Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Lo crucificamos

18.12.08 | 15:16. Archivado en Evangelio
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"Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él". (Jn 12, 10-11).

En la Historia de Israel siempre existió, y existe, la tentación de apropiarse la Palabra de Dios, la Alianza y la Identidad de Pueblo de Dios.

Resulta llamativo lo fuerte que dicha tentación se manifiesta en la Vida de Jesús, Signo Revelador del Padre. Israel, en sus instituciones, no sólo no acepta a Jesús, sino que en nombre del judaísmo (entendido como exaltación de su Condición de Pueblo depositario de la Revelación), se erige en juez y filtro de qué es lo que viene de Dios o no; de cuáles son las actitudes que llevan a Dios o las que no; de cómo debe Dios enviar al Mesías, y, sobre todo, de cómo y quién debe ser Éste.

Los israelitas eran privilegiados, escogidos y algunos (fariseos y saduceos sobre todo), sin embargo, cogieron el mensaje de Salvación traido por Yahveh desde la Promesa a Abraham hasta la apocalíptica, pasando por destierros, vicisitudes y pecados-perdón, y lo cosificaron: a ellos les correspondía discernir qué estaba de acuerdo o no con la Ley, y reducían a Dios a las normas que ellos mismos imponían a los demás. Rechazaban a Jesús porque no les "cuadraba" con el mesianismo hasta entonces vivo en la conciencia colectiva: un Mesías Poderoso, de la dinastía de David, regio, que vendría a instaurar el Reino aquí en la Tierra, liberándolos del yugo de la opresión de los demás pueblos y, sobre todo, del yugo del pecado. Pero también porque su actitud, Vida y Palabras chocaban y agrietaban el rigor jurídico de la dogmática y moral que ellos sostenían.

Si ellos no filtraban y dirigían la Vida de Israel en cuanto a la Alianza, entonces no había ni Ley, ni Pueblo, no Dios. Todo pasaba por ellos. No había religiosidad fuera de las fronteras que habían establecido para el Pueblo. La Ley oprimía, condicionaba. Ya no era aquella Alianza Amorosa con que Dios les había bendecido. Era, por el contrario, un conjunto de normas a cumplir, para evitar el castigo y la ira de Yahveh. Toda posibilidad de perdón pasaba por rituales, normativas y "pasos a dar" que rozaban lo ridículo. El Espíritu de la Ley, Dios mismo, había sucumbido al Derecho de la Ley, estipulado y celosamente vigilado por ellos, porque importaba la apariencia externa, y el corazón no valía ya.

No aceptaban que Dios diera libertad. No consentían que fuera más importante el interior. Se autoconsideraban justos porque cumplían externamente, pero se perdían, como les recordó Jesús, que Dios era "Justicia, Misericordia y Fidelidad" (Mt 23, 23). La Alianza había sido corrompida desde dentro: ya no era un tú a tú con Dios, siempre Vivo, Eterno, Misericordioso, Protector, Padre... sino un tú a tú con la Ley escrita, desconectada del corazón de Yahveh. Ello sólo podía devenir en el anquilosamiento y la muerte espiritual del Pueblo.

Jesús se Encarna por Amor. Y desde su Ser-Trinitaro nos revela a un Dios Padre, cuya Fidelidad y Misericordia superan y llevan a toda plenitud a la Ley. Es hora de una nueva relación con Dios: pasar de una religiosidad "codificada" a una intimidad fluida, fácil, perfecta con Yahveh. Pero Israel parece resistirse, y ya no se conforma con matar a Jesús, sino que necesita acabar con cualquier manifestación de su Luz. Lázaro constituía, a este propósito, un ejemplo y un recordatorio vivo de que la Ley ya no era lo central y nuclear, sino el corazón, el ágape.

"Vino a su casa, y los suyos no la recibieron" (Jn 1, 11). Esta frase de Juan resume el rechazo del Pueblo escogido a la más fuerte y profunda Manifestación de Dios. Es el paradigma de la continuada actitud de rechazo a la Alianza, llevada ahora al culmen rechazando a Dios mismo. "No tenemos más rey que el César" (Jn 19, 15) es la máxima expresión de la renuncia de Israel a Dios, a cambio de la autocomplacencia en lo externo de la Ley. Nunca las Tablas de la Ley habían estado tan muertas. La piedra en que se escribieron se mantenía viva por el mismo espíritu que las escribió. Pero Israel no lo quiso, lo rechazó, lo mató, lo crucificó (y lo crucificamos con nuestros pecados: "Y aun los demonios no lo crucificaron, sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas deleitándote en vicios y pecados" - Adm 5, 3).


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