Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Y Francisco bendijo Assisi

27.07.09 | 15:37. Archivado en San Francisco de Asís, Biografías
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Cómo bendijo a la ciudad de Asís cuando era llevado a morir a Santa María.

Certificado el Padre santísimo, tanto por el Espíritu Santo como por dictamen de los médicos, de la inminencia de la muerte, estando todavía en dicho palacio y sintiéndose cada vez más abrumado y falto de fuerzas, dispuso que lo trasladaran en una camilla a Santa María de la Porciúncula, porque anhelaba acabar su vida allí donde había empezado a experimentar la luz y la vida del alma.

Cuando llegaron al hospital, situado a la mitad del camino entre Asís y Santa María, dijo a los que lo llevaban que dejaran las parihuelas en el suelo. Como, debido a su prolongada y grave enfermedad de los ojos, apenas veía nada, hizo que le volvieran de forma que tuviera el rostro mirando hacia la ciudad de Asís.

Entonces, incorporándose un poco, dio la bendición a la ciudad, diciendo: «Señor, como, según creo, esta ciudad fue en la antigüedad lugar y refugio de hombres malvados, así veo que, cuando has querido, por tu mucha misericordia has manifestado en ella de forma singular la abundancia de tus bondades y que por tu sola bondad la has elegido para que sea lugar y morada de los que te conozcan de verdad y den gloria a tu santo nombre y ofrezcan a todo el pueblo cristiano olor de buena fama, de vida santa, de la doctrina verdadera y de la perfección evangélica. Te ruego, pues, Señor mío Jesucristo, Padre de toda misericordia (cf. LP 5 n. 3), que no te acuerdes de nuestras ingratitudes, sino ten presente la inagotable clemencia que has manifestado en ella, para que sea siempre lugar y morada de los que de veras te conozcan y glorifiquen tu nombre, bendito y gloriosísimo, por los siglos de los siglos. Amén».

Dichas estas palabras, lo llevaron a Santa María. Cumplidos los cuarenta años de edad y los veinte de su admirable penitencia, el día 4 de octubre del año del Señor 1226 (9) voló al encuentro de nuestro Señor Jesucristo, a quien amó de todo corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con vivísimo anhelo y afecto; a Él siguió perfectísimamente, tras Él corrió velozmente y, por fin, gloriosísimamente llegó a Él, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Esta bendición, pronunciada por el Santo sobre la ciudad, sigue hoy produciendo fruto abundante: en Asís encuentran la paz los que la buscan de corazón; hallan a Dios los que, habiendo pecado, lo habían perdido; son bendecidos los que desean encontrarse con Cristo y su Santísima Madre; glorifican al Padre los que saben encontrar en ella las maravillas de la Creación; vuelven al camino los extraviados; encuentran sentido a sus vidas los que creían que ya no tenía ninguno; se ve una Iglesia joven, entusiasta, llena de vida; son perdonados los que buscan Redención.

Ciertamente, esta conmovedora escena, en la que podemos contemplar cómo Francisco, exhausto, bendice Asís, no puede sino llevarnos a la gratitud, a la Bendición, porque hoy podemos hallar en Assisi, lugar de Paz, la Presencia del Altísimo. Es lugar santo, como reza la inscripción al pie de la entrada de la Porciúncula. La Santidad produce frutos, y la de Francisco y Clara es ejemplo patente.


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