Hoy se ha celebrado el Sorteo de Navidad. Se ha repartido, sin duda, mucha alegría. Mucha gente ha visto solucionados sus problemas económicos, otros han recibido un pellizco, y otros un pellizquito, como un servidor, al que le han tocado 45 € (estupendo, si no, no pasaba nada, la verdad).
No hay que negar el carácter enormemente festivo de la Lotería, en la que muchas personas, familias, empresas... ponen todas sus esperanzas, y más ahora en tiempos de crisis. Pero no deja de chocarme y sorprenderme ver cómo en las Navidades nos hemos olvidado de lo esencial: Jesús nace Pobre en un lugar Pobre de una Madre Pobre.
Una vez más llegamos a la recta final de Adviento. Pasado mañana es Nochebuena, y celebraremos la Memoria del Niño de Betlehem. Un Niño que nació despojado incluso de lo esencial: un techo. Pero que gozó de lo más preciado: el Amor de una Madre y de José, quien también por Amor lo acogió, lo cuidó, lo educó y lo mantuvo.
José y María fueron padres ejemplares para Jesús, pero también lo son para nosotros: se contentaron con lo que Dios les daba del trabajo de José. Procuraban asimilar e interiorizar la persona de su Hijo, que poco a poco se les iba revelando. Hacían grande el Misterio de lo cotidiano. Hoy, nos asusta lo "cotidiano", que asimilamos a "monótono". Nos agarramos a Loterías, inversiones, escapadas, ahorros... y ponemos en ellos todas nuestras esperanzas.
No es que esté mal (Dios me libre de pensar algo así) tener ilusión con la Lotería, pero es preocupante la necesidad social que hay del dinero, asimilado a seguridad, y del bienestar. Por eso hay tanto miedo a la crisis: la sociedad del bienestar se tambalea; se pierden inversiones y ahorros millonarios; se suceden estafas por parte de hombres sin escrúpulos; se dejan de adquirir productos que no resultan básicos: parafarmacia, estética, viajes, determinados transportes, gasolina...
Hemos basado nuestro desarrollo no sólo en estar "asegurados" sino también en el medrar económica y socialmente. Pero pasado mañana recordamos a un Niño que no necesitó nada de eso: se Encarnó, se dejó cuidar y mantener, corrió graves peligros, huyó de la muerte nada más nacer y dejó que la Providencia lo mantuviera. Recibiremos otra vez -queramos o no- un aldabonazo en nuestro corazón, y será Él quien nos pida posada. Depende de nuestra libertad oirlo y escucharlo, o no. Sé que resulta un poco -sino mucho- soñador, pero ojalá aprendamos de Él (yo el Primero), porque lo de este mundo pasa, "mas mis Palabras no pasarán". (Lc 21, 33) Maran athá! ¡Ven, Señor Jesús!
Sábado, 18 de febrero
Miguel Blanes Coll
Francisco Baena Calvo
Religión Digital
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
FCJE
Josemari Lorenzo Amelibia