Franciscanos seglares hoy (OFS Palma de Mallorca)

Nacidos del Costado

29.11.08 | 12:02. Archivado en Vida Consagrada
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Creo que hay muchas formas de presentar la Vida Consagrada. En el Magisterio actual, desde el Concilio Vaticano II, han sido varias las que han permanecido: se la presenta como Signo en el mundo, respuesta a una invitación, instancia que apela a la conciencia del mundo... Sin embargo, yo no puedo dejar de considerar, como persona consagrada, que los aspectos externos y visibles de la Vida Consagrada nacen, ante todo, de los internos e invisibles, es decir, de la respuesta oblativa (Santo Tomás) a la Llamada que Cristo, desde la Cruz, hace a todos y cada una de sus almas-esposas.

En efecto, así como Juan Pablo II en Vita Consecrata presenta el origen de la Llamada en la Transfiguración, mi experiencia me dice que dicha Llamada nace en el Misterio Pascual, desde el Jueves Santo hasta la Mañana del Primer Día de la Semana. Así, tiene una triple vertiente, que se configura, sin embargo, como una sola. Y esto porque el Misterio Pascual dado en tres momentos, no es sino uno solo.

En la Última Cena, es cuando Jesús reúne a todos en la Intimidad, junto a Sí y junto al Padre. Es un momento Trinitario, revelador en profundidad. No sólo Jesús da a conocer su Presencia Viva por su Cuerpo y su Sangre, sino que da a conocer la Intimidad de su Ser-Dios.

Juan 17 es un capítulo lleno de estas revelaciones, y una guía existencial y programática de la Vida Consagrada: "He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra" (Jn 17, 6). "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo" (Jn 17, 15-16). Vemos que, en primer lugar, es Dios quien llama y se revela. La iniciativa es siempre suya. "Tomándolos del mundo", he aquí lo que es para mí central: que los consagrados, aun viviendo en el mundo, no somos (o no debiéramos) del mundo. Nuestros valores, aspiraciones, metas, deseos... deben ir más allá, a la Intimidad con el Padre ("Tuyos eran y tú me los has dado"), a la identificación con el Hijo ("Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo"), al servicio a los hombres, para que le conozcan a Él ("Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo"), a dar Testimonio de Unión en el Cuerpo de Cristo (Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado"). Vemos, pues, que la Vida Consagrada es expresión de la Vida Intratrinitaria, de la donación recíproca entre las Tres Personas.

Estamos pues llamados a testimoniar y hablar con nuestras vidas de que el Valor Supremo es Cristo, de que el mundo ha sido Redimido por Él, y que sólo Él puede colmar nuestras existencias. El Consagrado ha dado su vida, ha entregado un cheque en blanco a esa Llamada de Dios. Y eso, como decimos del Sacramento del Orden, "imprime carácter". Pero es mucho más profundo: es una identificación progresiva, total y radical con Jesús. Y eso no se puede borrar. No puedes decir "lo dejo" y ya está. Quizá sí en un plano material, pero ya nunca volverás a ser el mismo. Ni el peor pecado puede borrar las huellas de Cristo en el Alma.

Y es que, en segundo término, la Vida Consagrada nace de la Cruz, de aquel momento supremo de la Humanidad. Llevar las "marcas de Jesús", como decía Pablo, no es estar estigmatizado, sino ser portaestandarte del Hijo de Dios, encarnar su existencia entregada, que culmina en la Cruz, espejo (en términos clarianos) de la donación total a la que aspiramos. "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13). El Costado Traspasado, del que mana sangre y agua, es el último término y la última expresión de lo que Cristo vino a hacer al mundo: redimirlo e infundirle el Espíritu. El romano mete la lanza en búsqueda de una confirmación de muerte, y encuentra Vida: Espíritu y Consagración. La Sangre que ha bañado la Cruz es testimonio y significación del sello imborrable con el que Dios quiso marcar a la Humanidad: su Propia Carne, su Propia Sangre, consumando el definitivo Sacrificio.

Y, en tercera instancia, nace de la Resurrección, de la mañana del Primer Día de la Semana. Allá, Mª Magdalena encarna las palabras antes citadas de Jesús, por cuanto ella ya no es del mundo (está ella sola ante Cristo Resucitado), y ha sido llamada (acudió al Sepulcro por la necesidad de estar con su Amado - cf. Cantar de los Cantares - ). Esta escena representa, quizá, una de los momentos de contemplación más álgidos de la Biblia y de la Historia de la Salvación. Sólo ella supo captar, en ese momento, igual que cuando estaban en Betania, qué era lo más importante, la mejor parte. Y tuvo "premio": mucho amó, y mucho recibió. Busco y encontró. ¿Tenemos los consagrados de hoy día tantas ansias?


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