Guidoloto de San Geminiano fue acusado falsamente de haber dado muerte a un hombre envenenándolo y de que pensaba dar muerte también al hijo del mismo y a toda su familia con el mismo procedimiento. Apresado por el podestà y cargado de cadenas, fue encerrado en una torre. Pero, seguro de su inocencia, confiando en el Señor, encomendó la causa de su defensa al patrocinio de San Francisco. El podestà pensaba en los tormentos que iba a aplicarle para conseguir la confesión del crimen que se le imputaba y en los castigos con que haría morir al confeso. Pero la noche aquella que precedía a la mañana en que había de ser llevado al suplicio, fue visitado por San Francisco, y, rodeado por un inmenso y radiante fulgor hasta la mañana, lleno de alegría y confianza, obtuvo la seguridad de ser liberado.
Llegaron de mañana los verdugos, y, sacándolo de la cárcel, lo suspendieron en el potro, cargando sobre él muchas pesas de hierro. Muchas veces fue levantado y bajado de nuevo para provocar más acerbos dolores, y así obligarle a confesar su delito.
Pero su rostro reflejaba la alegría de la inocencia, no mostrando ninguna tristeza en medio de las torturas. Luego, suspendido cabeza abajo, encendieron debajo de él una fogata, y ni siquiera se chamuscó uno de sus cabellos.
Al fin le rociaron con aceite hirviendo, y, por el poder del abogado a quien había confiado su defensa, superó todas las pruebas, y, dejado en libertad, marchó salvo. (LM Mil 5, 5).
En esta cita de los Milagros de Francisco que relata San Buenaventura, queda patente lo atento que está el Santo de Asís a sus hijos, a los que le invocan, a los que le piden ayuda. Este hombre se encontraba en grave peligro, puesto que había sido confinado a la tiniebla, a la mazmorra, a la condena y a la tortura. Es en estas situaciones cuando se pone a prueba nuestra Fe.
En efecto, lo tenemos muy fácil para creer y ser "personas de fe" cuando todo nos va bien, cuando no hay problemas o cuando estamos tranquilos. Pero tendemos a temblar y escurrirnos cuando las cosas van mal. Nos es difícil no sólo mantener la calma, sino confiar en Dios. Creemos que está lejos, que no nos podrá ayudar, porque el hombre es poderoso, y nos puede inflingir daño a pesar de la Voluntad de Dios.
Francisco demuestra cómo la luz puede acudir hasta el fondo de la más espesa oscuridad, y trasnformarlo en Luz, Gozo y Paz. A este hombre, nada le asustaba más que las torturas que, injustamente, se le iban a aplicar. Sin embargo, tiene Fe, pide, ora, recurre a Dios ya que nada ni nadie aquí le salvará. Y obtiene respuesta. Seguramente había sido devoto siempre del Santo, pero ahora constata su presencia y su bondad. Sabe que será liberado, que nada podrán contra él. Es la actitud que debemos aprender, a mi juicio: spes contra spem, esperar contra toda esperanza (Rm 4, 18), confiar y esperar a pesar de que todo nos invite a lo contrario. Creer que Dios lo puede todo, por encima de la voluntad humana y del curso de la Creación.
Este hombre encomendó su vida al Santo, y a cambio obtuvo certeza, liberación y paz en medio de los tormentos. No sufrió, es más, experimentó más inocencia que nunca. Reflejaba alegría, porque ésta era espiritual, regalo del cielo. Esta misma escena la podemos aplicar a Israel que, sumido en la depresión y el yugo extranjero, recibe la visita de la Luz del Cielo, del Maná, que calmará toda hambre del Reino de una vez para siempre. Igual que el hombre de esta cita, será atormentado, pero si confía, no sufrirá y podrá transformar su realidad aparentemente caótica en una situación transfigurada, nueva, llena de luz, al encuentro de Dios.
El Mensaje de Salvación permanece intacto a lo largo de toda la Biblia: "yo seré vuestro Dios" (Jer 7, 23).
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni