Así, la Escatología en Francisco era una dimensión vivida en el deseo de vivir, aquí y ahora, el Reino. Francisco - lo sabemos y lo atestiguan las biografías, y lo encontramos en sus escritos - sentía, pensaba y sobre todo obraba como Cristo, de manera que las realidades (la Vida de Gracia) del Reino Futuro las degustaba (en ciernes, ya lo hemos dicho) en esta vida.
Incorporaba los Misterios de Jesús a su cotidianeidad, y ello "por el Amor y la Compasión" (Consideraciones 2). Estaba tan enamorado del Crucificado que lo hacía presente. Era el hombre del "ya". Pero era el hombre del "todavía no", que gozaba y se sentía abrumado con la Eucaristía, que le hacía también presente al Hijo de Dios. Contemplación hecha presencia y Vida Sacramental, dos componentes de una única realidad: Francisco deseaba la Vida Eterna con todo su corazón, y por la Gracia y el Amor que sentía por Jesús ya lo vivía aquí en la Tierra.
Es el paradigma de la Vida Consagrada. Una Vida que no sólo imita, desea y procura, sino que Encarna. En efecto, partiendo de la Encarnación, Francisco fue reviviendo todos los Misterios de Cristo (2C 217), encarnándolos, haciéndolos Vida, configurándose en un Alter Christus.
Pero hay un momento en la vida del Poverello en el que ésta da un salto cualitativo: Francisco pasa a habitar en el Cielo. El relato de las Consideraciones nos describe perfectamente cómo Francisco, hombre cristificado y que va a hacerse Cristo, vive, en la cumbre del Monte Alvernia, la explosión más grande de Amor que se haya dado en la Tierra desde que Jesús dejó este mundo y Ascendió al Padre. Vemos cómo el Pobre de Asís busca la soledad, no sólo para intimar con Dios, sino para dejarse conformar, pulir, purificar.
Hay dos momentos clave: en el primero, Francisco se halla angustiado por lo que pueda pasarle a la Orden el día que él haya muerto; en el segundo, le pesan y angustian sus propios pecados y miserias. En ambas situaciones, extremas para el Poverello, Dios se le revela en toda profundidad y con toda la densidad que un alma mortal puede soportar. Francisco, de hecho, le cuenta a León que Dios le habla "como había hablado antiguamente a Moisés". Dios se le revela, pero para Francisco tiene también lugar una autorevelación, igualmente profunda, total, que se da por el "vértigo espiritual", es decir, el que se produce cuando se toma conciencia de la infinitud de Dios y de la propia pequeñez que, puestas una frente a la otra, hacen experimentar al alma la más grande de las turbaciones contemplativas.
Así, el Señor purifica en Francisco dos aspectos: en la apropiación que le pudiera quedar por la Orden, así como la entrega de su Vida Consagrada por los tres dones (Pobreza, Obediencia y Castidad), y en la preocupación del Poverello por sus propios pecados, debilidades y miserias (que por otra parte ha visto siempre, pero más perfectamente ahora).
Domingo, 19 de febrero
Miguel Blanes Coll
Peio Sánchez Rodríguez
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Jose Gallardo Alberni
Francisco Baena Calvo
Alejandro Córdoba
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos