El blog de Rosa María Rodríguez Magda

Sobran los viejos

06.12.10 | 12:44. Archivado en Sociedad, vejez

Las reformas sobre el tratamiento de los cuidados paliativos y el debate sobre la dignidad ante la muerte enmascaran la ausencia de otra reflexión necesaria, y que debía ser previa a la toma de posturas. ¿Qué es hoy la vejez? ¿qué valor o disvalor le otorgamos?
Norberto Bobbio, en su libro De senectute, escrito a los ochenta y cinco años, se quejaba de la “gaya ciencia” de la geriatría, que, en su afán voluntarista por mejorar las condiciones de la ancianidad ocultaba los achaques propios y naturales. Existe un imperativo “juvenista” que acaba culpabilizando a quienes, entrados en la tercera o la cuarta edad, no desean comportarse como jóvenes. Todos tienen, tenemos, el derecho a nuestra propia edad menos los viejos. Ellos han de actuar como si la edad no existiera, activos vital y sexualmente, animosos, viajeros… Y si no se comportan así, son considerados como enfermos a los que se les atiborra farmacológicamente. Los viejos no tienen derecho a ser viejos porque en esta sociedad, digámoslo claramente, los viejos sobran. Y no me estoy refiriendo a que se deba admitir la decrepitud, sino a que no existe un modelo valorado de la vejez, -huimos hasta de dicha palabra-, una imagen serena, sabia, en la que poder reconocerse, con sus limitaciones pero con su riqueza, sin estar impelidos a negarse, a remedar la caricatura del joven. Porque la juventud tampoco es algo meramente natural, sino un modelo normativo socialmente producido. Ser joven es ser atractivo, atlético, eróticamente insaciable, laboralmente competitivo, dinámico hasta la extenuación. Y si cuando tenemos pocos años apenas podemos cumplimentar con soltura y sin stress este arquetipo, qué decir cuando los michelines, la presbicia, y las arrugas empiezan a hacer su aparición. Botox, cirugías varias, viagras… se ofrecen como panaceas, cuando el sano tedio que producen esos figurines del photoshop debería contrarrestarse con la añosa lucidez de quien ha aprendido a no ser un muñeco manipulable. Ser joven es un coñazo, - y ser viejo una putada- de acuerdo. Pero hemos perdido el estatuto en el que la ancianidad era un grado. Cuando las personas mayores no quieren comportarse como jovenzuelos no están enfermos, quizás sólo son sensatos.
En las sociedades tradicionales –se ha repetido hasta la saciedad-, el saber del anciano era necesario para la supervivencia del grupo, para el mantenimiento de la memoria cultural; el cuidado debido a los mayores era el nexo ético de la familia por el cual los hijos devolvían a los padres las atenciones que habían recibido en la infancia. Hoy lo que necesita una sociedad parece estar en el aprendizaje siempre constante de lo nuevo. Sin embargo, en ese creer que lo antiguo resulta obsoleto corremos el peligro de echar por tierra las raíces y la historia de la que venimos.
A los mayores se les sigue considerando, al menos como consumidores, cuando se trata de planes de pensiones, viajes, tratamientos rejuvenecedores…; después se les trata como un colectivo “infantilizado” al que hay que distraer con actividades lúdicas, culturales…, y, por último, cuando su deterioro es evidente, empezamos a pensar que lo mejor sería un final sin sufrimiento. Ya no se puede ocultar por más tiempo que no van a poder cumplimentar ni siquiera aparentemente ese patrón de juvenismo, y como éste el único modelo que la sociedad entiende como deseable, consideramos que la vida, su vida, nuestra vida también, no tiene ya sentido. La muerte digna es un derecho, pero también lo es una vejez digna y valorada, no sujeta a las modas impuestas por todos aquellos imbéciles para los que la vida es un continuo episodio de Gran Hermano.


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Comentarios
  • Comentario por anselmo 08.12.10 | 12:25

    Y ser mayor no está nada mal.
    Los mayores aún tenemos mucho recorrido. Cierto es que las funciones corporales se lentifican y a veces se desvanecen. Pero hay prótesis auditivas y oculares. Existen poderosos fármacos que bien seleccionados ayudan a compensar las deficiencias. Bueno, como diría el otro, nos ayudan a ir tirando razonablemente bien. Y algunos mayores están realmente en forma. Bailan mejor que los jóvenes. Y luego está la belleza de esos rostros añosos, como los buenos árboles. Y las nuevas prótesis dentales. Seamos optimistas: los mayores aún podemos esperar de las Ciencias de la vida un futuro mejor.
    Lo peor que se puede hacer con los mayores, y que se hace, es destinarles a obras pías. Tal vez a nadie se le haya ocurrido jamás la feliz idea de incorporarles al mundo laboral de otra forma más respetuosa y acordes con su edad.
    (Están deseando enterrarnos: ¡qué mamones! ¡con lo que podemos aportar!)
    Hay que alegrar a los mayores.

  • Comentario por anselmo 08.12.10 | 12:13

    Buenos días, doña Rosa María. ¿Habla usted de cuidados paliativos y dignidad ante la muerte referido exclusivamente a los mayores? También mueren los jóvenes. Es más, la muerte de los mayores es algo que por ser mayores tiene que acontecer y que responde a la naturaleza de las cosas. ¡Pero la muerte de los jóvenes por causa de enfermedades incurables o enfermedades aberrantes que caen inesperadamente sobre la vida! Entonces, los defensores de la eutanasia, deberían ser clasificados en dos grupos:
    1) Los que consideran que los mayores han cumplido su recorrido vital y es una pena gastarse dinero en una naturaleza irreparable.
    2) Los que no pueden soportar, por falta de palabras, y en un plano estrictamente emocional, acompañar a los seres queridos que se nos marchan.
    Los cuidados paliativos no se les debería negar a nadie, jamás; debería contemplarse como una tarea esencial de la ciencia médica y no como una obra de caridad.

  • Comentario por anselmo 07.12.10 | 22:45

    Yo creo que no es exactamente así como usted lo cuenta. En cualquier caso, un espléndido artículo. Sucede que persiste la idea del mayor que se deja hacer. Y persiste porque se deja hacer, y sus razones tendrán, la pertenencia a una generación un poco lastrada por ciertas carencias. (La educación, p.e.)
    Desde que leyera "la historia de la guerra del cerdo" de don Adolfo Bioy ando preocupado. Yo ya tengo mis sesenta y cuatro años, a punto de caer en las garras del Estado Jubilador sin júbilo. No sé qué será de nosotros.
    ¿Quiere que le diga una cosa? Lo peor de los años es el corazón. Me refiero al órgano.
    Gracias por su manera inteligente de ver.

  • Comentario por oftowers 07.12.10 | 15:49

    Entre la vejez digna y la muerte digna me quedo con la vida digna. Ése sí que me parece un auténtico derecho con su contraparte de responsabilidad con los que compartimos cada día. Apartar al anciano o apartarse uno mismo por ancianidad son algunas de las pocas alternativas que van quedando a muchos de los que cumplen la última edad posible. Y es que cada año que nos transcurre renovamos nuestra imposible inmortalidad virtual proyectandola en la muerte de los otros y de lo otro, lo que sobra y nos ahuyenta de nosotros mismos, de nuestras sombras y sobras de existencia. Una vida digna exige bastante más que una muerte digna: pide amor, lucha y compromiso y algo de justicia personal. En la familia (en la tradicional, más) se encuentran muchos de los valores que, a trasmano de tantas veleidades modernas, soportan la columna vertebral de nuestros mayores. Un respeto, pues, para la ancianidad y su autoridad aquirida.

  • Comentario por Ilike 07.12.10 | 00:30

    Muy interesante entrada que invita a la reflexión. En algunas culturas como la china tradicional, la vejez era un valor en sí misma; entrañaba experiencia, sabiduría y reflexión. Nuestra cultura occidental de la inmediatez, de la prisa y de la frivolidad difícilmente puede dar valor a esos conceptos. A veces parecemos movernos hacia aquella caricatura, cruel y exagerada, de "La fuga de Logan". Felicidades a la autora por su aportación.

  • Comentario por Vicente Torres 06.12.10 | 17:15

    Además, se repite mucho eso de que la vejez es un estado mental, que hay que considerarse joven. Pero un viejo no suele pensar en su edad si nadie le habla de ella. Todos los viejos que hacen declaraciones dicen que se consideran jóvenes. Ana María Matute sigue siendo una niña de once años. Eduardo Punset tiene más curiosidad y más flexibilidad mental que muchos niños de diez años.
    Lo que ocurre es que hoy en día no se vive, se pasa por la vida a gran velocidad. ¿De qué huye la gente? Si tiene tiempo para sentarse a meditar, como los antiguos griegos, en cambio se pone a ver algún programa en el que aparezca Belén Esteban. O se va a alguna playa lejana a hacer lo mismo que haría en la de Bellreguard.
    Saludos

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