El blog de Rosa María Rodríguez Magda

En defensa de la filosofía

10.12.12 | 13:24. Archivado en Autor, Sociedad, política

Parece que el ministro Wert en su proyecto de LOMCE pretende reducir la asignatura de Filosofía al mínimo. Desaparece la Ética de 4º de la ESO, la Historia de la filosofía de segundo de bachillerato pasa a ser optativa, y aunque se da la posibilidad de que alguna otra filosofía pueda elegirse optativamente, lo cierto es que solo queda como obligatoria la Filosofía de primero de bachillerato con tres –¡o dos!– horas semanales.
Ello implica de facto conceptuar la Filosofía como una maría, esto es, como una de esas disciplinas de relleno, sin apenas valor curricular y consideradas intercambiables o prescindibles, un aditamento a la realmente importante formación troncal.
El problema no es una mera pelea por las horas, sino la simpleza intelectual que se trasluce, la pedestre visión educativa, que, para más INRI, pretende mostrarse como paradigma de eficacia y modernización.
No voy a entrar aquí en la defensa generalizada de las Humanidades. Si alguien no entiende su necesidad, será imposible explicárselo; como dice el saber popular, es vano “echar margaritas a los cerdos”, pues “no se hizo la miel para boca de asno”.
Simplifiquemos pues un poco el asunto y dediquémonos exclusivamente a la Filosofía.
Se piensa la educación como un mero adiestrarse en habilidades: matemáticas, pues al fin la economía va a regir nuestras vidas; ciencias, con ese ingenuo entusiasmo por su neutralidad; lengua, dado que sigue quedando feo escribir con faltas de ortografía, e inglés, que es el idioma internacional; y, por supuesto, mucho manejo de las nuevas tecnologías. Nada que objetar a que nuestros jóvenes se formen en estas disciplinas, pero sí a la obtusa visión de que con ello obtendremos generaciones competitivas, profesionales eficientes (¿?) que funcionen en empresas de manera polivalente, y, añado yo, sin cuestionarse nunca el porqué de sus cometidos.
Pues a preguntarse el porqué, a tener una actitud crítica, a establecer valoraciones propias y opciones personales, a eso solo se llega ejercitándose y aprendiendo, y usted, Sr. Wert, y cualquiera que componga su equipo, van a impedir que nuestros estudiantes tengan los conocimientos y las herramientas para ello. La filosofía no es una disciplina vetusta que estudia las elucubraciones metafísicas de muertos célebres, sino la suma de las reflexiones de todos aquellos que emprendieron el reto del más arriesgado desafío racional: comprender quiénes somos, cómo es el mundo que nos rodea, cuáles son las normas que deben regir nuestras acciones. Como resulta un tópico recordar –aunque dentro de poco ya nadie lo habrá estudiado gracias a ustedes– Kant resumía la tarea de la filosofía en intentar responder a las siguientes cuestiones: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, las cuales, unidas, nos acercarían a la cuestión nodal: ¿qué es el ser humano?
Pero de una manera, quizás menos grandilocuente, la filosofía, en la actualidad, suele tener una perspectiva más hermenéutica, de desentrañamiento de los discursos, de todo aquello que se nos dice con pretensión de verdad, cuando ha tiempo que descubrimos que todo es interpretación, y aprendimos, con la filosofía de la sospecha, que las grandes proclamas encubren intereses económicos (Marx), opciones valorativas (Nietzsche) o pulsiones inconscientes (Freud). Y así, estudiando a quienes desvelan las trampas de los lenguajes, intentan pensar nuevas salidas a las crisis sociales, radiografiar conceptualmente el presente, y así, repito, estudiándolos, todos nos hacemos un poco más inteligentes, más perspicaces, más críticos.
Por eso es importante la filosofía, porque las cosas no simplemente están ahí, caídas de un guindo. Hace falta adiestrarse en no ser un ingenuo, ni un patán, y si todos los ámbitos del saber contribuyen a desasnarnos, y cada uno tiene su aportación específica, la única disciplina que posee esa peculiaridad de ponerse siempre algo más atrás de lo que incluso ella dice, actuando un poco como mosca cojonera, es la filosofía. Evidentemente, sin este pertinaz insecto, los mulos hacen más tranquilos su equina labor, pero no se trata de esto, ¿no? ¿O sí?


