Es lo que dice Pablo en la lectura de este domingo, su Segunda Carta a los Corintios. La Palabra es siempre "sí". Cristo, la Palabra que estaba junto a Dios se ha manifestado de una vez para siempre, y en un solo sentido: la Salvación del Hombre que cree en Él.
La Venida de Jesús al mundo inauguró una nueva Fe, un nuevo modo de responder a Dios en su Palabra. Si antes el Pueblo vivía la Fidelidad a una Ley, que los profetas se ocupaban de recordarle, ahora el Nuevo Pueblo vive una Nueva Fe, la Fidelidad a la Palabra, que ha venido en forma humana, encarnada, frágil y, sin embargo, definitiva, eterna, vencedora de la muerte.
No se trata de ajustarse a un código, sino de una creativa Fidelidad del Corazón, que se acoge a Dios, a quien ama y del que nunca se quiere separar. Es encarnar, hacer vida, signo. Las Palabras y Gestos de Jesús no fueron sino Sacramento de la Trinidad, Signo y Presencia viva y real de aquél que tanto nos amó. Y Dios no se contradice, y su Palabra, que "corre veloz", nos lleva de vuelta a casa, a la Casa del Padre, al Nuevo Paraíso del que, por nuestros pecados, hemos sido desterrados.
Es una Palabra que nace en Belén y apunta a un Sepulcro Vacío y, más allá, a la Definitiva Salvación de los hombres. El Dios en la tierra que es y representa la Vida de Jesús, nos trae al alma y al corazón el recuerdo, todavía fresco, de la brisa que soplaba por el Edén (Gn 3), de la inocencia que perdimos, de la comunión con la naturaleza que rompimos. No es que volver sea posible, es que es necesario y, sobre todo, seguro si nos atenemos a las Palabras del Hijo de Dios, que quiere "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2, 4).
Viernes, 17 de febrero
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