Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Entender y vivir la Misa (XXVII): Acción de Gracias.

14.07.09 | 15:42. Archivado en Eucaristía
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Una vez recibida la Comunión, damos Gracias por el Don recibido. Pero es este, además, un momento idóneo para hacer una buena oración, aunque sea breve: intimar con Jesús, profundizar en nuestro interior, saboreando espiritualmente lo que hemos recibido, en actitud de agradecimiento y adoración...

Los momentos posteriores a la Última Cena los contempla Juan como cargados de Mística: los discursos de Jesús, su oración en el capítulo 17... en el que Dios es revelado a los apóstoles en su Gloriosa Trinidad, y en su íntima unión. Si bien es cierto que Jn no relata la Institución de la Eucaristía, porque de algún modo ya ha ocupado el Evangelio entero, no es menos cierto que presenta la Última Cena como un momento de Fraternidad y, sobre todo, de unión mística en Jesús por el Espíritu.

Y esos son los frutos que la Eucaristía viene a dar en los que la recibimos. Otra cosa es que la acojamos y dejemos que fructifique, en una gozosa oración que debe desembocar en una aciva y efectiva Caridad y, por extensión, en una vida más auténticamente cristiana y de adoración. Es lo que prometió Jesús: "si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14, 23). Por tanto, la Fidelidad y el Amor al Jesús que acabamos de recibir en la Eucaristía revertirán, si son auténticos y se cuidan, en una Fidelidad constante al Hijo, que nos procurará el Amor del Padre y, con Él, la presencia constante de Dios en nosotros.

"En efecto, resulta evidente que, por la gracia de Dios, la más digna de las criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, ya que los cielos y las demás criaturas no pueden contener al Creador, y sola el alma fiel es su morada y su sede, y esto solamente por la caridad, de la que carecen los impíos, como dice la Verdad: El que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a él, y moraremos en él (Jn 14,21.23)", dice Clara en su Carta III a Santa Inés de Praga. Por eso, el hecho de recibir la Eucaristía no es para tomárselo a broma. Al contrario, es la fuente de la vida de todo cristiano que quiera, por la Caridad, sembrar el Mensaje de Cristo, y aun a Cristo mismo:

Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos, y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y hacen frutos dignos de penitencia: ¡Oh cuán bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada, y son hijos del Padre celestial, cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro Señor Jesucristo. Somos para él hermanos cuando hacemos la voluntad del Padre que está en los cielos; madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo, por el amor divino y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo.

(San Francisco de Asís - 1ª Carta a los Fieles, I).

De ahí que la Iglesia insista tanto en que se vaya a Misa los Domingos y fiestas de guardar, y se comulgue al menos por Pascua: recibirle, al menos, cuando se manifiesta plenamente el Misterio Salvífico de su Resurrección. No hacerlo no es, como se ha dicho y creido mucho tiemp, pecado mortal. No hay que pasarse. Pero sí es cierto que, sin Eucaristía y, sobre todo, sin Comunión, lo difícil es ser cristiano. De hecho, y aunque la Iglesia da mucho margen, opino que ir a Misa y no comulgar - mientras se esté en condiciones - no tiene mucho sentido: es ir a un Banquete con Jesús y no comer de lo que nos ofrece.

¡Oh cuán glorioso, santo y grande es tener un Padre en los cielos! ¡Oh cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un tal esposo! ¡Oh cuán santo y cuán amado, placentero, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!, quien dio la vida por sus ovejas y oró al Padre diciendo:

Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado en el mundo; tuyos eran y tú me los has dado. Y las palabras que tú me diste, se las he dado a ellos, y ellos las han recibido y han creído de verdad que salí de ti, y han conocido que tú me has enviado. Ruego por ellos y no por el mundo. Bendícelos y santifícalos, y por ellos me santifico a mí mismo. No ruego sólo por ellos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, han de creer en mí, para que sean santificados en la unidad, como nosotros. Y quiero, Padre, que, donde yo esté, estén también ellos conmigo, para que vean mi Gloria en tu Reino (cf. Jn 17). Amén.

(San Francisco de Asís - 1ª Carta a los Fieles, I).

Pace Bene.

1 comentario


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios
  • Comentario por mar 14.07.09 | 19:24

    No tiene sentido ir a Misa y no comulgar. Puede ser que sin darnos cuenta nos esté influyendo lo que se oye en contra incluso por parte de católicos.

Domingo, 19 de febrero

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