Entender y vivir la Misa (XXII): Doxología final
24.06.09 @ 15:22:52. Archivado en Eucaristía

Por Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén.
Así termina la Plegaria Eucarística, expresando su línea ascendente: desde que se presentan los Dones al Padre y tiene lugar la Consagración, hasta que damos "todo honor y toda gloria por los siglos" al Padre, por Cristo.
El sacerdote levanta la Patena y el Cáliz, que contienen el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y tributa por ellas Honor y Alabanza al Padre, de quien y por quien nos viene dado todo bien. De hecho, "doxología" viene de δόξα, gloria, y logía, es decir, es una afirmación de la Gloria Divina. Gozoso y admirado, el Pueblo de Dios, por medio de su Sacerdote, alaba al Padre, que tantos bienes concede, y en especial le da al Hijo, Salvador y Redentor.
Francisco, en su Paráfrasis del Padre Nuestro, dice: "Oh santísimo Padre nuestro: creador, redentor, consolador y salvador nuestro". Llama Redentor no ya al Hijo, sino al Padre, sugiriendo la Unidad de la Trinidad y la Plena Participación de las Tres Personas en toda manifestación económica: desde la Creación hasta la Redención. Las Tres participaron en la Creación, y las Tres nos Redimieron. Y es en esta óptica donde se sitúa la Eucaristía entera, y también esta Doxología: Alabamos a la Trinidad por sus Obras Magníficas.
Algo que habitualmente se hace incorrectamente es recitarla a la vez que el Sacerdote. Porque es algo propio del Presbítero quien, en su Función propiamente sacerdotal, es decir, de Mediación y en cuanto que ofrece los Sacrificios en nombre del Pueblo, ofrece ahora al Padre la Víctima propiciatoria y lo alaba por su Misericordia. Es, por ende, una oración exclusivamente suya. El Pueblo debe contestar "¡Amén!", pero no un ¡"Amén!" cualquiera, sino que refleje convencimiento, Fe, seguridad. Nos sumamos a la Alabanza con firmeza gozosa, porque profesamos y sabemos quién es Cristo, entregado y muerto por nosotros. San Jerónimo atestigua que las iglesias retumbaban cuando el Pueblo pronunciaba el ¡"Amén"!.
Para acabar, no irá mal leer la Carta a los Clérigos de Francisco, toda ella transida del Amor que a la Eucaristía profesaba el Poverello. Pace Bene.
1Consideremos todos los clérigos el gran pecado e ignorancia que tienen algunos acerca del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, y de sus sacratísimos nombres, y de sus palabras escritas que consagran el cuerpo. 2Sabemos que no puede existir el cuerpo, si antes no es consagrado por la palabra. 3Nada, en efecto, tenemos ni vemos corporalmente en este siglo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los nombres y las palabras, por las cuales hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida (1 Jn 3,14).
4Por consiguiente, todos aquellos que administran tan santísimos misterios, y sobre todo quienes los administran indebidamente, consideren en su interior cuán viles son los cálices, los corporales y los manteles donde se sacrifica el cuerpo y la sangre del mismo. 5Y hay muchos que lo colocan y lo abandonan en lugares viles, lo llevan miserablemente, y lo reciben indignamente, y lo administran a los demás sin discernimiento. 6Asimismo, sus nombres y sus palabras escritas son a veces hollados con los pies; 7porque el hombre animal no percibe las cosas que son de Dios (1 Cor 2,14).
8¿No nos mueven a piedad todas estas cosas, siendo así que el mismo piadoso Señor se entrega en nuestras manos, y lo tocamos y tomamos diariamente por nuestra boca? 9¿Acaso ignoramos que tenemos que caer en sus manos?
10Por consiguiente, enmendémonos de todas estas cosas y de otras pronta y firmemente; 11y dondequiera que estuviese indebidamente colocado y abandonado el santísimo cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, que se retire de aquel lugar y que se ponga en un lugar precioso y que se cierre. 12Del mismo modo, dondequiera que se encuentren los nombres y las palabras escritas del Señor en lugares inmundos, que se recojan y se coloquen en lugar decoroso. 13Todos los clérigos están obligados por encima de todo a observar todas estas cosas hasta el fin. 14Y los que no lo hagan, sepan que tendrán que dar cuenta ante nuestro Señor Jesucristo en el día del juicio (cf. Mt 12,36).
15Quienes hagan copiar este escrito, para que sea mejor observado, sepan que son benditos del Señor Dios.
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Miguel Blanes Coll
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