En la Celebración del Oficio de Jueves Santo, después de comulgar, he podido meditar lo que significa la Eucaristía para nosotros, y cómo da cumplimiento a los deseos y Palabras de Jesús.
En efecto, he pensado que la Eucaristía, como memorial de la Cena del Señor, revive aquella escena en la que todos, sentados en una misma mesa, compartieron un mismo pan y un mismo vino, a la vez que escuchaban las mismas Palabras, que les eran otorgadas como Don del Espíritu, y como Gracia Sacramental, llevada a su cumplimiento en la Cruz, en la Hora Nona, quicio de la Historia.
Y también he pensado que con este Sacramento se cumple el deseo de Jesús, expresado en Jn 17, 21:
para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Es decir, que el mismo Espíritu que consagró al Hijo en la Cruz, nos consagra a nosotros, a la vez que el Pan y el Vino, haciéndonos parte viva del Cuerpo Vivo de Jesús. Por eso podemos rezar el Padre Nuestro, y por eso, desde lo más profundo del ser cristiano, podemos llamarle PADRE.
De ahí que la Eucaristía nos hace uno, entre nosotros y con el Padre y el Hijo, por el Espíritu. De ahí que la Misa es algo serio, algo profundo, que debemos saber vivir, con la ayuda de Dios. Porque cada persona con la que hemos asistido al Sacrificio, se hace Hermano y Hermana Nuestra. Pero no lo captamos, y no entendemos luego las Palabras de Jesús. Salimos de la iglesia con la misma tranquilidad con la que hemos entrado, sin cambiar, y sin reflexionar que estamos reproduciendo lo que hoy celebramos: la noche Santa en que el Señor se entregó, y nos hizo Hermanos.
No nos servirá de nada haber asistido al Oficio, a las procesiones y a lo que haga falta, si no somos capaces de acoger este Don Divino de un solo cuerpo y una sola alma.
Pace Bene.
Viernes, 17 de febrero
Miguel Blanes Coll
Pedro Tarquis
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