Agustín García Calvo. In memoriam.

02.11.12 | 11:28. Archivado en Autor, Sociedad

Ayer, 1 de noviembre de 2012, día de difuntos, leí en el ABC – de momento era el único periódico que se hacía eco- la noticia de la muerte de Agustín García Calvo. Insertaban una foto en la que miraba de frente al lector, con su atuendo característico, un estilo hippie que adquirió en sus años de exilio en Francia, cuando en el 1965, el régimen franquista le retiró su cátedra, junto a Tierno Galván y Aranguren, tras los disturbios estudiantiles. Pelo canoso alborotado, barba descuidada, camisola abierta de anchas mangas y collares sobre el pecho.
Hacía mucho tiempo que no sabía de él, pero de repente su presencia – ausencia ya definitiva- me retrotrajo al tiempo en el que lo conocí, y a todo lo que representó para mí en aquella época. Tenía yo diecinueve años y cursaba tercero de filosofía. No recuerdo si el primer contacto se debió a escucharlo en alguna conferencia o al leer sus libros. El caso es que su pensamiento caló hondo en mí y configuró el horizonte en el que mis inquietudes se desenvolvieron durante varios años. Su crítica al Estado, a la ciencia, al saber como cárcel, al afán definidor e identitario como cumplimiento de la muerte… fueron para mí revelaciones incontestables, que abrían no un campo de certezas, sino el impulso de indagar más allá del camino trillado de los tópicos. Pensar de otra manera, fuera de la falsilla científico-técnica, de la prepotencia filosófico academicista, rastrear la apertura al no saber, y todo ello con la justeza de un latinista y un aire fresco libertario y anticonvencional.
Lo recuerdo en su casa de la calle del desengaño – nunca una mejor denominación para su cotidiano quehacer. En sus charlas en un café de Malasaña, ante un auditorio heterogéneo: estudiantes, escritores, marginales…, a las que también asistía Leopoldo María Panero, que en su efervescencia esquizofrénico-etílica, siempre acababa montando un número. En su departamento de la facultad, junto a Isabel Escudero…
Creo que fue la última persona a la que admiré, con ese sentimiento infantil-adolescente, del que la madurez y el amor propio acaba por separarnos. Siempre que iba a Madrid lo visitaba, también nos carteamos, e incluso, en una época de especial desencanto me ofreció pasar unos días en su casa de Zamora, viaje que no llegué a realizar pues mi escaso pecunio no me lo permitía.
Con él aprendí la diferencia entre la vida y el lenguaje, y cómo éste era incapaz de captar aquella, sin convertirla en un quieto cadáver, que ya tenía grabado el cumplimiento de la muerte. Escapar del Todo, que se reproduce en los individuos, del Ser que es, y que lleva inscrito su destino ontoteológico. Lo recuerdo mostrando todo ello con su efectista didáctica de viejo profesor. Escribiendo la pizarra la frase: “la cigüeña pasa por el cielo”. A continuación volviéndose y subrayando “por el cielo”, tomarse su tiempo mientras nos miraba y señalaba las palabras que con tiza acaba de resaltar, devolviéndoles su materialidad gráfica. Concluyendo “por el cielo” no pasa nada. Porque efectivamente el sujeto y el verbo ocupaban otro espacio en la línea, estaban más allá, y más allá todavía, el vuelo real de la cigüeña, su aleteo, su desplazamiento por una atmosfera solo referida. El signo trazado no incluía el movimiento que pretendía describir. Todos estábamos aquí, con las palabras; la realidad, ajena y moviente quedaba fuera, más allá, libre, frente a nuestros torpes garabatos. Los conceptos construían una cárcel de certezas que yugulaban la vida. El saber debía ser una puerta abierta no una clausura, no una historiografía. Porque, recordaba: “No es lo mismo leer a Kant, que leer lo que dice Kant”, en un caso había academicismo escolástico, en el otro un enfrentarse con problemas, avanzando en su comprensión o su estupor. No era el suyo un escepticismo negativo, sino genésico. Por ello frente a las afirmaciones rotundas, él prefería el “quizás”, el “tal vez”…
Despreciaba la poesía de verso libre, y componía, retornando a los clásico, con exquisito cuido por el ritmo, por la secuencia áurea de dáctilos y espondeos. Sus ojos miopes transmitían el brillo de la inteligencia y el matiz. Le gustaba, qué duda cabe, ser escuchado, pero a su vez él escuchaba también y replicaba con un cercano afecto.
Quizás uno de los momentos más impactantes y que me demostró la diferencia entre la buena prosa, la verdadera literatura y la palabrería fútil, tuvo lugar, cuando departíamos con él en un café. Habíamos ido a verle a Madrid, Joaquín Calomarde, José Vicente Selma y yo, que en esos momentos llevábamos la revista Laberinto del pensar. Él nos había presentado a los otros contertulios como los amigos valencianos. Al rato de estar charlando, entró en el café un hombre mayor, vestido descuidadamente, con un jersey grande y gastado. Se acercó a la mesa, Agustín lo saludó, como si le conociera desde hace mucho. El hombre le dejó unos papeles, quizás una plaquette rudimentariamente impresa, cruzó apenas unas palabras, y se marchó con aire ausente o huidizo. Los papeles quedaron sobre la mesa. Nosotros, jóvenes escritores, que contábamos con esa gloria futura, de la que solo teníamos el anhelo y quizás la petulancia, pensamos: pobre tipo, un viejo que se cree escritor, otro fracasado más. Al rato Agustín cogió el texto y dijo: “Vamos a ver lo que nos ha dejado Rafaelito”. Ese diminutivo y el hecho de que hubiera tardado en ocuparse de él, nos confirmaron en nuestra presunción de la insignificancia del tipo. Agustín leyó el relato. Conforme lo hacía se nos mostraba una prosa magnífica, de sólido castellano y hondura de contenido. El texto era excelente. Al concluir se hizo ese silencio que ocurre cuando uno resulta sobrecogido por la emoción estética. Apenas saliendo del asombro pregunté: ¿Pero quién es este Refaelito?, Agustín respondió: Rafaelito, Rafael Sánchez Ferlosio. No sé si fue más fuerte el sentimiento de bochorno por nuestras secretas y erradas suposiciones, o la alegría de comprobar que, por encima de reconocimientos reales o ficticios, la calidad, la magia de las palabras, no es tópico sino un mazazo de realidad.
Posteriormente, sobre todo a través de Carmen Martín Gaite, que fue una buena amiga, conocí más detalles de aquellos tres jóvenes estudiantes de Salamanca y Madrid: Agustín, Rafael y Carmen, que estaban destinados a convertirse en nombres señeros de nuestra cultura.
Querido Agustín, efectivamente la muerte nos mata, y es que nuestras arterias, nuestras vísceras, son signos también de una escritura perentoria. Llega el destino y pone punto final. No hay suma, ni moraleja, ni conclusión, pero quizás, tú lo escribiste: “El no saber es toda nuestra esperanza”.


Televisiones islámicas

20.12.11 | 13:46. Archivado en Autor, Sociedad

Dos televisiones islámicas comienzan ya a emitir en español: la saudí Córdoba Televisión y la iraní Hispan TV, curiosamente procedentes de dos países conocidos por su libertad de prensa, de opinión, el respeto a los derechos humanos y su sistema democrático. Por lo visto, sólo el criterio económico prima frente a la ética cuando se trata de negocios. ¿O lo hacemos por aquello de la “Alianza de Civilizaciones”, del conocimiento mutuo entre culturas?
No hace mucho Tele 5 fue penalizada por pagar la intervención de la madre del Cuco, encausado en la desaparición y muerte de Marta del Castillo. El historiador David Irving fue encarcelado por defender en sus libros la inexistencia de las cámaras de gas en Auschwitz. En tiempos, se aisló a Sudáfrica por mantener el apartheid, y constantemente se reclama el boicot a Israel por su política en los territorios palestinos.
Pues bien, entre otras lindezas, ambos países, promotores de las nuevas cadenas, practican sin pudor el apartheid de género; el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, es un contumaz negador del holocausto; los cristianos son perseguidos en ambos regímenes; la libertad de pensamiento es considerada blasfemia; y la libertad de creencia, apostasía. ¿De verdad creen ustedes que esas dos interpretaciones rigoristas y teocráticas son las mejores cartas de presentación del islam en Occidente? ¿Representa su integrismo el sentir de su religión de los musulmanes en España, en su mayoría marroquíes, tunecinos, paquistaníes… o a los conversos españoles, en general sufíes o heterodoxos? Cuando, además, buena parte de sus costumbres y comportamientos como musulmanes moderados e integrados serían sospechosos o claramente recusados en Arabia Saudí e Irán.
No estoy en a favor de la censura, pero la libertad de opinión es un pacto recíproco, si en virtud de ella permitimos la circulación de mensajes que no la respetan, únicamente estamos socavándola. Si un pastor protestante, un sacerdote católico, un activista gay o una feminista laica no pueden difundir sus ideas en canales de televisión saudíes o iraníes no veo en base a qué pervertida noción de tolerancia aceptamos que ellos lo hagan aquí. Lo sabían los marxistas: los aparatos ideológicos del Estado son las mejores armas para crear masas alienadas y manipuladas. Frente a los pensamientos únicos, sólo cabe la diversidad, pero una diversidad amplia, que acepte las voces de todos, y en esas cadenas, me temo, no van a estar las voces de sus disidentes, de los encarcelados, de quienes han tenido que huir asfixiados por el fanatismo, y desde luego no estarán la de los ajusticiados por esos regímenes totalitarios.
Los radicales de Oriente Medio desprecian a Occidente porque lo consideran un sistema enfermo, pervertido, sin valores… Y quizás tengan razón, porque disfrazamos nuestra pusilanimidad de tolerancia, el interés crematístico de apertura. No somos fuertes, como ellos, en sus creencias, y deberíamos serlo. Nuestros valores son: justicia, igualdad, libertad, democracia, y, siguiendo su misma coherencia, no habría de entrar en el club quien no los comparta.


Rania, el obstáculo.

