Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Dejar el mundo, según Santa Clara (I)

09.01.09 | 18:34. Archivado en Santa Clara de Asís, Escritos

Para entender hasta qué punto Clara había asimilado el verdadero significado de "dejar el siglo" franciscano, creo que es preciso tener presente los textos clarianos siguientes:

De la Leyenda de Santa Clara, 7:

Se acercaba el día solemne de Ramos cuando la doncella, fervoroso el corazón, fue a ver al varón de Dios, inquiriendo el qué y el cómo de su conversión.

Ordénale el padre Francisco que el día de la fiesta, compuesta y engalanada, se acerque a recibir la palma mezclada con la gente y que, a la noche, saliendo de la ciudad, convierta el mundano gozo en el luto de la Pasión del Señor.

Llegó el Domingo de Ramos. La joven, vestida con sus mejores galas, espléndida de belleza entre el grupo de las damas, entró en la iglesia con todos. Al acudir los demás a recibir los ramos, Clara, con humildad y rubor, se quedó quieta en su puesto. Entonces, el obispo se llegó a ella y puso la palma en sus manos. A la noche, disponiéndose a cumplir las instrucciones del santo, emprende la ansiada fuga con discreta compañía. Y como no le pareció bien salir por la puerta de costumbre, franqueó con sus propias manos, con una fuerza que a ella misma le pareció extraordinaria, otra puerta que estaba obstruida por pesados maderos y piedras.

Y así, abandonados el hogar, la ciudad y los familiares, corrió a Santa María de Porciúncula, donde los frailes, que ante el pequeño altar velaban la sagrada vigilia, recibieron con antorchas a la virgen Clara. De inmediato, despojándose de las basuras de Babilonia, dio al mundo «libelo de repudio»; cortada su cabellera por manos de los frailes, abandonó sus variadas galas.

De la Regla de Hugolino para las Clarisas (1219), 11.

Donde hubiere capellán propio, sea religioso en su porte y modo de vida, de buena fama, no muy joven, sino de edad idónea. Y cuando se vea que alguna de las sores, gravemente enferma, se acerca a su fin, y tiene necesidad de confesarse o de recibir el sacramento del Cuerpo del Señor, dicho capellán entrará revestido de alba, estola y manípulo; y una vez oída la confesión o administrado el sacramento del Cuerpo del Señor, saldrá revestido como entró, sin demorarse demasiado. Del mismo modo se procederá para la recomendación del alma. Pero para las exequias y el oficio de sepultura no entrará en clausura, sino que realizará en la capilla, desde fuera, lo que hace al caso. Si le pareciere, empero, a la abadesa que debe entrar para las exequias, hágalo revestido en la forma sobredicha, y, una vez sepultada la difunta, salga sin demora. Mas si hubiere necesidad de ayuda para cavar la sepultura o para acomodarla mejor luego, puede entrar él u otra persona idónea y honesta.

Y de San Francisco:

1 Celano 43:

Les enseñaba no tan sólo a mortificar los vicios y reprimir los estímulos de la carne, sino también los sentidos externos, por los cuales se introduce la muerte en el alma. Acaeció que por aquellos días y por aquellos lugares pasó el emperador Otón, con mucho séquito y gran pompa, a recibir la corona del imperio terreno; el santísimo Padre y sus compañeros estaban en la aludida choza, junto al camino por donde pasaba; ni salió él a verlo ni permitió que saliera sino aquel que valientemente le había de anunciar lo efímero de aquella gloria.

El glorioso Santo preparaba en su interior una morada digna de Dios, viviendo dentro de sí y moviéndose en los amplios espacios de su corazón; el barullo exterior no era capaz de cautivar sus oídos, ni voz alguna podía hacerle abandonar ni siquiera interrumpir el gran negocio que traía entre manos. Estaba investido de la autoridad apostólica, y por eso se resistía en absoluto a adular a reyes y príncipes

.

Leyenda de Perusa 108:

Pues dondequiera que estemos o a dondequiera que vayamos, llevamos nuestra celda con nosotros; nuestra celda, en efecto, es el hermano cuerpo, y nuestra alma es el ermitaño que habita en ella para orar a Dios y para meditar. Si nuestra alma no goza de la quietud y soledad en su celda, de poco sirve al religioso habitar en una celda fabricada por mano del hombre.

Podría citar muchos textos más, pero me conformo con estos, al menos por ahora. Lo que quiero compartir es la marca que dejó fuertemente marcada Cristo en el corazón de Francisco, y cómo éste lo transmitió después.

Sabemos que el Poverello, en su proceso de conversión, se había encontrado con Cristo, y éste, Crucificado pero Glorioso, lo había llevado a una nueva vida. Sabemos también que el Santo de Asís rehuía cada vez más la presencia humana, y buscaba recónditos lugares para rezar y estar a solas con Dios. Sabemos también que, tras una crisis, Francisco pudo discernir que el Señor le quería predicando por el mundo. Aunque, desde luego, acompañando el Anuncio del Evangelio con la Oración, frecuente y profunda.

Sabemos que Clara pertenecía a la Nobleza de la ciudad, y que vivía no privada de bienestar y seguridad material. Y sabemos cómo conoció a Francisco y acabó viviendo, tras desposarse con Cristo, en San Damián, llevando una existencia básicamente (que no exclusivamente) contemplativa.

Pues bien, como fruto y prolongación de esta experiencia, en Clara se configuró visiblemente la forma de vida contemplativa, en sentido estricto y profundo. En efecto, la separación del mundo quedaba muy marcada y es objeto de insistencia en la Regla de la Santa, en su ejemplo y en el ejemplo, regla y forma de vida de Francisco. Aquéllas, como todo en la vida de Clara, nacen de éstas.


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