Quasimoda III.
16.03.07 @ 12:14:53. Archivado en Autoagresividad sostenible
Mientras tanto, entre bambalinas, Desiderio López Moscatino, proyecto de actor en la teleserie de humor “Los Marrano”, se ponía los boxer diseñados por Petronila Pestes junto a cinco compañeros más, todos modelos de pasarela y asiduos visitantes de gimnasios tapizados. Al grito de “¡Ar!”, lanzado por Petronila la diseñadora, todos los modelos introdujeron dentro de sus calzoncillos una lata de Pesti-cola de veinte mililitros para marcar paquete, y se dispusieron en fila uno tras otro, esperando que comenzara la canción que les daría pie para entrar en el desfile.
A través de los altavoces instalados en el abarrotado teatro, se escucharon los primeros compases de una famosa canción, compuesta por el barítono centroamericano de fama mundial, Mariano Luis José, titulada “Tengo la camisa negra de arrastrarme por el mundo”. Los modelos comenzaron a salir a la pasarela. En último lugar lo hizo Desiderio López Moscatino, entre los gritos de fervor de las asistentas y las miradas mosqueadas de los esposos de éstas. Fue el momento elegido por Margarita “Quasimoda” para apartarse hacia el único lugar solitario del segundo anfiteatro, justo al lado de una enorme columna rococó. Allí cargó su rifle, miró a su alrededor, y tras asegurarse de que no era observada por nadie, apoyó la culata en su hombro derecho.
Bamboleando las caderas como una maraca, el primero de los modelos llegó al extremo de la pasarela. Allí se paró, miró hacia las cámaras, sonrió como si tuviera dos anzuelos elásticos en la comisura de la boca y agitó las piernas, haciendo desgallitarse con este gesto a las señoras de enfrente, que le hubieran tirado gustosas veinte euros si con ello conseguían verle la lata de Pesti-cola. Inmediatamente se dio la vuelta, y comenzó a golpearse los cachetes con ambas manos, en un gesto que a las señoras de enfrente les pareció impúdico. Y fue en ese mismo instante cuando su cabeza saltó por los aires, y sus sesos se esparcieron veinte metros a la redonda. Lo mismo ocurrió con el compañero que le seguía en la exhibición.
El público comenzó a gritar asustado. El martilleo automático del rifle de Margarita estaba haciendo estragos. De su boca salían ráfagas de furia y humo. El patio de butacas ya era un amasijo humano desesperado por huir de la masacre, cuando los otros dos modelos yacían también muertos en la pista. En cambio, Desiderio López Moscatino había conseguido saltar al patio de butacas, agazapado bajo la pasarela, desde donde pudo ver a Margarita disparando su arma mortífera. Comenzó a gatear por el pasillo central, esquivando las balas y a la muchedumbre, con el afán de lograr subir a terminar con aquella carnicería.
A la vez que Desiderio, Rosendo Pan Bendito, el segurita del teatro, también había logrado localizar la procedencia de los disparos, y armado con su revolver, se dirigió al segundo anfiteatro en busca de Margarita. Terminó de subir las escaleras y se encontró, frente a frente con la homicida, que en ese instante intentaba cargar de nuevo su arma. Rosendo Pan Bendito gritó: “Tire inmediatamente ese rifle y levante las manos”. Margarita accedió, pero aún así, Rosendo disparó todas las balas de su pistola sobre el cuerpo de Margarita, a bocajarro, porque Rosendo había conseguido la licencia de armas en una rifa y estaba completamente loco.
Detrás de él, se escuchó a Desiderio López gritar “¡No!. Pero ya era demasiado tarde. Se acercó al cuerpo de Margarita, a la que aún le quedaba un leve estertor. Miró su rostro, ultrajado por las agujas de coser y envejecido por la falta de salud. Arrastró el brazo por debajo del cuerpo de Margarita, agarró su chepa y la miró profundamente a los ojos. Margarita lo miraba dulcemente, como si nunca hubiera roto un plato ni la cabeza a varios modelos de pasarela. Tenía una mirada preciosa, sus ojos verdes resplandecían bajo los focos del teatro, como otrora lo habían hecho en su infancia, cuando aún no conocía el mundo de la moda; parecían pedirle perdón. Desiderio se inclinó sobre ella y la besó dulcemente, hasta que sus ojos se cerraron por completo.
Y colorín colorado, él comió perdices y otras aves; y a ella se la comieron los gusanos.
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Juan José Aparicio
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