El fruto de la pasión.
03.04.07 @ 08:01:01. Archivado en Hechos insólitos.
Acabó siendo una piña. No es que se llevaran tan bien como un equipo de natación sincronizada. Trato de aclarar que la piña fue el verdadero, físico y único fruto de su pasión desbordada por los bordes de la cama.
El se llamaba Candil; ella Ursula. Se conocieron en una fonoteca pública, sección de maestros rusos deprimidos. Ella buscaba a Pedro y el lobo, y él el Monte pelado de Rimski-Korsakov. Se interpuso en medio, durante varios minutos, un tipo calvo con gafas redondas que silbaba constantemente el último movimiento de Alexander Nevsky. El tema terminó convirtiéndose en su melodía de amor, recordada en el mutuo fonógrafo cerebral cuando pasaban más de cuarenta y ocho horas separados, y apretaban sus ropas contra la carne el deseo y la ausencia.
Contra lo que cabe esperar, su relación no fue intensamente intelectual, ni musical, ni pudorosa. La primera vez que se tocaron, completamente desnudos, Candil soportaba a Ursula hincada en sus caderas sobre el alfeizar de la ventana de su apartamento en los rascacielos “Todopoderosos”. Más tarde lo hicieron sobre el telefonillo del portero automático; dentro del lavaplatos; entre las cuerdas de su tendedero giratorio, untados de mermelada de jamón...No se dieron tregua durante meses.
Pero pasó el tiempo, y una mañana de abril Candil estiró el brazo para comprobar la textura de la cadera de su amante. Abrió los ojos extrañado al habérsele parecido Ursula el aparador de madera del recibidor. Y es que Ursula había amanecido completamente cambiada; se había transformado en una planta de piña, una especie de palmera de metro sesenta y cinco de altura.
De nuevo, contra lo que cabe pensar, aquél incidente no cambió excesivamente sus vidas, excepto en lo que concierne a su relación sexual, que de hecho fue tan completamente distinta que no cabe en este relato detallarla. Ursula aprovechó su nueva figura para pasarse el día tomando el sol y para exhibir coquetamente su brochado de ramas tropicales como un sombrero parisiense. Candil, por su parte, decidió aprovechar los frutos de su amada para montar una empresa de conservas de piña en almíbar. El negocio, en tres navidades se aupó a los primeros puestos de ventas, y con el afán de diversificarlo, Candil soñaba íntimamente con que alguna mañana su amante se hubiese convertido en un melocotonero.
Pero esto, lógicamente, no ocurrió, sino que una mañana sin mayor explicación Ursula volvió a sus formas humanas anteriores, disgustando enormemente a Candil. Discutieron, se tocaron, pero ya no se deseaban, algo había cambiado. Ursula hizo sus maletas. Con lágrimas en los ojos le dijo a su amante: “Me has utilizado”, y se marchó de la casa. No volvieron a verse el pelo.
La empresa de conservas de piña en almíbar quebró. Candil desapareció de la primera plana mercantil, y regresó a la fonoteca simulando interés por Murssorgsky, esperando volver a encontrar a Ursula en la sección de maestros rusos deprimidos. Ursula conoció a otro joven allí mismo, pero en “maestros del folcklore céltico escandinavo”. El mozuelo era rubio y media dos metros y medio, y una mañana encontró a Ursula convertida en una tienda de quesos delicatessen. Pero esto, ya es otra historia...
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...les faltó probar sobre el pararayos, en plena tormenta eléctrica...se hubieran unido para siempre en un delicioso souflle...fruto de la pasión!!
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Juan José Aparicio
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