Quasimoda II.
14.03.07 @ 12:11:31. Archivado en Autoagresividad sostenible
Casualmente, la muerte de Naomi coincidió con la primera noticia que se tuvo de Margarita, tras su desaparición tres años atrás. La revista de cotilleo “El paparazzi indecente”, informó a sus lectores de que había conseguido localizar a Margarita, la antaño gran modista, en un taller clandestino de manofacturas chinas, junto a otras trescientas mujeres que a lo largo de toda la madrugada se dedicaban a hacer réplicas ilegales de ropas de marca con máquinas de coser anticuadas. Sólo las daban de comer sopa de tiburón fría y, al amanecer, las trasladaban a una nave industrial provista con cientos de colchones desvencijados. Según una de sus compañeras entrevistadas, María Luisa Zedong, Margarita se cubría con un velo durante el trabajo, para disimular las decenas de agujas de coser que aún llevaba clavadas en su rostro; con el tiempo, contaba la sin papeles china, la espalda de Margarita se curvó por el duro esfuerzo, y fue apareciendo en su espalda una chepa del tamaño del Anapurna. Hasta que un día, Margarita desapareció, hecho que entristeció profundamente a los explotadores y comerciantes humanos de los clanes mafiosos orientales llamados tríadas, que habían acabado cogiéndola cariño.
Y debió ser por estas fechas, según testimonio del párroco de la catedral de la Micaela, Monseñor Tarambaina, cuando Margarita pidió asilo en su comunidad: “Tenía un enorme bulto en la espalda. Podríamos decir que era casi deforme, como salida de una película de terror. Tenia la mitad de la cara paralizada, y como recubierta de un metal oxidado. Sin embargo, la otra parte de su rostro era límpido como el de Nuestra Señora, cargado de ternura; por eso la acogimos en nuestra comunidad. Por eso y porque no hubiera podido ganarse la vida ni como prostituta en la Casa de Campo. Una pena”.
Margarita comenzó a prestar sus servicios en la comunidad católica. Limpiaba las vidrieras, los suelos y las manillas. Y, cuando tenía un rato libre, gustaba de subirse a lo más alto de la catedral. Se sentaba sobre la gárgola mayor, encima de la nave central, se encendía un cigarro, y desde allí veía entrar a misa a aquellas señoras con sombreros desajustados, faldas plisadas mal confeccionadas, chaquetillas tres cuartos desconjuntadas...Todo ello enervaba a Margarita, recargaba su odio y desprecio hacia aquella sociedad mediocre, despreocupada y sin estilo. Ella pensaba que podría hacerlo mucho mejor. Pero entonces resbalaban las lágrimas por entre las agujas de sus pómulos como una bola de acero en una máquina flipper. Porque ella ya no era bella, daba miedo mirarla. Las demás eran tersas y sanas, delgadas y altas, mientras ella era cheposa y agria. Nadie volvería a mirarla con deseo, ni se pondría nunca un vestido confeccionado por ella.
Margarita, a su pesar, comenzó a ser conocida en el barrio. Los niños de la escuela adyacente comenzaron a llamarla “Quasimoda”, mientras le tiraban piedras y hacían fotos con sus teléfonos móviles. Margarita nunca les regañaba, ni hacía evidente su frustración, pero en su fuero interno continuaba alimentando el rencor y el desprecio por la sociedad.
Y este odio acumulado llegó a su punto culminante el dieciocho de mayo, día internacional del modelo masculino de pasarela. Conmemorando la efeméride, la diputación había organizado un pase en el centro de la ciudad, dentro del teatro Asunción, al que podría asistir gratuitamente todo aquél que lo deseara. Y allí se presentó Margarita “Quasimoda” con un rifle de asalto AK-47, que llevaba escondido bajo su destartalado gabán. Se posicionó en el segundo anfiteatro, y esperó a que comenzara la fiesta.
(Continuará y finalizará el Viernes).
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Juan José Aparicio
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