
La escena evangélica de la agonía de Jesús en Getsemaní, en la que se le contempla tan cerca de sus discípulos en distancia métrica, pero tan alejado y solo espiritualmente, deja espacio para pensar en las tentaciones que pudo tener en aquellos momentos.
Porque, ciertamente, quería llevar a cabo la Voluntad del Padre, que era además la suya, pero como hombre que era no podía dejar de dudar, de ser tentado, de oir aquella voz que siempre te propone (nos propone) un plan alternativo a Dios. Y, por otro lado: "Padre, si quieres, aparta de mí esta copa" (Lc 22, 42). Que haya otra manera de hacer las cosas, que la Redención pueda llevarse a cabo por otro camino... pero que sea tu Voluntad.
Es la batalla suprema: Jesús contra Satanás, el Bien contra el Mal, la Redención contra la Condenación Eterna, y además en el único momento en que, de facto, era posible una caída, un "cambio de planes", pero pudo más el Amor. El Hijo vivía del Padre por el Espíritu y, aunque desde que nació pudo haber escogido otro camino, siempre quiso ser y estar con el Padre. La perijoresis no se interrumpió durante la Encarnación, sino Dios dejaba de serlo. El Amor Trinitario seguía circulando, dándose de Padre a Hijo y viceversa, por el Espíritu, y eso jamás se rompe. Lo que pasa es que, al someterse a la Ley Natural, al espacio y al tiempo, a la condición humana en cuanto tal, la Redención se exponía al pecado, como posibilidad, aunque difícilmente (y así se vio) como probabilidad.
Y la soledad se acentúa al ser apresado, porque no queda ni uno de lo suyos, los mismos que no hacía mucho le habían prometido fidelidad perpetua, ignorando el mismo anuncio de Jesús de abandono y dispersión. Ocurrió lo que era previsible: salir disparados, abandonarlo, no exponerse al peligro. Sólo Pedro, que se enfrentó a los soldados a golpe de espada, y Juan, que siguió al Maestro - aunque de lejos - se quedaron, de alguna manera, con Él. Jesús, por lo demás, fue arrestado, esposado, atado, insultado y golpeado, interrogado, calumniado... en soledad. Ahora ya no había vacilación, sólo lo guiaba su Amor por nosotros, que recibía del Padre, y que al Padre debía devolver, porque a Él volvía (Jn 13, 1). No hay religión, mito ni leyenda en que un Dios se haga criatura para auxiliarla, aun cuando la "responsabilidad" no le toca a Él asumirla.
Ahora responderá que Él es el Hijo de Dios, sabiendo que por decir tal cosa puede ser (y será) condenado a muerte. Él, solo, será llevado a donde le digan, mientras Pedro, que se había creido valiente por estar allá (otra vez la cercanía física no implica nada) le niega, dice que no sabe quién es Jesús. Que te abandonen es duro, pero que digan que no sabes quién eres, es peor, y más cuando has curado, predicado y establecido signos a su lado, cuando has comido, bebido y andado a su lado, cuando te ha confiado su vida y tú le has dicho que será la Piedra. Golpe a golpe, la Redención se iba esculpiendo en aquella figura, que cada vez parecía menos humana. Y es que el pecado desfigura, esclaviza, quita al hombre toda apariencia de ser "imagen y semejanza" de Dios. Y Jesús cargó con los de todos.
Viernes, 17 de febrero
Miguel Blanes Coll
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