Por Mirian, Esther y mi hermano Angel. Del libro autobiografico de Alcaraz.
05.11.07 @ 19:42:21. Archivado en Sobre el autor
TERRORISMO | ETA
Por Miriam, Esther y mi hermano Ángel
EL 11 de diciembre de 1987 ETA asesinó al hermano y a las dos sobrinas de José Alcaraz, presidente de la AVT. Dos décadas más tarde, sus memorias reabren aquella herida. Extractamos un capítulo
FRANCISCO JOSÉ ALCARAZ
UNA FAMILIA ROTA. Esthe y Miriam, las dos sobrinas de Alcaraz asesinadas en Zaragoza, en 1987. El papá de ambas, Ángel, hermano del presidente de la AVT, también falleció en el atentado contra la casa cuartel.
El jueves 10 de diciembre de 1987, mi hermano Angel llamó a casa a eso de las tres de la tarde. Yo tenía entonces 17 años y vivía en la casa cuartel de Zaragoza. Les dijo a mis padres que al día siguiente tenía un examen y que el lunes 14 bajaría a Jaén, donde vivíamos.
Yo también hablé con mi hermano aquel día. Fue la última vez. Le dije que tenía una sorpresa, pero que no pensaba decirle lo que era hasta que estuviera en casa. Yo acababa de comprar un sintetizador y, como los dos compartíamos la pasión por la música, sabía que a Angel le haría gran ilusión. De hecho, yo estaba seguro de que le gustaría incluso llegar a formar parte de un grupo musical que había organizado junto a unos amigos.
Mis padres, por su parte, estaban también enormemente ilusionados, pero por un motivo distinto: después de muchos años, todos los hermanos íbamos a coincidir en casa por las fiestas navideñas. Mi madre, como era habitual en ella, ya estaba preparando con bastante antelación aquella reunión tan especial.
Al día siguiente, todas aquellas ilusiones resultarían destrozadas.
Pensando hoy las cosas, jamás se me hubiera podido pasar por la mente que ese cuartel de la Guardia Civil, donde yo mismo había vivido poco antes junto a mi hermana, mi cuñado y mis dos sobrinas gemelas, pudiera ser el objetivo de los asesi-nos de ETA.
El viernes 11, poco antes de las ocho de la mañana, mi padre llegó a casa completamente demudado. Había amanecido un día frío, desapacible y lluvioso. Yo me acababa de levantar hacía muy poco y me disponía a desayunar para irme al trabajo. Me sorprendió ver aparecer en casa a mi padre a esa hora tan temprana, pues siempre solía levantarse a las cinco de la mañana y no venía hasta el mediodía para comer y marcharse de nuevo a trabajar.
-¿Qué pasa? -pregunté.
Mi padre, incapaz casi de articular palabra, me dijo a duras penas:
-He oído que en Zaragoza ha habido un atentado, y que ha sido en un cuartel de la Guardia Civil.
Me abalancé hacia el teléfono y me puse a marcar el número del cuartel. Recuerdo que marqué dos veces y que no daba señal. Con el corazón en un puño, me volví hacia mi padre:
-El cuartel no tiene línea.
Mi padre salió corriendo de casa a buscar a mi madre, que estaba trabajando. Yo me quedé allí, sin saber muy bien qué hacer. No sé las veces que pude marcar aquel número de teléfono, cada vez más angustiado al no recibir respuesta.
Han pasado 20 años, pero todavía hoy recuerdo aquel número. No recuerdo cuánto tiempo estuve intentando llamar. Al final, viendo que era posible lo peor, me precipité al salón y encendí la televisión para ver si daban alguna noticia.
Al encender el aparato, lo primero que pude ver fue un montón de escombros humeantes. Y allí, entre aquella pila de cascotes, entre los restos destrozados de lo que había sido la casa cuartel, alcancé a divisar una muñeca, que reconocí como aquella con la que más de una vez había visto jugar a mis sobrinas Esther y Miriam [en aquel atentado murieron 11 personas; cinco de ellas. niñas menores de 15 años].
El corazón me dio un vuelco. Cuando la imagen de la televisión se alejó, mostrando una perspectiva más amplia, pude ver que aquellos escombros correspondían, justamente, a la ubicación del piso de mi familia en el cuartel.
Me resulta imposible describir con palabras lo que sentí en ese momento. Casi lo mismo que siento ahora, mientras recuerdo aquel día para escribir este libro. Es una sensación de conmoción, de desamparo, de incredulidad y de impotencia, todo mezclado y confundido. Todo aquel que haya perdido a un hijo o a un hermano sabe lo que quiero decir. En el fondo, te dices que no puede ser. Te agarras a una esperanza absurda de que haya un error.
Pero, en el fondo, yo sabía que la probabilidad de que hubiera pasado algo irreparable era alta.Yo conocía bien el cuartel, y estaba convencido de que era imposible salir con vida del escenario de horror en que la bomba de aquellos criminales había convertido el lugar donde mi familia dormía. Y pensaba para mí: «¿Qué va a decir mi madre?».
