E. Leclerc: Alabanzas desde la miseria

Permalink 01.07.09 @ 15:14:28. Archivado en Actualidad

Quisiera compartiros hoy el Posfacio del libro "El cántico de las criaturas" de E. Leclerc, OFM. No tiene desperdicio, impresiona y te hace pensar sobre lo tristemente fácil que nos resulta quejarnos a Dios y de Dios cuando las cosas nos van mal. Pace Bene.

Abril de 1945: los ejércitos aliados penetran en el corazón de Alemania. Por la línea de ferrocarril que une Passau con Munich, un largo mercancías rueda lentamente. En los vagones se amontonan deportados a millares. Están encerrados desde hace veintiún días. Han muerto unos centenares. Centenares agonizan, hambrientos, delirantes. Salido de Buchenwald, el tren da una larga vuelta por Checoslovaquia y los montes de Bohemia y se dirige a Dachau, cerca de Munich. Y he aquí que en uno de estos vagones resuena un canto: el Cántico de las Criaturas de Francisco de Asís. ¡Increíble! Pero cierto. «Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano Sol... Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre Tierra...».

¿Qué significaba este canto en semejantes circunstancias? Los que lo cantaron eran fantasmas entre muertos. ¿Qué pasaba en aquel vagón?

Al cabo de este estudio del Cántico del Sol, permítasenos arrancar unas páginas de nuestro diario e insertarlas aquí. No podríamos ofrecer una ilustración mejor de la tesis que acabamos de desarrollar: el Cántico del Sol de Francisco de Asís no es solamente la expresión de una emoción estética, o estético-religiosa ante el espectáculo de la naturaleza; es el lenguaje de una experiencia que tiene lugar en la noche del alma.

Pero a la hora de abrir este diario nos invade un escrúpulo. ¿Quién puede pretender haberse acercado a la experiencia del Poverello? En la historia ha habido un solo Francisco de Asís. Él solo cantó de verdad el sol y la muerte con el mismo corazón fraternal. No, no pretendemos en modo alguno haberle imitado, ni de cerca, ni de lejos. Pero ¡ya es mucho que se nos diera el haber cantado el sol en la muerte!

* * *

... 7 de abril, tarde. Cae la noche, el tren rueda. ¿En qué dirección? No lo sabemos. Una cosa es cierta: estamos embarcados; noventa o cien hombres por vagón, acurrucados, apiñados, un camarada entre las piernas, como esqueletos empotrados unos en otros. Comienza la horrible pesadilla. (No podíamos entonces sospechar que la cosa iba a durar, no tres, cuatro o cinco días, sino exactamente veintiún días y veintiuna noches).

Imposible estirar las piernas. ¡Y estábamos tan agotados! ¡Tan desesperados! Aquella mañana esperábamos en el campo de Buchenwald una pronta liberación. La habíamos esperado todo el invierno entre hambre, frío y trabajo duro, en la misma muerte. Muchos habían muerto. En fin, habíamos pasado por todo. Pero la liberación había asomado: sólo a unos kilómetros de nosotros había aparecido tan real y poderosa como el sol primaveral victorioso sobre el largo invierno. De lo alto de la colina de Buchenwald divisábamos el fuego de los cañonazos americanos. Todo era cuestión de días, quizás de horas. El cañón retumbaba y la esperanza hacía trepidar nuestros corazones.

Pero los S.S. decidieron la evacuación de una parte del campo. Muchas columnas de detenidos habían tomado ya la ruta, bajo una fuerte escolta, los días anteriores. Hoy nos tocaba a nosotros. Con la muerte en el alma bajamos a pie los pocos kilómetros que separan las alturas de Buchenwald de la estación de Weimar. Volvimos la espalda a la esperanza. Formamos una larga columna de unos cuatro a cinco mil condenados. No éramos ya seres vivos. Algunos camaradas caían exhaustos. Los S.S. los remataban con un tiro en la cabeza. La ruta se veía en algunos lugares salpicada de sangre y sesos.

En la estación de Weimar nos embarcaron.

Rodábamos a lo ignoto. Dos S.S. vigilaban cada vagón. Unos vagones son cubiertos; otros, como el nuestro, negros todavía de carbón, tienen por techo el cielo. Algunos camaradas han logrado traer una cobertura: felizmente, pues las noches son todavía frías en Alemania en esta estación del año, apenas terminado el invierno. Y no habíamos comido nada. Un silencio de muerte reina sobre nosotros. Acunados por la marcha del tren nos abandonamos a una tristeza sin fondo.