02.03.11 | 22:42. Archivado en Autor, Sociedad, mujer

Leo con asombro lo que supongo no deja de ser un rumor infundado. El rey Abdalá II de Jordania estaría estudiando la posibilidad de separarse de su esposa Rania para mejorar la popularidad en su país, pues “la imagen demasiado moderna de Rania no es bien recibida por los jordanos”; a ello se unirían sus raíces palestinas. Me niego a pensar que un hombre enamorado transija en separarse de la madre de sus hijos, y no se le ocurran otras medidas para contentar a su pueblo si es que el rechazo es profundo. Pero bien, rumor o maledicencia, la noticia ha saltado a los tabloides, y lo que resulta interesante es analizar por qué tal circunstancia nos parece plausible.
Una interpretación sería la que responde al estereotipo de un mundo islámico que tolera mal el protagonismo de la mujer y las señas de una modernidad que odia como occidental. No obstante, que este estereotipo nos haga plausible el rumor no es óbice para que el estereotipo en sí sea cierto. Ahora va a resultar que el síndrome de Agripina pervive a ambos lados del Mediterráneo. Según dicho síndrome, que acabo de acuñar, un elemento decisivo en la maldad de los tiranos es la avaricia o liviandad de sus esposas, y si el autarca no es tan malo, acabar con ellas será un correctivo suficiente. Vaya por delante que Leila Trabelsi, esposa del depuesto Ben Alí, no goza de mis simpatías, así como Rania no me parece una adalid feminista. También nos enteramos de pasada que los jordanos odian a los palestinos. ¡Vaya con la umma! Pero a lo que íbamos, mal empezaría una reforma que ve como necesaria neutralizar los parcos avances en la igualdad de los sexos y la visibilidad femenina, pues si la chica gasta mucho, y eso solivianta a los desposeídos, seguro que no es la única que lo hace en la familia real, ¿o exiliada ella con su glamour a cuestas, Abdalá se sumirá en la precariedad de la chilaba única verano-invierno?, ¿de verdad que no hay más agujeros negros en la economía jordana que los modelitos y viajes de su reina? Por lo menos, Rania, mientras se pasea por el papel cuché de la prensa rosa, ha impulsado tímidos aires de apertura. Resumiendo, que, cuando hay tantas cosas que arreglar, a mí personalmente no me preocupan las mujeres de los mandatarios, sino la situación en general de las mujeres del pueblo, y el acceso del mismo a la democracia. No hagamos con nuestros rumores el caldo gordo a quienes siempre andan enredados con las faldas, los velos o las señoritas de compañía. ¡Uf, qué hartazgo!


Trasvases en la cuenca mediterránea y cambio climático

15.01.11 | 12:02. Archivado en Autor, Sociedad, trasvases

Va a resultar que los trasvases no solamente eran de justicia distributiva sino además necesarios medioambientalmente. El tema de la distribución del agua es uno de los que más fractura ha causado en la solidaridad nacional. Las comunidades autónomas, arriscadas y montaraces, al grito de: “este riachuelo es mío” han mostrado las garras del cantonalismo más roñoso. Para disfrazar la cicatera avaricia se han utilizada toda suerte de demagogias. Lo que era progresista en el plan hidrológico de 1993, propuesto por el ministro Borrell, (recuerden: ¡200 pantanos y 14 trasvases entre cuencas!), resultaba un atentado medioambiental con un proyecto mucho mas moderado como el aprobado en 2001 por el gobierno de Aznar. La derogación del trasvase del Ebro por el ejecutivo socialista en 2005, bajo el falso marchamo ecológico, proponía un tandem ahorro y desaladoras, ocultando el peligro que éstas representan para el ecosistema marino y costero, y condenando de facto a Valencia, Murcia y Almería a una desertización irreversible.
Pues bien, parece que ahora puede desfacerse tal entuerto. El Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM), dirigido por el competentísimo científico Millán Millán, ha venido desarrollando una serie de proyectos, cofinanciados por la Unión Europea, en torno a la importancia de los procesos de cambio climático en el Mediterráneo occidental. Fruto de ellos se comprueba experimentalmente la influencia de la desertización de la cuenca mediterránea en el aumento de lluvias torrenciales catastróficas en España y Europa. Cosa que evidentemente ha interesado y mucho a la UE. Todo ello requiere medidas urgentes de reforestación y riego, lo que implica la necesidad de trasvases. Y parece que en los organismos comunitarios empiezan a ver claro que es necesario rascarse el bolsillo en bien de todos, pues los actuales modelos climáticos globales no contemplan el ciclo hídrico europeo.
La desertización de la costa mediterránea viene produciendo una disminución de las tormentas estivales. Según recoge Europa press a partir de palabras del profesor Millán, al no descargar las masas de aire su humedad como precipitaciones en tierra, este vapor de agua se desplaza hacia el Mediterráneo por las capas estratificadas, donde se acumula y aumenta el efecto invernadero. Este vapor de agua, ha subrayado, tiene una capacidad para generar gas invernadero 47 veces superior al nocivo CO2. Así, la acumulación de ozono a baja altura, fruto de la actividad humana, produce un sobrecalentamiento 200 veces superior al CO2. Para Millán, esta pérdida de tormentas con la acumulación del exceso de vapor de agua sobre el Mediterráneo, bajo condiciones adecuadas, dispara las lluvias torrenciales en Centroeuropa. La recuperación del equilibrio hídrico solo es posible, según Millán, conservando el territorio, los bosques y humedales donde la situación no es irreversible y trabajar en el resto con plantaciones masivas de árboles cuya capacidad para retener CO2 solo es posible con apoyo de riegos localizados, para lo que solo hay una solución: el trasvase.