Estaba solo en casa. En aquella casa que se me caía encima. Necesitaba decírselo a alguien, a mis otros hermanos, antes de que se enteraran mis padres. Salí corriendo de la casa. Otra de mis hermanas trabajaba en la esquina de nuestra calle. Yo apenas podía hablar; tan sólo alcancé a decirle, entre sollozos, que habían asesinado a nuestra familia.
UNA MADRE PROTECTORA
Volvimos a casa, flanqueados por los clientes que había en el local y por algunos vecinos, que habían empezado a congregarse. Me angustiaba pensar en cómo mi madre acogería la noticia, pues ella se encontraba trabajando en el mercado, en su puesto de frutas, y no sabía nada de lo que había ocurrido. Mi madre siempre ha sido enormemente protectora, y a raíz del atentado pasó a serlo aún más: siempre preocupada por nuestras amistades, por el horario de vuelta a casa y por todo lo que nos pudiera pasar. Yo sabía que una noticia así la hundiría, como le pasaría a cualquier otra madre.
Mi padre volvió casi de inmediato, trayendo la confirmación de que había muerto una de mis sobrinas. Roto por el dolor, repetía la noticia de su muerte como si se aferrara a ella, como si quisiera conservar la esperanza de que los demás estuvieran a salvo. Yo no quise, ni pude, decir nada. Sabía que era casi imposible que alguno de ellos pudiera sobrevivir, pero ¿qué sentido tenía decírselo? En ese momento, yo pensaba en el larguísimo viaje que nos esperaba de Torredonjimeno (Jaén) a Zaragoza, aquel día desapacible y aciago de lluvia, viento y nieve.
Salimos hacia Zaragoza en cuatro coches. Yo viajaba con mi padre y con una de mis hermanas. En el camino, tuvimos que parar a llenar el depósito y aprovechamos para entrar en el aseo de uno de los bares de la carretera. En la televisión estaban dando más noticias y recuerdo que dijeron que habían muerto dos niñas gemelas. Mis sobrinas.
Recuerdo aquella televisión, pero no consigo recordar quién había entrado conmigo en aquel bar. Sólo sé que decidimos no decírselo a los demás y no poner la radio, decidimos tragarnos la pena y ocultar aquella noticia hasta que llegáramos a Zaragoza. Tuve que aguantarme las lágrimas cuando mi madre me preguntó si sabía algo más. «Todavía no», le dije, reprimiendo la tentación de derrumbarme.
Fueron muchísimas horas de un viaje fúnebre y angustioso. Las carreteras no eran, por aquel entonces, lo que son hoy, ni los coches tampoco. No llegamos a nuestro destino hasta las seis de la tarde. Ya había anochecido cuando hicimos nuestra entrada en Zaragoza.
Nos dirigimos hacia el cuartel. Al ver los escombros a los que había quedado reducido, me vine abajo y me eché a llorar. Toda la pena reprimida durante el viaje salió a borbotones al ver aquel horror. Recuerdo que se acercó a mí la madre de un amigo mío, que vivía enfrente del cuartel, y me dijo que mi hermano había muerto. Aquello fue un auténtico mazazo. Yo sabía que era imposible salir vivo de aquellos escombros, pero conservaba la esperanza de que mi hermano hubiera sobrevivido. Y aquella última esperanza se desvanecía definitivamente. Mi madre se acercó a preguntarme:
-¿Qué te ha dicho de tu hermano?
-Nada, me ha dicho que no saben nada.
Miré a mi madre, en cuyos ojos se reflejaba la torturada incertidumbre que en esos momentos embargaba su corazón. Yo quería protegerla, quería retardar lo más posible la noticia de la muerte de su hijo y de sus nietas, quería que fuera haciéndose a la idea poco a poco. O quizá pretendía tan sólo ganar algo de tiempo, retrasar, aunque fuera unos minutos, aquel dolor inevitable, aque-llas palabras que me negaba a pronunciar: «Han muerto, mamá. Los han matado».
Pero la desesperación de mi madre iba en aumento ante la incertidumbre y la falta de información. Su figura se me antojó frágil como nunca entre aquellos escombros en los que ella ya intuía que su hijo había perdido la vida.
La Guardia Civil nos trasladó a todos en un autobús hasta el cuartel situado en la Puerta del Carmen de Zaragoza. Nos alojaron en varios despachos y quedamos a la espera de alguna noticia oficial. Fue así como nos confirmaron que habían muerto mis dos sobrinas gemelas, Miriam y Esther, con tan sólo tres años, y mi hermano Angel. Dios quiso, sin embargo, que mi hermana y mi cuñado, los padres de mis sobrinas, sobrevivieran.
Desde el momento en que nos comunicaron que estaban vivos, mi única obsesión era ver a mi hermana y a mi cuñado y poder abrazarlos. Nos dijeron que habían sido recogidos por unos amigos suyos, Angel y María Jesús, a quienes nunca podremos agradecer su solidaridad en aquellos momentos. Nos dirigimos de inmediato a su casa y allí estaban mi hermana y su marido. Nos abrazamos en silencio, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón inundado de dolor.
«Una rebelión cívica», memorias de Francisco José Alcaraz, presidente de la AVT, sale a la venta el martes bajo el sello La Esfera de los Libros.
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