Por lo que hemos visto hasta ahora, Francisco ha ido profundizando en su conversión porque ha ido conociendo más profundamente a Cristo. No ha sido ni mucho menos un camino recorrido en base a un conocimiento teórico del Hijo de Dios y de la Moral que ello comporta. Ni tampoco ha sido un camino recorrido por buscar algo nuevo y mejor. No, Cristo se le ha presentado como el Amado de su Alma y le ha marcado el corazón.
Francisco, pues, se ha ido enamorando más y más. Y ello se ha traslucido al exterior, como consecuencia natural y coherente con lo que es la Vida Espiritual. Dios le ha ido regalando experiencias místicas cada vez más densas y más reveladoras. Ha pasado de ir meramente a Misa a no poder separar su mente del Crucificado. Y menos aún cuando se encuentra con el Cristo de San Damián, que, al fin, le llama a algo concreto que realizar en este mundo con su Gracia.
Hasta ahora ha bebido de la fuente, sí, pero ahora Dios le pide a cambio. Es la dinámica del Espíritu. Te da su Gracia para que se la restituyas en Obras, en Signos. Además, en el encuentro en la iglesita de San Damián, Cristo se une a Él de tal manera, que le marca con su Pasión de una vez para siempre. "Su corazón quedó llagado", dicen las Biografías. Don místico singular, especial, sin duda. Su incorporación a los Misterios de Cristo se está haciendo realidad.
Tenemos ya a un Francisco que ha dado un giro de casi ciento ochenta grados. Digo casi, porque aún le falta el último paso: la Ruptura. Sí, al enterarse su padre de que vive en San Damiano, va a buscarle, para evitar la deshonra de tener un hijo que vive como un pordiosero, y para recuperar el dinero que Francisco había obtenido de la venta de telas en Foligno para la iglesita. Francisco no sólo se mantiene firme en sus propósitos, sino el padre lo encierra en casa. Pero, gracias a su madre, logra escapar.
Entonces, Pedro Bernardone pide justicia y restitución de sus bienes. Acepta juzgarlo el Obispo de Asis, y es entonces cuando tiene lugar la escena que culmina la aventura iniciada en aquella prisión perusina: Francisco, como símbolo de su ruptura con lo viejo y antiguo de toda vida carnal, se desnuda, y deposita en las manos de su padre la ropa y el dinero reclamado. Es un signo, una manifestación de dos cosas:
1. La ruptura, como ya hemos señalado. Igual que Israel, cuando el Mar Rojo se cierra tras él, y sabe que Egipto ya es historia.
2. Su entrega y consagración a Dios, a la Pobreza. Desde entonces, no más ropas delicadas ni del siglo, sino un mero sayal, burdo. Un bastón, sandalias y un cinto. Se ha Consagrado a la Pobreza. Se ha hecho su Siervo, su Amante, su Caballero. Le jura fidelidad, y la sella con la escena ante todo Asís, sus testigos.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni