Además, contemplando sus indecibles delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando a causa del deseo y amor extremos de tu corazón, grita:¡Llévame en pos de ti, correremos al olor de tus perfumes (Cant 1,3), oh esposo celestial! Correré, y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en la bodega (cf. Cant 2,4), hasta que tu izquierda esté debajo de mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente (cf. Cant 2,6), hasta que me beses con el ósculo felicísimo de tu boca (cf. Cant 1,1). Puesta en esta contemplación, recuerda a tu pobrecilla madre, sabiendo que yo he grabado indeleblemente tu feliz recuerdo en la tablilla de mi corazón (cf. Prov 3,3; 2 Cor 3,3), teniéndote por la más querida de todas. (De la IV Carta a Santa Inés de Praga).
Este texto de Santa Clara nos deja un resumen muy clarificador de la Nueva Espiritualidad Mística y Esponsal que, primero en Francisco y luego entre los muros de San Damián, se iba gestando, para el bien de la Iglesia. Desde entonces, floreció una espiritualidad que, por ejemplo en España, se vio representada siglos más tarde en San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila (por cierto, recomiendo la película Teresa, el Cuerpo de Cristo, que refleja muy bien este tema. No entiendo por qué generó cierta polémica y malestar en algunos miembros de la Iglesia).
Es una espiritualidad basada en el Desposorio Místico entre el Alma - Amante y Dios - Amado. Es una dimensión que hasta la época no era popular, ni apenas conocida. Es cierto que en los primeros siglos de la Iglesia había jóvenes que se consagraban en Virginidad al Señor, por Amor a Él y al mundo. Lo cierto es que también se asoció, equivocadamente, la consagración esponsal sólo al género femenino. Además, una dimensión así se vio relegada mucho tiempo en la Iglesia, en favor de una Escatología en la que primaba el Fin de los Tiempos y el subsiguiente Juicio Universal, como vértice de la Esperanza Cristiana y, por ende, de todo camino espiritual que se preciara.
San Bernardo de Claraval fue el primero en fijar su mirada en la Humanidad de Cristo, especialmente en su Infancia, es decir, en la Contemplación del Dios-Niño, frágil y contingente, tan alejado de la figura de Cristo Juez que en la Iglesia se contemplaba casi exclusivamente. Se había perdido el contacto vital con la Humanidad de Cristo, su kenosis en el sentido más profundo de la Palabra, su desbordamiento de Amor en la Encarnación. Todo se guiaba según el Juicio y la Salvación o Condenación Eterna (a esta, por cierto, se la temía tanto, que era a veces el sustento y motivo fundamental de toda vida de piedad).
Domingo, 19 de febrero
Miguel Blanes Coll
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni