
Hoy se celebra esta Jornada, con la cual se quiere hacer memoria, agradecimiento y revisión de esta dimensión de la Iglesia, que "pertenece a su vida y santidad" (LG 44). No pertenece, como dice el Concilio, a su "estructura jerárquica". Y de aquí se desprenden muchas cosas.
Muchas son las órdenes, congregaciones, institutos y movimientos en los que la Consagración a Dios adquiere forma estable en sus miembros. Y hoy día, en una Iglesia en la que cada vez resulta más difícil ser fiel, debido en gran parte a que se va siempre contracorriente en esta sociedad, la Vida Consagrada padece, desgraciadamente, la marcha de muchos de sus miembros.
Sí, muchas personas, como sabemos, por un motivo u otro, abandonan y retoman una vida secular, en cualquiera de sus formas. A veces empuja a ello la decepción con la Iglesia o con la institución de pertenencia; otras veces es fruto y consecuencia de un mal (o inexistente) discernimiento en una etapa determinada de la vida, que necesita ser reconducida; otras, por descubrir que ese carisma no es el que se quería vivir; otras, por problemas en la comunidad; otras, por inmadurez psicológica, afectiva o espiritual (o las tres a la vez) de la propia persona, de forma que se aleja tanto de la forma de vida adoptada, que acaba por desinteresarle por completo.
Francamente, si uno se embarca en una Vida Religiosa, sea en el tipo de Orden o Institución que sea, debe, como dice el Señor en Lc 14, 25-35, asegurarse bien. Y es que la consagración es semejante, es, en esencia, un desposorio. Por ello, deben asegurarse, en el postulantado, los pasos siguientes:
- Equilibrio y madurez, a nivel espiritual, psicológico, afectivo y sexual.
- Como en todo matrimonio, los esposos deben estar enamorados. Si el aspirante no está dispuesto a optar preferentemente por Dios y por el Carisma que le ha concedido, no está preparado.
- Los votos no son una fórmula pronunciada a la que se renuncia así como así, sino que, como decimos del sacerdocio, "imprimen carácter", es decir, son opciones que marcan el alma hasta lo más profundo, y no por dejar de vivirlos o renovarlos "desaparecen".
- La Fidelidad no es una mera virtud, sino una disposición permanente, un movimiento perenne del corazón hacia la "Eterna Fuente", a la que se ama, por la que se ha optado (no se renuncia a nada cuando uno se consagra, sino que se opta por lo que más se prefiere, sobre todas las demás criaturas, proyectos, expectativas, posesiones....) y, si bien necesita ser cultivada, es un latido connatural al Consagrado, que no puede ignorar. Lo contrario sería como pretender que el Espíritu dejara de soplar en el Cuerpo de Cristo, que todos conformamos.
- Por ende, la Consagración es Unción. De aquí que abandonar la vocación no sea algo trivial, sino que es verdaderamente grave, pues es, a fin de cuentas, romper una relación conyugal, con la salvedad de que el Amado o la Amada es Dios mismo, y ello confiere aun mayor profundidad a la relación de mi Yo con el Tú que amorosamente se me ha dado.
El abandono, sin embargo, es un momento de la vida del sujeto que no puede ni debe ser juzgado, sino que se debe prestar ayuda y comprensión, en la medida de lo posible. No se incurre necesariamente en pecado o en error grave, puesto que tras el abandono en cuestión pueden juntarse multitud de causas y condicionamientos. Es, pues responsabilidad de todos (ayudados por Dios, porque las personas erramos) asegurar que la vocación es real y firme y, si no, hacer ver, honradamente y cuanto antes, que no puede o no debe seguir. Aunque, desde luego, prima ante todo la libertad del aspirante.
Creo que estamos todos los consagrados hoy (y cada día del año) invitados a reflexionar sobre nuestra vivencia del Carisma que se nos ha confiado, y a responder con total Fidelidad a aquél que se nos ha dado completamente.
Viernes, 17 de febrero
Miguel Blanes Coll
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Pedro Tarquis
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Vicente Haya
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