Entender y vivir la Misa (XXIII): El Padre Nuestro
25.06.09 @ 19:21:18. Archivado en Eucaristía
Es la oración más específicamente cristiana, no sólo porque saliera de los mismos labios de Jesús y sea, por ende, fruto directo de su enseñanza, sino porque, además, por ella llamamos "Padre" a Dios en una nueva óptica, distinta y superior a la que hasta el momento Israel habría podido imaginar.
En la Eucaristía, se sitúa esta oración justo después de la Plegaria Eucarística, cuando ya ha tenido lugar la Consagración, y cuando la Asamblea se ha encontrado con el Padre y ha experimentado la unión con el Hijo por el Espíritu, siendo además configurada por Él como Cuerpo Místico, inseparable ya de la Vida Intratrinitaria.
Es desde el momento de la Consagración cuando somos, en propiedad, Hijos, como el Hijo. Por su venida sacramental a la Asamblea somos hechos uno solo, "Por Él, con Él y en Él". Por tanto, es el momento litúrgica y teológicamente ideal para rezar el Padre Nuestro.
- Padre Nuestro, que estás en el Cielo: Dios es Nuestro Padre, somos sus Hijos. Nuestra relación con Él, por tanto, supera toda imagen de lejanía, de sumisión estoica y, por ende, todo temor. Ahora bien, reconocemos que está en el Cielo, que nos es inmanente, pero también y ante todo, Trascendente, Eterno, Anterior a nosotros, Inaccesible. Tan lejano y tan cercano, que estremece.
- Santificado sea tu Nombre: que nuestra vida, con palabras y obras, sea fiel reflejo de esta nueva Filiación, que por la Entrega del Hijo se nos ha concedido. Ser Hijos es ser confiados, sinceros con el Padre, amarle sobre todas las cosas, buscarle con dedicación, interés y Amor.
- Venga a nosotros tu Reino: el Reino que nos anunció Cristo, la Plena Comunión en el Cielo con los Santos, y que ya incoado aquí en la Tierra, debemos sembrar y buscar, como expresión del Ágape inaugurado por Cristo el Jueves Santo.
- Hágase tu Voluntad, así en la Tierra como en el Cielo: no una Voluntad que se nos impone o sugiere desde fuera, como una Ley o un Decreto. La novedad Cristiana consiste en estar con Dios porque le amamos y Él, antes, nos ha amado. Si le amamos, cumplimos su voluntad, es decir, vivimos en su tiempo, en su visión, y aprendemos a escrutar lo que nos parecía superficial, y relativizar lo que el pecado y nuestra pobre condición absolutiza.
- Danos hoy nuestro Pan de cada día: cada uno sabe qué le hace falta para llegar a Dios, para serle fiel. Es importante conocernos y saber qué carencias y, también, qué virtudes tenemos. Sólo así nuestra vida espiritual será auténtica e irá por caminos rectos. Y pedimos el Pan de la Eucaristía, el Hijo, el Espíritu.
- Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden: difícil aspecto éste. Lo reflexiona muy bien Francisco en su 14ª Admonición:
De la pobreza de espíritu
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3). Hay muchos que, perseverando en oraciones y oficios, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero, por una sola palabra que les parezca injuriosa para sus cuerpos o por alguna cosa que se les quite, escandalizados enseguida se perturban. Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla.
- No nos dejes caer en la tentación: somos débiles, pobres, tendemos a lo que nos pide el cuerpo. Y nos hace falta su ayuda en lo que Él sabe que nos cuesta más.
- Y líbranos del mal: que nos guarde, en su Providencia, de lo que no depende de nosotros y nos pueda causar daño, espiritual, psicológico o físico, a nostros o a nuestros hermanos, parientes y conocidos.
Os transcribo la Paráfrasis del Padre Nuestro, de Francisco. El sí supo meditarlo y, sobre todo, hacerlo vida. Pace Bene:
Oh santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro.
Que estás en el cielo: en los ángeles y en los santos; iluminándolos para el conocimiento, porque tú, Señor, eres luz; inflamándolos para el amor, porque tú, Señor, eres amor; habitando en ellos y colmándolos para la bienaventuranza, porque tú, Señor, eres sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien. Santificado sea tu nombre: clarificada sea en nosotros tu noticia, para que conozcamos cuál es la anchura de tus beneficios, la largura de tus promesas, la sublimidad de la majestad y la profundidad de los juicios.
Venga a nosotros tu reino: para que tú reines en nosotros por la gracia y nos hagas llegar a tu reino, donde la visión de ti es manifiesta, la dilección de ti perfecta, la compañía de ti bienaventurada, la fruición de ti sempiterna.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu amor según nuestras fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro y compadeciéndolos en sus males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo.
Danos hoy nuestro pan de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo: para memoria e inteligencia y reverencia del amor que tuvo por nosotros, y de lo que por nosotros dijo, hizo y padeció.
Perdona nuestras ofensas: por tu misericordia inefable, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos.
Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: y lo que no perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que lo perdonemos plenamente, para que, por ti, amemos verdaderamente a los enemigos, y ante ti por ellos devotamente intercedamos, no devolviendo a nadie mal por mal, y nos apliquemos a ser provechosos para todos en ti.
No nos dejes caer en la tentación: oculta o manifiesta, súbita o importuna.Y líbranos del mal: pasado, presente y futuro. Gloria al Padre, etc.
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Miguel Blanes Coll
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