir palabras. Y, acompañadas de Caridad y frutos dignos de penitencia, como diría Francisco, son garantía de una oración auténtica, bañada en la Gracia, que por lo menos vislumbra de Dios un poco más de lo que a veces solemos pensar.
Martes, 14 de febrero
Miguel Blanes Coll
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Alejandro Córdoba
Manuel Mandianes
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
José Mª Castillo
Faustino Vilabrille Linares