Al día siguiente a la mañana, 8 de abril: parada en una pequeña estación. El tren se estaciona durante todo el día y durante toda la noche. Nos está prohibido levantarnos, ni siquiera para estirar las piernas. Estamos condenados a permanecer acurrucados día tras día. Por todo avituallamiento, unas patatas y algo de pan. Nada caliente, desde luego. Y hace una niebla muy fría.

En el centenar de hombres apilados en nuestro vagón los hay de todos los países de Europa. Los hay también de todas las categorías sociales. La mayor parte frisan los veinte y treinta años. Todos parecen avejentados. Algunos saben por qué han sido arrestados y deportados: formaban parte de una red de resistencia. Otros están allí simplemente porque han sido apresados en una redada en París, en Varsovia o en algún otro lugar. Hablamos lo menos posible de estas cosas. Cuando la miseria es extrema, ¿qué queda por conocer de un hombre sino su sufrimiento con el que uno se identifica? Y aquí el sufrimiento es de todos y sin límites. Todas las diferencias se desvanecen ante esta comunidad de destino. Perdidos en esta masa estamos cinco hijos de san Francisco.

El lunes 9 de abril, el tren emprende la marcha, muy avanzada la mañana. Mientras rodamos, la vigilancia de los S.S. se afloja. Aprovechamos la circunstancia para levantarnos un momento y osar una mirada sobre el país que atravesamos. A la tarde, el tren se para en los arrabales de Leipzig. Los S.S. mandan sacar de los vagones a los primeros muertos del viaje, que son enterrados sumariamente al borde de la vía férrea. Por la noche rodamos lentamente hacia el Este, lo mismo que durante toda la mañana del martes. Durante un tiempo bordeamos el Elba. No quedan sino unos cincuenta kilómetros para Dresden. Pero he aquí que el tren cambia de dirección y se dirige al sur.

Es probable que la intención de los S.S. fuera conducirnos al campo de concentración de Flossenburg, situado en la frontera checoslovaca, en el Oberpfälzer Wald; pero por razones que ignoramos debieron renunciar a este destino.

La cosa es que la mañana del miércoles, 10 de abril, nos encontramos en Pilsen, Checoslovaquia. Inmediatamente se forman grupos de checos en las inmediaciones de la vía. Su emoción a la vista de nuestros vestidos raídos y de nuestras figuras cadavéricas es grande. Comienzan a lanzarnos pan. Los S.S. responden con unos tiros de metralleta. El tren avanza lentamente, pasa bajo un puente de la ciudad. Gente que acude lanza víveres desde el puente a nuestros vagones. Nos atropellamos para coger los pedazos de pan. Más que nunca se nos prohíbe levantarnos. Pero el hambre es fuerte. El tren se detiene en una pequeña estación en plena campaña, no lejos de Pilsen, donde nos ponen en vía muerta. Recibimos algo de avituallamiento a la tarde: una bola de pan para diez hombres. Y la jornada se acaba sacando a los muertos, cuyo número se eleva cada día. Los cadáveres no se entierran a lo largo de la vía, se amontonan en grandes vagones abiertos enganchados al fin del convoy. Por cierto, no son ya más que unos esqueletos. Se les empuña por brazos y pies, y se les lanza al vagón como sacos.

Al día siguiente, jueves, 11 de abril, el tren no sale en todo el día de esta pequeña estación. A la tarde se saca a los muertos. No hay otra novedad. Tampoco el día siguiente, en que seguimos esperando sin víveres hasta la tarde. A la tarde se sacan los muertos. La vida se ha simplificado trágicamente para nosotros. Nos queda una sola ocupación: ver morir aguardando que nos toque la vez. Se calcula una media de dos muertos diarios por vagón, o sea un centenar cada día en todo el convoy.

Las jornadas de inmovilidad nos parecen interminables. Pero las noches nos reservan otro suplicio. Al lado de los moribundos en estertores, algunos, acostados, se disputan un poco de lugar; otros se vuelven locos y se dan de cabezadas contra las paredes del tren para acabar con la pesadilla. Y encima, un S.S. reparte a todo el mundo culatazos para restablecer la calma. Pero esto es nada. Lo que hace mal, un mal atroz, es sorprenderse a sí mismo en trance de atisbar la muerte de un vecino pensando que mañana habrá un poco más de espacio para estirarse.

En la noche del viernes al sábado, tentativas de evasión en algunos vagones: este gesto de desesperación nos costará caro. A la mañana, un oficial S.S. sube a nuestro vagón y dispara a quemarropa sobre el montón de prisioneros. Alcanza a dos compañeros: agonizarán largo tiempo.

Fue el lunes 16 de abril cuando el tren emprendió de nuevo la marcha. Tenemos la impresión de que los S.S. no saben qué hacer con nosotros y sólo les queda exterminarnos a todos. Y hace un tiempo espléndido. Todo invita a la vida. Sobre nuestras cabezas, un gran cielo azul. Las alondras cantan, ebrias de espacio y de libertad. Los hombres y las mujeres trabajan en los campos a la siembra. Y en el fondo despuntan unas pequeñas iglesias. Nuestro tren se inmoviliza al atardecer en una meseta. Y de nuevo, la espera, cara a cara con la muerte. Vivimos absolutamente ajenos a lo que ocurre en el mundo. ¿Dónde están los Aliados? ¿Qué pasa en Francia en este momento? Estas grandes cuestiones no parecen siquiera afectarnos. Para muchos de nosotros es demasiado tarde.

En la noche del martes al miércoles, el tren toma la salida. Rueda en dirección sudoeste. Esta vez nos adentramos por los montes de Bohemia. El paisaje es grandioso. Desde el fondo de nuestro vagón contemplamos la foresta que escala altas pendientes. El follaje ligero y reciente de los abedules se destaca del verde sombrío de los pinos gigantes. Aquí y allí refulge el oro de las retamas en flor. Es el estallido de la primavera. La naturaleza, ignara de lo que ocurre entre los hombres, continúa reverdeciendo y refloreciendo. Un sol radiante hace subir de la tierra húmeda y tibia el buen olor de la primavera en eclosión. En algunos lugares, las pendientes se acercan y forman un desfiladero rocoso y escarpado. Nuestro tren, con sus cinco mil condenados, penetra lentamente en estas gargantas salvajes. Se nos ocurre que nos llevan allí para alguna celebración bárbara. Y de súbito nos invade el espanto. Por encima de las paredes del vagón, sobre nuestras cabezas, se yergue la figura del oficial S.S., «el matón». Le llamábamos así porque había matado ya a varios de nosotros. Nos mira como el ave de presa la nidada que va a degollar. Su metralleta nos apunta. Y el monstruo dispara. Dos compañeros agonizan. A uno de ellos, una bala le ha herido en el vientre. Arroja sangre por la boca. Estamos en sangre. Una inmensa ansiedad nos encoge cuerpo y alma. No caben dudas, estamos condenados al exterminio. Con este pensamiento sentimos agitarse locamente el alma en nuestro almario, como pajarillo herido de muerte, que se debate en su sangre y no quiere morir.

* * *

Hemos rodado todo el día. Esta tarde, el tren se ha parado en una pequeña estación, a la salida de Böhmerwald. El puente del ferrocarril sobre el Danubio, en Passau, acaba de ser cortado. Estamos condenados a permanecer en vía muerta varios días, exactamente seis días. Jornadas largas y terribles. Para colmo de desdichas, la lluvia sucede al buen tiempo. Cae fría y persistente durante tres días y tres noches. Estamos transidos de frío. Nada caliente, por supuesto, para el estómago. Al volver de llevar a los muertos, algunos logran recoger maderas y ladrillos. Sobre los ladrillos encendemos en el vagón un fuego, ¡bueno!, un aprendiz de fuego. Y nos apresuramos a secarnos y calentarnos a su derredor. La llama es demasiado débil; no es fácil calentar esqueletos. La mayor parte de los días los pasamos sin alimento alguno. Tenemos que contentarnos con algunas hojitas de tagarnina arrancadas a toda prisa del borde de la vía al volver del transporte de los muertos.

¡Los muertos! Cada vez son más numerosos. Unos mueren de disentería; otros de agotamiento. A otros les ataca la erisipela, que es lo más horroroso que puede verse. Una noche, un día, y no hay quien los reconozca; el rostro tumefacto y en ascua aparece completamente desfigurado. Delirando de fiebre, estos desgraciados gritan de noche; piden de beber, pero en vano. Y a la mañana yacen sus cuerpos atesados presa de la muerte. A veces, los cadáveres siguen todo el día en el vagón, bañados en los charcos de agua que aquí y allí se han formado en el vagón.

Esta inundación de sufrimientos nos sumerge en una agonía extrema. Ya no se trata de la angustia del vivo en lucha con la muerte. En medio de tamaña miseria nace en nosotros un sentimiento extraño que nos corroe todas las certezas íntimas, incluso aquellas sobre las que se apoyaba hasta ahora nuestra existencia. Tenemos la impresión cada vez más fuerte de estar abandonados a un destino ciego y salvaje. Somos millares de hombres abandonados al hambre, al frío, a la tiña y a la muerte. Es el aplastamiento total del hombre. El hombre, el ser que creíamos hecho a la imagen de Dios, nos parece un ser irrisorio, sin valor, sin apoyo, sin esperanza: un ser a merced de un remolino de fuerzas que se burlan de él, o, mejor, le ignoran. Tomamos conciencia de ser eso, nada más que eso. Y un gran vacío se abre ante nosotros: la sinrazón del hombre y la inexistencia de Dios. Entre los cadáveres que yacen en los charcos de agua del vagón, está fulano, compañero, mengano, amigo. Todo lo que tenemos a la vista y todo lo que nos toca aguantar nos está gritando que estamos sometidos a una ley de bronce, entregados al reino de fuerzas ciegas, y que así es la realidad, la única realidad.

* * *

Una realidad de la que el Padre está ausente. Basta haberlo experimentado una vez en la vida para no tener ganas de hablar a la ligera de la muerte de Dios. Es una experiencia atroz. Donde el Padre está ausente, el Hijo entra en agonía. La agonía del Hijo es siempre el silencio del Padre, la ausencia del Padre. Y ¿dónde hallar en este infierno la menor traza del Padre? Y comprendimos estas palabras: «Mi alma está triste hasta la muerte».

Es negra la noche de nuestra alma. Y, sin embargo, cuando en la mañana del 26 de abril uno de nosotros [uno de los cinco religiosos franciscanos] se halla en las últimas y la luz de su mirada casi nos ha dejado, lo que sube del corazón a los labios no es un grito de desesperación, ni de rebelión, sino un canto, un canto de alabanza: el Cántico del Sol de Francisco de Asís. Y a la verdad, no tenemos que esforzarnos para cantarlo. Este canto brota espontáneamente de nuestra noche y de nuestro despojo como único lenguaje a la medida de las circunstancias.

¿Qué es, pues, lo que nos empuja a loar a Dios por la gran fraternidad cósmica? Las teorías no tienen curso en nuestro desconcierto. Inútil tratar de abrigarse en ellas. Lo que nos queda y tiene un valor inconmensurable a nuestros ojos es el gesto de paciencia o de amistad que nos testimonia tal o cual camarada. Este gesto de uno sumergido como nosotros en el sufrimiento y en la angustia, es un rayo de luz que cae milagrosamente en el fondo tenebroso de nuestra miseria. Vuelve a darnos un rostro, nos recrea. De repente volvemos a saber que somos hombres. Y este gesto de ayuda y de amistad de que somos objeto, podemos hacerlo también nosotros con otro, oponiendo así al reino brutal de la fuerza una libertad y un amor que testimonian otra realidad. Prestando su mano dura al que es homicida desde el principio (cf. Jn 8,44), el hombre ha conseguido hacer un mundo sin Dios. Pero no del todo. En este mundo sombrío, la caridad divina arroja todavía su fulgor. El hombre fraternal es siempre un testimonio del Padre. Quien le ve, ve al Padre.

Y además, por sorprendente que parezca, hay una experiencia maravillosa del mundo, y de lo sagrado en el mundo, que no puede vivirse sino en un despojo supremo del alma y del cuerpo. En la necesidad y en la miseria se llega a apreciar en su justo valor un bocado de pan, un trago de agua, un rayo de sol y, de tarde en tarde, como algo que viene del otro mundo, el saludo simpático de un pasante. Esas gotas de lluvia, que se estremecen en los hilos de alambre telefónicos después de la tempestad, a la luz del atardecer, hacen barruntar a unos ojos despojados una inocencia infinita. ¡Y ese cielo grande, lavado, tan puro, tan luminoso, encima de nuestras cabezas! Todas estas humildes cosas que nos quedan por contemplar desde el fondo de nuestro vagón, no son una casualidad que se ofrece a nuestros ojos y pasa ante ellos. Hablan suavemente al alma. ¿De dónde vienen esa pureza y esa inocencia que nos sobrecogen de repente a través de ellas? ¿De dónde, esa limpidez y ese fulgor del mundo, únicamente perceptibles en la mayor pobreza? ¡La inocencia de las cosas! Se reirán o se sonreirán de esto. Pero se trata de una experiencia insuperable. «Hay que ver en sí el caos para concebir una estrella danzante», decía Nietzsche. En cuanto al caos, es algo que no se nos escatima. Todo está devastado en nuestro derredor y en nosotros. La Historia ha pasado sobre nuestras vidas como un ciclón. Pero he aquí que sobre este cúmulo de ruinas brilla «la gran estrella nocturna de la pobreza».

* * *

Lo que nos guiña, sin duda, a través de la limpidez inalterable de las cosas es lo que hay de más primitivo en el ser, lo que, en el desencadenamiento de la Historia, permanece intacto: lo invencible, lo eterno. El hombre de la metralleta puede sembrar la muerte y tener espantados a millares de hombres; puede destruir muchas cosas. Pero nada puede contra esta fuente oculta de pureza y de inocencia. La mano del hombre no alcanza esta profundidad.

Esta pureza e inocencia no vienen de nosotros. Pero afloran en nosotros, en lo más hondo del alma, donde resucitan la infancia. Lejos de ser nuestra mirada la que las crea, son ellas las que recrean en nosotros la mirada del niño; la recrean en una especie de agonía, cuando somos bastante pobres para acogerlas. ¡Qué caos hay que llevar dentro para ver nacer el mundo a la luz! A la sombra de la Crucifixión, al término del viaje, es donde el cristiano encuentra siempre la mirada del niño. Esta mirada despojada no se fija en un paraíso perdido. Expresa una inmensa voluntad de paz y de misericordia en el corazón mismo de la devastación y de la muerte. Y a pesar del poder aparente de la muerte, él es el más fuerte. Es capaz de tener en jaque la más monstruosa empresa de barbarie. En la Historia en furia, esta visión expresa ya la palabra final. No se contenta con decirla. La canta.

Era esta visión la que, cierta mañana de abril, en cierto lugar de Alemania, nos hacía cantar, en torno a nuestro hermano moribundo, al sol y a las estrellas, al viento y al agua, al fuego y a la tierra y «también a cuantos perdonan por tu amor...». «Cuando él murió ligero y sin nombre», no hubo en el cielo alondras que revolotearan. Pero una paz sobrenatural se apoderó de nuestros corazones. A la noche sacamos su cuerpo vigilados por los S.S. a quienes parecía que nos movíamos demasiado despacio. Fue el último muerto de nuestro vagón.

¿Cómo podríamos olvidar una experiencia semejante al volver a leer hoy el Cántico de las Criaturas de Francisco de Asís?


Bookmark and Share

Comentarios:
Es indecible... incluso dicho.

Esto es la "vida cristiana". Esto es ser "otro Cristo", esto es ser simplemente "Hombre-Hijo de Dios".

¿No sabíais que el Hijo del hombre había de sufrir para entrar en su Gloria?

Gracias por ponernos estas palabras admirables.
Enlace permanente Comentario por Miriam 02.07.09 @ 03:49

Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.