Un nuevo horizonte de esperanza se abre para las tierras de Valencia, Murcia y Almería, frente a ciertas insolidaridades norteñas. Su preservación comienza a ser un interés común, y en la Unión Europea parecen haberse dado cuenta. Agradezcamos al cálculo lo que no se obtuvo de la generosidad.


Humos de libertad

07.01.11 | 12:53. Archivado en Autor, Sociedad, tabaco

Cuando yo estudiaba COU, uno de nuestros principales logros fue conseguir que se permitiera fumar en clase. Era una forma de ganar espacios de libertad social en los últimos estertores del franquismo. Puedo rememorar toda mi carrera como una sucesión de asambleas y encierros, donde las proclamas surgían en medio del ambiente cargado por el humo de los cigarrillos. Años más tarde, el gobierno municipal socialista de mi ciudad legalizó el consumo público de hachís; aún recuerdo la alegría de las reuniones en los bares donde libremente se pasaba el canuto, sin importar la comunidad de virus y bacterias que ello podía implicar. Mi imaginario televisivo y cinematográfico guarda memoria del hombre de Malboro, el cigarrillo en la comisura de los labios de Marlon Brando, la escena repetida de los protagonistas de tantos films encendiendo un pitillo en la cama tras hacer el amor. En definitiva, mi adolescencia y primera juventud se desenvolvieron en el decorado de esa atmósfera turbia e incitante. Y creo que cuando he dejado de fumar mi vida ha sido más sana sí, pero más triste.
Convengamos en que es mejor un aire más puro, en que nadie debe ser fumador pasivo de otros, que era necesario romper toda esa iconografía que enlaza el cigarillo con la rebeldía y la seducción. Pero, una vez dicho esto: ¿nos hemos vuelto locos?, ¿no hay delito más punible que el de fumar?, ¿no existe una solución moderada que respete el derecho de todos? Hay algo enfermizo en esa compulsión por la asepsia, la furia revanchista del pogrom, la euforia autocomplacida de la delación y el linchamiento. Acorralar a individuos marcados es el santo y seña de todo totalitarismo.
Curiosamente, en la actual persecución se logra una retrógrada “alianza de civilizaciones”. A fuerza de eco-progresismo, se repite la historia del fanatismo en la que se hermanaron tres tradiciones ahora en pugna.
En 1624 el papa Urbano III ya prohibió el rapé, con la excusa de producía un cierto "éxtasis sexual". En 1633 el sultán turco Murad IV condenó a los fumadores a ajusticiamiento, confiscando sus bienes. En 1640 el zar Miguel de Rusia declaraba pecado mortal el consumo de tabaco, cortando los labios o azotando a los fumadores arrestados.
Un esfuerzo más en la razzia y reconstruiremos esta truculenta confluencia de credos.
A los nuevos cazadores de brujas, gracias. Nunca pensé que por tan poco, apenas una calada, iba a volver a sentir la libertad del proscrito, la fruición gozosa de quien está fuera de la ley, la aureola mítica del transgresor.


Algunos interrogantes sobre la crisis económica.

