Madrid años veinte.
19.02.07 @ 07:59:01. Archivado en Pitillos
El pequeño Timmy corría hacia la calle Barquillo desde la cercana parada de metro; acababa de terminar su reparto de periódicos gratuitos. A toda prisa bajó las escaleras que daban acceso al subsuelo del portal número nueve, llamó con sus nudillos a la puerta: tres golpes, un espacio, y otros dos golpes, ésa era la clave secreta.
Abrió la puerta Mc Murrigan, con semblante nervioso. “Tengo que hablar con Lester, es urgente”-dijo el pequeño Timmy-. El gigantón cacereño terminó de abrir los postigos y lo dejó pasar.
Siguió corriendo camino del despacho. Esquivó la mesa de billar, el piano, y se paró delante de la puerta del jefe de la organización. Con la bocamanga de la camisa secó el sudor de la frente, mesó su pelo enredado, y llamó a la puerta.
Lester le hizo pasar. Estaba como siempre, sentado tras la mesa de su despacho, con las botas de fieltro apoyadas sobre dos botellas vacías de Marqués de Cáceres. Acariciaba, apoyado en su antebrazo izquierdo, a Bugsy Siegel, su camaleón, que intentaba inútilmente adoptar el color azul y rosa de la camisa de cuadros.
“Lester”-dijo el pequeño Timmy-, “traigo noticias frescas. El ministerio de guerra y sanidad acaba de prohibir el uso de mondadientes a los menores de dieciséis años”. “Malditos hijos de puta”-respondió Lester contrariado-. Al escuchar la voz de su amo, Bugsy Siegel, el camaleón, se puso de color verde. “Según dicen”-continuó Timmy-, “la ministra asegura que todos los pinchos de los bares se articulan mediante mondadientes”.
“¿No les bastaba con prohibir los pinchos en los bares, por inducir a tomar vino, y luego mas vino, para acabar atracando viejas en el super ?”- se preguntó Lester mientras acariciaba la cicatriz de su mejilla-. “Habrá que hacer algo con esto de los mondadientes. Vete a la casa de la Máma Francisquita. Le dices que para mañana necesitamos hacer otro envío de doscientos cincuenta pinchos de tortilla, y otros tantos de endibias con anchoas. Luego ve a buscar a Lucas Trapaza y Jimmy “tres dedos”, que me traigan inmediatamente las cuarenta cajas de vino Somontano y las treinta y dos de Montilla-Moriles. Esta noche tenemos que embarcarlo todo para La Coruña”. Ahora vete, y cuando salgas, dile a Mc Murrigan que venga a verme”.
El pequeño Timmy salió disparado. Instantes después, entró en el despacho el gigantón Mc Murrigan: “¿Qué quiere, jefe?”. “¿Están preparadas las pateras de marroquíes para el envío de esta noche?”-preguntó Lester-. “Sí, jefe, todo listo. Pero no podremos llevar el envío hasta Cádiz por la autovía de Andalucía, está cortada por obras. Habrá que coger la radial 45, luego la 56, más tarde entrar en la de Valencia y así...”. “Me importa un carajo cómo lo hagáis”.- interrumpió Lester-. “Pero mañana por la noche esas botellas tienen que estar en La Coruña”. “¿Usted nos acompañará, jefe?”- preguntó Mc Murrigan con cara de idiota-. “No amigo Mac; mi más fiel amigo. Esta noche tengo que hablar de negocios con la banda de Nick Carusso, alias “Valdepeñas”, en su tugurio de los sótanos de Goya. Me ha prometido dos botellas de Chateau Latour del 72 si le dejo operar en Vallecas con sus caldos y sus pinchos de berenjenas. Después bailaremos el fox-trot con unas gatitas”. “Usted sí que sabe, jefe”-dijo Mc Murrigan con sonrisa igual de idiota que antes-. “Ya te digo”-contestó Lester-.
Apoyó entonces a Bugsy Siegel, su camaleón, sobre una de las botellas de Marqués de Cáceres que reposaban vacías sobre la mesa. El camaleón, lentamente, adquirió un color cereza silvestre, cristalino, que matizó poco después a un rojo intenso semejante a la picota. Una mosca perdida, atraída por el intenso color frutal del reptil, se acercó demasiado. Bugsy Siegel lanzó su pegajosa lengua como una flecha y atrapó al insecto; lo tragó sin masticar, y empezó a mirar hacia todos lados con sus ojos descoordinados, como si acabara de contar un chiste.
“¡Qué gracioso!, yo diría que ha tomado un matiz borgoña”-dijo Mc Murrigan-. Lester lo miró; después volvió su vista hacia el animal, y, tras un momento de indecisión, ambos se echaron a reír con estruendo.
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