Admonición nº 2: Del mal de la propia voluntad
Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (cf. Gén 2,16.17). Podía comer de todo árbol del paraíso, porque, mientras no contravino a la obediencia, no pecó. Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece del bien que el Señor dice y obra en él; y así, por la sugestión del diablo y la transgresión del mandamiento, vino a ser la manzana de la ciencia del mal. De donde es necesario que sufra la pena.
Esta Admonición de Francisco resulta ser muy ilustrativa de cuál es la causa última de todo pecado, el fondo de toda transgresión de las relaciones con Dios. El Poverello ve en la desobediencia la causa de todo desorden, de la caída del Paraíso. Y de paso, marca el camino para regresar al mismo.
"Aquel que se apropia su voluntad": en esto consiste la desobediencia, en hacer la propia voluntad, seguir el camino que uno quiere marcarse, aun sabiendo que tiene otro mejor, marcado por Dios en su Sabiduría Eterna, para su Salvación. Es escoger aquello que nos aleja de Dios, de su Voluntad, de su cuidado, de sus amorosos abrazos. Es creer que lo que me apetece es mejor, y que es lo que conviene hacer. Sí, adopta formas incluso de "querer hacerlo bien", de buenas intenciones.
No se trata simplemente de escoger entre bien y mal, sino de escoger entre lo que sabemos viene de Dios y, por tanto, es bueno para nosotros y nos lleva a Él, y otro (s) camino (s) que, aun siendo bueno (s) en si mismo (s), no nos llevará (n) a la misma cercanía e intimidad con Él. Ya no hablemos de cuando se trata de caminos objetivamente malos o pecaminosos. Aquí ya podemos hablar de ruptura - en mayor o menor grado -, distanciamiento, insatisfacción.
Es la expresión de la Opción Fundamental del hombre, que opta por Dios, por oír su Palabra y ponerla en práctica. O supone la Opción Fundamental de querer un camino distinto al que Dios te propone.
La Salvación, meta y thelos de la Vida Cristiana, se incoa en este mundo. Cada paso que damos, en una u otra dirección, nos acerca a la Felicidad o nos aleja de ella. Nos hace más dichosos y más plenos, o menos. La Salvación, el estar con Cristo, es la realización plena y absoluta del hombre. Por tanto, sólo podemos ser verdaderamente felices si andamos el camino que nos propone.
Así se ve en el Pueblo de Israel: comunidad elegida, vinculada a Yahveh con un pacto, y que reflexiona sobre su fidelidad / infidelidad a dicho pacto (Alianza) a la luz de los acontecimientos de gracia / desgracia con que es marcado a lo largo de sus 2000 años de identidad. Esta visión queda superada en el NT, con una Teología de la Salvación que distingue entre Salvación-Premio y Condenación-Castigo a la luz del corazón del hombre, que acoge o no a Jesús, y queda vinculado o no a la Gracia del Reino (el ya presente-Escatología Realizada, o el venidero-Escatología Consecuente).
De hecho, la Obediencia enseña a vivir en los tiempos de Dios, que son muy distintos de los del hombre: Israel va desplazando sus esperanzas a lo largo de la Historia, a la luz de los acontecimientos, que muchas veces acaban por desilusionar. Y la Iglesia, en sus orígenes apostólicos, consideraba inminente la Parusía, y ya han pasado 2000 años. Esto nos enseña que vivir en los tiempos de Dios no es sino dejar a Dios actuar, planear y disponer, puesto que lo que consideramos urgente, conveniente o necesario quizá no lo es para Él, y viceversa.
Es la virtud de la Escucha, del alma que permanece atenta a la Voz de su Señor, su Amado. Es María, que escucha a Jesús en Betania, o que espera a que el Maestro la llame, cuando éste acude a revivir a Lázaro. Es "entender" a Dios (en la medida que, pobres criaturas, podemos), "captar" sus intenciones y su forma de actuar en nuestras vidas. Es saber velar, esperar, llamar, ser llamado. Es saber cuándo tienes que seguir al Maestro, o cuando te pide que esperes. Es saber echar la red en el momento y en el lugar que Él te sugiere (nunca coarta). Es, como dice Francisco en el Saludo a las Virtudes, estar sujeto a todos, incluso a la Creación, dejando a Dios disponer libremente de tu persona.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
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