30.12.10 | 12:43. Archivado en Autor, Sociedad, economía

Se debaten estos días las propuestas de atraso de la edad de jubilación, se repite hasta la saciedad que, según las previsiones demográficas, no habrá en un futuro muy cercano cotizantes para pagar a los pensionistas… Yo no soy experta en economía, pero dado que las directrices económicas de los estados no han sabido prever esta crisis, ni parece que sepan muy bien cómo sacarnos de ella, me embarga un hondo escepticismo al respecto. Toda una serie de interrogantes me sumen en el estupor. Ahí van unas reflexiones, solo aparentemente ingenuas.
Un sistema basado en que cada vez haya más productores/consumidores nos encamina a la superpoblación planetaria, y dado que los recursos naturales no son infinitos podemos concluir que tal modelo no es sostenible. Luego parece que deberemos ser menos para estar mejor y optimizar los recursos evitando el despilfarro.
Sin modificar el modelo capitalista al uso, se dice que solo mejorando las expectativas de beneficios de los que más poseen, cabe esperar que éstos se animen a invertir y generar puestos de trabajo. Pero, ¿no parece moralmente sangrante que se congelen las pensiones, se reduzcan los sueldos…, en resumen: que se quite a los que tienen poco para subvencionar a los ricos con el fin de que luego podamos los muchos sobrevivir con las migajas? Ya sé que es un cuento pero ¿Robin de los bosques no hacía justamente lo contrario? Y el mismo sentido opuesto tenía la redistribución de las riquezas que han pretendido los reformadores sociales clásicos.
Si las jóvenes generaciones no encuentran trabajo ¿por qué se intenta que los que sí lo tenemos trabajemos hasta la exhausta senectud?, ¿no deberíamos, con el retiro de los mayores, dejar mayor posibilidad a su incorporación al mercado laboral? Y si, al fin, es necesario alargar la edad de jubilación ¿por qué se sigue prejubilando, por qué no vuelven a trabajar aquellos que se prejubilaron a los sesenta, a los cincuenta años? ¿No deberían dar ejemplo quienes nos gobiernan y dejar de blindar su retiro altos cargos, políticos…?
Se acepta con total normalidad el hecho de que el estado se haya gastado el dinero que ahorrábamos para nuestra jubilación en pagar a los jubilados actuales. Ello no deja de ser una versión de la estafa conocida como la pirámide: uno obtiene sus beneficios si convence a otros de que inviertan. Pero, vamos a ver, el estado podía especular con mi dinero, pero no dárselo a otros, da igual que haya o no nuevos cotizantes. Es mi ahorro, el de toda mi vida laboral. ¿Aceptaríamos que un banco no quisiera darnos lo que figura en nuestras cuentas con la excusa de que ahora tiene menos clientes? ¿Puede funcionar un sistema basado en la estafa?
Se nos engañó a los nacionales y se engañó a los inmigrantes cuando se pregonaba la necesidad de mano de obra. Venían a pagar nuestras pensiones y ahora entre todos no podemos mantener sus sueños de progreso, ni siquiera de supervivencia. ¿Los necesitaba el país o ciertos sectores empresariales?
Si hace falta remontar la caída demográfica en Europa ¿por qué no se incentiva la natalidad con medidas sociales que no representen una trampa para la emancipación de las mujeres? Perdón, primero con medidas sociales, y después con medidas sociales que no representen una trampa para la emancipación de las mujeres. Si el nacimiento de niños es una cuestión importante para el estado, ello no puede representar el heroísmo de las madres, la esclavitud de las parejas jóvenes y la explotación de los abuelos. Viendo cuál es la situación lo que resulta sorprendente es que aún nazcan niños.
Seguramente todas estas cuestiones les parecerán torpes a los expertos. No importa, mi prestigio intelectual lo deposito en la filosofía, no en la economía. Podría aceptar hasta mi ignorancia, porque la mía no hace daño a nadie, pero la suya nos está hundiendo en la bancarrota.


