Prima
Antífona: Santa Virgen María
Salmo III1 Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí, * porque mi alma confía en ti (Sal 56,2).
2 Y esperaré a la sombra de tus alas, * hasta que pase la iniquidad (Sal 56,2).
3 Clamaré al santísimo Padre mío altísimo, * al Señor, que ha sido mi bienhechor (cf. Sal 56,3).
4 Envió desde el cielo y me libró, * entregó al oprobio a los que me pisoteaban (Sal 56,4).
5 Envió Dios su misericordia y su verdad; * libró mi alma (Sal 56,4-5) de mis fortísimos enemigos y de aquellos que me odiaron, porque se hicieron fuertes contra mí (Sal 17,18).
6 Prepararon un lazo para mis pies, * y doblegaron mi alma (Sal 56,7).
7 Cavaron ante mí una fosa, * y cayeron en ella (Sal 56,7).
8 Mi corazón está preparado, oh Dios, mi corazón está preparado; * cantaré y recitaré un salmo (Sal 56,8).
9 Levántate, gloria mía, levántate, arpa y cítara; * me levantaré a la aurora (Sal 56,9).
10 Te confesaré entre los pueblos, Señor, * y te recitaré un salmo entre las gentes (Sal 56,10).
11 Porque tu misericordia se ha engrandecido hasta los cielos; * y hasta las nubes, tu verdad (Sal 56,11).
12 Álzate sobre los cielos, oh Dios; * y sobre toda la tierra, tu gloria (Sal 56,12).
Cierto es que cuando meditamos la Pasión de Nuestro Señor, o cuando se lee la misma en los Oficios de Semana Santa, se resalta mucho la soledad que experimentó y sufrió el Hijo de Dios, desde el Getsemaní hasta el Gólgota, pasando por el sanedrín y el pretorio.
Pero si hay algo en lo que se fija, como no, Francisco, es en la confianza que puso Jesús en su Padre. El Poverello transmite una espiritualidad siempre nueva y renovadora, fresca, generadora de ideas y nuevas perspectivas desde las que contemplar los Misterios Evangélicos. Su Vida, tan profunda y literalmente evangélica, nos muestra el camino más corto hacia el Cielo, hacia la Vida Eterna, entendida como compañía eterna y gozosa del Amado, siempre recostados en su pecho.
En la confianza filial de Jesús, decía. Es muy fácil fijarse en Mc 15, 34: "a la hora nona Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?", como expresión final y desgarradora de la soledad acuciante y desesperante que habría sentido en su Pasión, en medio de los insultos, calumnias y vejaciones; golpes, salivazos y latigazos; palizas y crucifixión...
Pero Francisco descubre una confianza, escondida y silenciosa, pero no por ello menos segura, inquebrantable y firme. Es muy fácil que se nos pase por alto, y pensemos que Jesús se entregó por Amor, sí, pero que se sintió siempre solo, sobre todo después de Getsemaní. Pero hay un motivo que nos lleva a pensar, siguiendo a Francisco, que el corazón de Jesús estuvo sereno, tranquilo en tanto en cuanto confiaba en su Padre, a pesar de toda tentación de abandono o desesperación que pudiera aguijonearle.
La kenosis no implica una fusión de naturaleza divina con la humana, ni el menoscabo de una en favor de la otra. Todo eso ya se dilucidó en los primeros 500 años del cristianismo (Nicea, Éfeso, Calcedonia y Constantinopla, a prpoósito, sobre todo, de Arrio y Nestorio). Al contrario, Jesús era Dios y Hombre, verdaderos y, por tanto, íntegramente. Sintió tentaciones, pero su Naturaleza Divina, de continua entrega (perijoresis) al Padre, le llevaba a un volcarse continuamente en Él.
De ahí que toda su Pasión fuera un momento de su Vida Trinitaria, prolongación a su vez de la Encarnación, que culminaría en la entrega del espíritu (Jn 19, 30). Seguramente se sintió solo, sí, pero Jesús se devolvía al Padre por el Espíritu, y de ahí que Francisco descubra una confianza que, más que un mero sentimiento de refugio o necesidad de seguridad, es una vaciarse, un darse, un volver. Los israelitas, en sus salmos, expresaban esta necesidad de poner su vida en las manos de Yahveh. Jesús no puede dejar de hacer lo mismo. Sin embargo, como Hijo, se da con total seguridad y expresividad. Toda su Vida, incluido el Gólgota, es un retorno al Padre, del que había salido (Jn 13, 1). La de Jesús es una Esperanza que no se frustra, que no se agota, porque Él mismo es Dios, es el Hijo, y sabe, desde la Eternidad, que el Padre acoge su ser, porque son precisamente eso: Mutua Donación y Mutua Comunicación Eterna, Perfecta.
Así, la Confianza en Jesús cobra su más literal y profundo sentido: ponerse en manos de, depositarse en. Prepararon un lazo para mis pies, * y doblegaron mi alma (Sal 56,7).
7 Cavaron ante mí una fosa, * y cayeron en ella (Sal 56,7). Sabe Jesús que sus enemigos no triunfarán eternamente, porque su "Muerte" es un paso, un regreso al Padre, una restauración, un dormir para despertar de nuevo, como Francisco señalará en otro salmo del Oficio.
Sábado, 18 de febrero
Miguel Blanes Coll
Francisco Baena Calvo
Religión Digital
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Juan Antonio Espinosa
Asoc. Humanismo sin Credos
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