Vaya, pues tenía yo pensado un artículo bonito. Aprovechando el final de la película Chinatown, quería hablar sobre una relación sentimental, que acaba mal, como se tiene que acabar, y para colmo de la misma manera que la última vez y en el mismo sitio en donde al protagonista le jodieron la vida por vez primera (toda persona experimentada sabe que a uno le joden la vida en más de una ocasión).
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Mientras tanto, entre bambalinas, Desiderio López Moscatino, proyecto de actor en la teleserie de humor “Los Marrano”, se ponía los boxer diseñados por Petronila Pestes junto a cinco compañeros más, todos modelos de pasarela y asiduos visitantes de gimnasios tapizados. Al grito de “¡Ar!”, lanzado por Petronila la diseñadora, todos los modelos introdujeron dentro de sus calzoncillos una lata de Pesti-cola de veinte mililitros para marcar paquete, y se dispusieron en fila uno tras otro, esperando que comenzara la canción que les daría pie para entrar en el desfile.
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Casualmente, la muerte de Naomi coincidió con la primera noticia que se tuvo de Margarita, tras su desaparición tres años atrás. La revista de cotilleo “El paparazzi indecente”, informó a sus lectores de que había conseguido localizar a Margarita, la antaño gran modista, en un taller clandestino de manofacturas chinas, junto a otras trescientas mujeres que a lo largo de toda la madrugada se dedicaban a hacer réplicas ilegales de ropas de marca con máquinas de coser anticuadas. Sólo las daban de comer sopa de tiburón fría y, al amanecer, las trasladaban a una nave industrial provista con cientos de colchones desvencijados. Según una de sus compañeras entrevistadas, María Luisa Zedong, Margarita se cubría con un velo durante el trabajo, para disimular las decenas de agujas de coser que aún llevaba clavadas en su rostro; con el tiempo, contaba la sin papeles china, la espalda de Margarita se curvó por el duro esfuerzo, y fue apareciendo en su espalda una chepa del tamaño del Anapurna. Hasta que un día, Margarita desapareció, hecho que entristeció profundamente a los explotadores y comerciantes humanos de los clanes mafiosos orientales llamados tríadas, que habían acabado cogiéndola cariño.
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Había una vez, una bella muchachita llamada Margarita. Era objeto de devoción de sus padres, que la adoraban, al igual que sus tíos y primos, no sólo por su tez fina y sus ojos verdes, sino por la pureza de su alma y su proceder ingenuo. Todo lo contrario a lo que sentían los pederastas por Margarita, al cruzárselos por la calle; al igual que los obreros de la construcción, que también eran pederastas, y los productores de programas de cantantes infantiles, que eran mucho peor que todos los pederastas reunidos.
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¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! Uy, uy, je, je, je...¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju, je, ji, ji! Ja, ja, ja, je, je...Uy, uy, ¡ja, ja, ja, ja, jaaaaa! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Ji, ji, ji, ji....me meo, ja, ja, ja, ja...¡Qué risa, Maria Luisa! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ji, ji, ji, ji! Je, je, ji, ji, ju, ju, ju, ju...Vaya, vaya, bocadillo de caballa, ¡ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja me maten, ja, ja, ja, ja! Me troncho, me troncho, ja, ja, ja, ja, ji, ji,ji, ju...¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! No puedo mas...¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ji, ji, ji, ji, ji,
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(Ring).
- Dígame.
- Buenas tardes Sr. Oleguer, soy Honorato, el portero. ¿Tiene usted vidrio, papel, plástico o cartón para reciclar?
- Lo que tengo es a tu puta madre.
- Sr. Oleguer, le tengo dicho que no se pase así conmigo, que un día la vamos a tener gorda.
- ¿Qué te he dicho yo a ti, eh? Que yo no reciclo, que me suda la poya el reciclaje. ¿Para qué me molestas entonces? ¿Qué hacen todas esas miles de personas en paro? ¿No podrían ponerlas a reciclar en vez de hacernos responsables de ese trabajo?
- Mire, Sr. Oleguer, yo no tengo por qué ponerme a discutir con usted...
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Gritó Pablo Sebastián al fotógrafo.
Como era anglosajón, el fotógrafo hizo como que no entendía: “¡Guachi mai!”- dijo a los dos mil cuerpos desnudos que observaba a través del visor de su cámara-.
“Sacúdetela un poquito”-le dijo a Pablo Sebastián su compañero en la pose-. “¿Qué ha dicho?”- preguntó a la chica de las tetas de alcachofa que tenía al lado. “Que cambiemos a la siguiente postura”.
La siguiente postura era una flexión hacia delante, apoyando la rodilla en el hombro del compañero de atrás, lo cual le daba una inmejorable perspectiva de tu bolsa testicular.
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Me pone a morir. Cada vez que viene alguien con su perorata, debes hacer esto o lo otro, me pongo a morir.
En el trabajo tengo un aguante superior. Allí te pagan a final de mes por hacer cosas como soportar órdenes sin rechistar. Debería aparecer en la nómina, bajo plus de trasporte y dietas, algo así como “plus de la paciencia del santo Job”.
Así que al margen del curro no paso ni una. Cierto talante diplomático me permite no mentar a los familiares del impositor, intento no enfrentarme directamente con un giro oblicuo que, a la par, deje bien sentado que en la próxima ocasión no seré tan benevolente. Pero en ocasiones reviento, no puedo más y....
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