Sobran los viejos

06.12.10 | 12:44. Archivado en Sociedad, vejez

Las reformas sobre el tratamiento de los cuidados paliativos y el debate sobre la dignidad ante la muerte enmascaran la ausencia de otra reflexión necesaria, y que debía ser previa a la toma de posturas. ¿Qué es hoy la vejez? ¿qué valor o disvalor le otorgamos?
Norberto Bobbio, en su libro De senectute, escrito a los ochenta y cinco años, se quejaba de la “gaya ciencia” de la geriatría, que, en su afán voluntarista por mejorar las condiciones de la ancianidad ocultaba los achaques propios y naturales. Existe un imperativo “juvenista” que acaba culpabilizando a quienes, entrados en la tercera o la cuarta edad, no desean comportarse como jóvenes. Todos tienen, tenemos, el derecho a nuestra propia edad menos los viejos. Ellos han de actuar como si la edad no existiera, activos vital y sexualmente, animosos, viajeros… Y si no se comportan así, son considerados como enfermos a los que se les atiborra farmacológicamente. Los viejos no tienen derecho a ser viejos porque en esta sociedad, digámoslo claramente, los viejos sobran. Y no me estoy refiriendo a que se deba admitir la decrepitud, sino a que no existe un modelo valorado de la vejez, -huimos hasta de dicha palabra-, una imagen serena, sabia, en la que poder reconocerse, con sus limitaciones pero con su riqueza, sin estar impelidos a negarse, a remedar la caricatura del joven. Porque la juventud tampoco es algo meramente natural, sino un modelo normativo socialmente producido. Ser joven es ser atractivo, atlético, eróticamente insaciable, laboralmente competitivo, dinámico hasta la extenuación. Y si cuando tenemos pocos años apenas podemos cumplimentar con soltura y sin stress este arquetipo, qué decir cuando los michelines, la presbicia, y las arrugas empiezan a hacer su aparición. Botox, cirugías varias, viagras… se ofrecen como panaceas, cuando el sano tedio que producen esos figurines del photoshop debería contrarrestarse con la añosa lucidez de quien ha aprendido a no ser un muñeco manipulable. Ser joven es un coñazo, - y ser viejo una putada- de acuerdo. Pero hemos perdido el estatuto en el que la ancianidad era un grado. Cuando las personas mayores no quieren comportarse como jovenzuelos no están enfermos, quizás sólo son sensatos.
En las sociedades tradicionales –se ha repetido hasta la saciedad-, el saber del anciano era necesario para la supervivencia del grupo, para el mantenimiento de la memoria cultural; el cuidado debido a los mayores era el nexo ético de la familia por el cual los hijos devolvían a los padres las atenciones que habían recibido en la infancia. Hoy lo que necesita una sociedad parece estar en el aprendizaje siempre constante de lo nuevo. Sin embargo, en ese creer que lo antiguo resulta obsoleto corremos el peligro de echar por tierra las raíces y la historia de la que venimos.
A los mayores se les sigue considerando, al menos como consumidores, cuando se trata de planes de pensiones, viajes, tratamientos rejuvenecedores…; después se les trata como un colectivo “infantilizado” al que hay que distraer con actividades lúdicas, culturales…, y, por último, cuando su deterioro es evidente, empezamos a pensar que lo mejor sería un final sin sufrimiento. Ya no se puede ocultar por más tiempo que no van a poder cumplimentar ni siquiera aparentemente ese patrón de juvenismo, y como éste el único modelo que la sociedad entiende como deseable, consideramos que la vida, su vida, nuestra vida también, no tiene ya sentido. La muerte digna es un derecho, pero también lo es una vejez digna y valorada, no sujeta a las modas impuestas por todos aquellos imbéciles para los que la vida es un continuo episodio de Gran Hermano.


Martes, 26 de septiembre

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