Hace poco hablé de lo grande que es la libertad, y lo importante que es darse cuenta de que n todo el mundo tiene por qué, en Miércoles de Ceniza, hacer ayuno y abstinencia, puesto que es algo que cada cual, en conciencia, por la Iglesia y por Dios, debe escoger si hace o no.
Pero la libertad, esa capacidad de escoger, que la RAE define, en las 3 primeras acepciones, como:
1. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. 2. f. Estado o condición de quien no es esclavo. 3. f. Estado de quien no está preso.
Por tanto, si nos atenemos a estas definiciones, a nuestra propia experiencia, a la Filosofía y, como figura principal de esta condición del hombre, el relato de la Creación, el Paraíso y el Pecado Original. Entendieron muy bien los judíos la capacidad que tiene el hombre de escoger, ora el bien, ora el mal, a veces de forma responsable y otras no. Pero creo que este relato contiene de fondo varias enseñanzas, no sólo una:
- El hombre sólo mantiene su Comunión con Dios a través de la Obediencia, o sea, del uso recto de la libertad, orientada a Dios, a los demás, a la Creación... y nunca en el propio beneficio o satisfacción. De ahí que la serpiente tentara a la mujer y al hombre con una sugerencia así: "se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal" (Gn 3, 5). Ser como dioses, sentirse poderosos, autosuficientes, con capacidad para obtener lo que se quiera y hacer lo que más apetece, aun a costa de perjudicarse a uno mismo y a los demás, y de perder esa armonía y paz en que vivían.
- La libertad es una condición fundante del hombre, anterior a él y a la Creación, que está en la base de toda forma de vida que se escoja, de todo acto, de toda apetencia, de todo ejercicio de voluntad, de toda aspiración, de toda virtud o pecado. El hombre quiere, ante todo, ser libre, decidir por si mismo, no ser forzado ni violentado, y que no se le imponga jamás una elección.
- "el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría" (Gn 3, 6). Como diría Pablo, todo es lícito, mas no todo es conveniente (1 Cor 10, 23). Cualquier elección que hacemos se guía por estos tres criterios: bueno o malo, apetecible o no, y qué fin persigue o qué consecuencias tiene, a corto, medio o largo plazo. Este último criterio es el que hace buenos o no los dos anteriores. Para Adán y Eva (para todo hombre o mujer), se trataba de lograr la sabiduría, o sea, conocer, adquirir conocimiento y, al final, autogestionarse.
Así, toda elección nos lleva, en el fondo, a nuestra propia complacencia, o a la apertura sincera a Dios y a los demás. Y cada una tiene sus consecuencias, para bien y para mal. "Estamos condenados a ser libres". No entraré en disquisiciones filosóficas, pero es cierto que siempre escogemos en libertad.
Decía antes que es una condición anterior a todo, y esto vale para el hombre, pero también para los ángeles (Satanás pecó, escogió el mal) e, incluso, para Dios mismo. Sí, porque Jesús fue tentado en el desierto a escoger entre aprovecharse de su poder divino o dejarse cuidar por el Padre; entre el actuar como un Dios egoísta o seguir siendo humilde; y entre la gloria, que tenía de alguna manera al alcance, al menos a nivel práctico, o a ser Pobre, y Crucificado. Podía, como Dios, actuar de una manera que le hubiera comportado gloria terrena y poder. Y podía, como Dios y como hombre, actuar en el marco del Plan de Salvación, por puro Amor.
Así, mucho nos amó Dios, que nos concedió la libertad para escoger, incluso nuestra propio infortunio, en la tierra o en la Vida Eterna. Si sólo pudiéramos ejercer el bien, seríamos como robots, ¿no os parece? Y ¿dónde estaría el Amor de Dios, que considera al hombre sagrado e inviolable?
Domingo, 19 de febrero
Miguel Blanes Coll
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Baena Calvo
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba