Si seguimos con la narración de la noche de Espoleto, vemos cómo Francisco acaba abandonando la expedición militar para volver a casa, puesto que se le había dicho que allí se le revelaría lo que tenía que hacer. Aquí nos encontramos con la consumación de lo que ayer comentábamos: el primer giro en sus perspectivas, que aún no había tomado forma en Francisco, ahora constituye toda una nueva forma de ver el mundo y a Dios, y de verse a si mismo.
Abandona, ahora sí, toda aspiración de gloria militar y mundana, e intenta conformar su voluntad a la Divina. Francisco ha cambiado, ha dado un paso vital e irreversible en su camino de conversión. Ya no le divertían tanto las fiestas con sus amigos, como destaca TC 7, y entrega su mente y su corazón a Dios. La noche de Espoleto le ha marcado, sin duda. Ha oido la voz de Dios, y no es algo que se olvide así como así. Se pregunta qué querrá el Señor de él. Sin embargo, por ahora no puede sino rezar, meditar y esperar.
Pero un tercer paso lo va a dar enseguida. Visitado por una especial consolación, decide entregar su vida entera a Dios y a su servicio. Por ello, la "especial consolación" debió ser, sin duda, una experiencia tan profunda y reveladora del Amor de Dios, que le llevó a dar los pasos que luego daría: retiros frecuentes, limosnas, generosidad, humildad... Su alma avanza a velocidad de crucero. Dios se le va revelando, y él va respondiendo. Necesita ser generoso, darse a los más pobres, experimentar la pobreza él mismo.
Sin embargo, aún confía en el dinero. Aún está en el mundo, y de alguna forma apegado al mismo. Aún no ha dado el paso definitivo. Aún sigue sin poder ver a los leprosos. Pero pronto se produce lo que constituye en él la definitiva conversión: el beso al leproso. Transcribo el texto de TC 11: Como cierto día rogara al Señor con mucho fervor, oyó esta respuesta: «Francisco, es necesario que todo lo que, como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas, si quieres conocer mi voluntad. Y después que empieces a probarlo, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa».
Alegre y confortado con estas palabras del Señor, yendo un día a caballo por las afueras de Asís, se cruzó en el camino con un leproso. Como el profundo horror por los leprosos era habitual en él, haciéndose una gran violencia, bajó del caballo, le dio una moneda y le besó la mano. Y, habiendo recibido del leproso el ósculo de paz, montó de nuevo a caballo y prosiguió su camino. Desde entonces empezó a despreciarse más y más, hasta conseguir, con la gracia de Dios, la victoria total sobre sí mismo.
He aquí el salto cualitativo de Francisco: se vence por completo, y emprende desde entonces el camino de la Misericordia.
Viernes, 1 de junio
Miguel Blanes Coll
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató
José Manuel Bernal
Urbano Sánchez García
Jose Gallardo Alberni