Hacer comentario:
Normas de etiqueta en los comentarios
Desde PERIODISTA DIGITAL les animamos a cumplir las siguientes normas de comportamiento en sus comentarios:
  • Evite los insultos, palabras soeces, alusiones sexuales, vulgaridades o groseras simplificaciones
  • No sea gratuitamente ofensivo y menos aún injurioso.
  • Los comentarios deben ser pertinentes. Respete el tema planteado en el artículo o aquellos otros que surjan de forma natural en el curso del debate.
  • En Internet es habitual utilizar apodos o 'nicks' en lugar del propio nombre, pero usurpar el de otro lector es una práctica inaceptable.
  • No escriba en MAYÚSCULAS. En el lenguaje de Internet se interpretan como gritos y dificultan la lectura.
Cualquier comentario que no se atenga a estas normas podrá ser borrado y cualquier comentarista que las rompa habitualmente podrá ver cortado su acceso a los comentarios de PERIODISTA DIGITAL.
Tu email no se mostrará en la página.
etiquetas XHTML permitidas: <p, ul, ol, li, dl, dt, dd, address, blockquote, ins, del, span, bdo, br, em, strong, dfn, code, samp, kdb, var, cite, abbr, acronym, q, sub, sup, tt, i, b>
URLs, email, AIM y ICQs serán convertidos automáticamente.
Opciones:
 
(Saltos de línea se convierten en <br />)

Blogs
Totalitarismo y terrorismo islámico

Totalitarismo y terrorismo islámico

Las observaciones sobre la pedofília del “profeta” Muhamad irrita a los musulmanes.

Doctor Shelanu

Protestantes

Protestantes

Libertad religiosa y los ultracatólicos

Pedro Tarquis

El blog de Alicia Antolín de la Hoz

El blog de Alicia Antolín de la Hoz

Que Elimien a los Sindicalistas, no 1.800 Trabajadores, en la Fusión de Cajas Catalanas

Alicia Antolín de la Hoz

Entre el Cielo y la Tierra

Entre el Cielo y la Tierra

LA ESPERANZA CRISTIANA

Francisco Baena Calvo

Fogon’s corner

Fogon’s corner

Delicias del País de Mickey: los pancakes

Marie-José Martin Delic Karavelic

Artículos Incorruptos

Artículos Incorruptos

En política, todos son culpables hasta...

José Luis Palomera Ruiz

Las crónicas de Juan Fernandez Krohn

Las crónicas de Juan Fernandez Krohn

"Historia de la literatura fascista española" (4) (el gran dilema subyacente en una obra interesante y provocadora)

Juan Fernandez Krohn

La cigüeña de la torre

La cigüeña de la torre

Ejemplo práctico del poder de Internet.

Francisco José Fernández de la Cigoña

Agora Digital

Agora Digital

Centella, el nuevo líder del PCE: “No tenemos que pedir perdón por nada”

Miguel Torres Galera

Diálogo sin fronteras

Diálogo sin fronteras

Cayó el muro de Berlín y comenzó la revolución digital

Carmen Bellver

El blog de Javier Orrico

El blog de Javier Orrico

El niño gordo y el Estado obeso

Javier Orrico

El blog de X. Pikaza

El blog de X. Pikaza

Ágora, una película parcial y partidista

Xabier Pikaza Ibarrondo

Políticamente acorrecto

Políticamente acorrecto

Los comunazis solo asesinaron a cien millones

José Donís Català

Un país a la deriva

Un país a la deriva

El muro de las lamentaciones

Vicente A. C. M.

Voto en Blanco

Voto en Blanco

Nuevos déspotas travestidos de demócratas

Francisco Rubiales

La Isla de Pascua

La Isla de Pascua

Julio César Izquierdo aporta su peculiar visión del cauce hidráulico en un nuevo libro

Julio César Izquierdo

Punto de vista

Punto de vista

El tripartito podría ahorrar 70 millones

Vicente Torres

Ríase, aunque sea de mí

Ríase, aunque sea de mí

Línea marginal

Chris Gonzalez -Mora

Contracorriente

Contracorriente

PP y PSOE pactan juntos sobre la inmigración

Rodrigo del Pozo Fernández

Tu jefe te vigila

Tu jefe te vigila

Iguales: Enric Sopena (Demagogo) = Blas

Carlos Ferrer

Haz de PD tu página de inicio | Cartas al Director | Publicidad | Buzón de sugerencias | Publicidad
Periodista Digital, SL CIF B82785809
Avenida de Asturias, 49, bajo - 28029 Madrid (España)
Tlf. (+34) 91 732 19 05
Aviso Legal | Cláusula exención responsabilidad

redaccion@periodistadigital.com Copyleft 2000

b2evolution Creative Commons License
This work is licensed under a Creative Commons License.
Noticias Periodista Digital | Periodista Latino | Reportero Digital | Ciudadano Digital | Chistes, Videos y Poesias