El Padre Nuestro (II)
26.06.09 @ 19:52:21. Archivado en Eucaristía
Con la oración del Padre Nuestro inaugurábamos el Rito de la Comunión. Es decir, se pasa de la Plegaria Eucarística propiamente dicha, en la que se invoca el Espíritu del Señor y se pasa a estar en la Presencia del Hijo, a prepararnos y profundizar en el Rito de la Comunión, es decir, en el momento en que, a semejanza de los Apóstoles en aquella Santa Noche, Jesús pondrá el pan en nuestras manos, y nos pasará el Caliz, para que le comamos y bebamos, consumando así, sacramentalmente, su Sacrificio.
En la doctrina sacramental, es resabidamente popular la expresión "ex opere operato", es decir, que los Sacramentos se dan y, por así decir, cumplen su función independientemente del estado espiritual del que los recibe - aunque requiere que los quiera recibir -, ni del ministro que los celebra. Pero hay otro concepto, quizá algo menos conocido, que es "ex opere operantis", es decir, que el Sacramento, como he recalcado ya, debe ser recibido activamente, o sea, es precisa la colaboración del que lo recibe. Por eso, cuando Jesús pone el Pan y el Vino en nuestras manos, es preciso que queramos comerlo y beberlo. Y ello requiere, además de voluntad, una buena y sincera disposición. A ello nos prepara el Rito de la Comunión.
Es por otra parte frecuente que cuando se empieza a rezar el Padre Nuestro, el Sacerdote dice las primeras palabras, "Padre Nuestro", y el pueblo calla, empezando a continuación con "que estás en los Cielos...". Se ha observado a veces que esto es, sino un error, sí una deformación: todo el Pueblo tiene el deber y el derecho de poder rezar por completo esta oración, expresiva de nuestra Filiación y Fraternidad. Lo contrario es, quizá, dar demasiado énfasis a la función del sacerdote.
La oración se prolonga con el embolismo, que recoge y da continuidad al Padre Nuestro. Es una oración, dicha por el sacerdote, que culmina en una doxología, pronunciada ahora por el Pueblo: "Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria por siempre, Señor". En Oriente la pronuncia el Celebrante, y en Occidente el Pueblo. Está ya contenida, ciertamente, en la Didajé, de modo que su origen apostólico es indudable: Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento, que nos diste a conocer por medio de Jesús tu siervo. A ti la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por los siglos. La Asamblea, llena del Espíritu que ha bajado sobre el altar y sobre cada uno de los miembros del Pueblo de Dios, y aun sobre toda la Creación, sigue entonando himnos a Dios.
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Miguel Blanes Coll
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