Dos televisiones islámicas comienzan ya a emitir en español: la saudí Córdoba Televisión y la iraní Hispan TV, curiosamente procedentes de dos países conocidos por su libertad de prensa, de opinión, el respeto a los derechos humanos y su sistema democrático. Por lo visto, sólo el criterio económico prima frente a la ética cuando se trata de negocios. ¿O lo hacemos por aquello de la “Alianza de Civilizaciones”, del conocimiento mutuo entre culturas?
No hace mucho Tele 5 fue penalizada por pagar la intervención de la madre del Cuco, encausado en la desaparición y muerte de Marta del Castillo. El historiador David Irving fue encarcelado por defender en sus libros la inexistencia de las cámaras de gas en Auschwitz. En tiempos, se aisló a Sudáfrica por mantener el apartheid, y constantemente se reclama el boicot a Israel por su política en los territorios palestinos.
Pues bien, entre otras lindezas, ambos países, promotores de las nuevas cadenas, practican sin pudor el apartheid de género; el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, es un contumaz negador del holocausto; los cristianos son perseguidos en ambos regímenes; la libertad de pensamiento es considerada blasfemia; y la libertad de creencia, apostasía. ¿De verdad creen ustedes que esas dos interpretaciones rigoristas y teocráticas son las mejores cartas de presentación del islam en Occidente? ¿Representa su integrismo el sentir de su religión de los musulmanes en España, en su mayoría marroquíes, tunecinos, paquistaníes… o a los conversos españoles, en general sufíes o heterodoxos? Cuando, además, buena parte de sus costumbres y comportamientos como musulmanes moderados e integrados serían sospechosos o claramente recusados en Arabia Saudí e Irán.
No estoy en a favor de la censura, pero la libertad de opinión es un pacto recíproco, si en virtud de ella permitimos la circulación de mensajes que no la respetan, únicamente estamos socavándola. Si un pastor protestante, un sacerdote católico, un activista gay o una feminista laica no pueden difundir sus ideas en canales de televisión saudíes o iraníes no veo en base a qué pervertida noción de tolerancia aceptamos que ellos lo hagan aquí. Lo sabían los marxistas: los aparatos ideológicos del Estado son las mejores armas para crear masas alienadas y manipuladas. Frente a los pensamientos únicos, sólo cabe la diversidad, pero una diversidad amplia, que acepte las voces de todos, y en esas cadenas, me temo, no van a estar las voces de sus disidentes, de los encarcelados, de quienes han tenido que huir asfixiados por el fanatismo, y desde luego no estarán la de los ajusticiados por esos regímenes totalitarios.
Los radicales de Oriente Medio desprecian a Occidente porque lo consideran un sistema enfermo, pervertido, sin valores… Y quizás tengan razón, porque disfrazamos nuestra pusilanimidad de tolerancia, el interés crematístico de apertura. No somos fuertes, como ellos, en sus creencias, y deberíamos serlo. Nuestros valores son: justicia, igualdad, libertad, democracia, y, siguiendo su misma coherencia, no habría de entrar en el club quien no los comparta.
Si Winston Churchill consiguió transmitir a los ingleses el mensaje de responsabilidad con su famosa frase “Sangre, sudor y lágrimas”, esperamos que los duros tiempos que se avecinan se salden sin ninguno de esos trágicos fluidos corporales, y que el gesto necesario de apretarse el cinturón se complemente con el refrendo de “ética, esfuerzo y buen gobierno”. Algunos interrogantes son perentorios: ¿cómo remontamos la crisis económica?, ¿qué futuro para Europa?, ¿qué margen de maniobra para los estados nacionales?... Si ya sabíamos que la política no es una ciencia, resulta más duro comprobar que la economía no lo es tampoco. Sustituir a políticos, que no parecen tener ni pajolera idea de economía, por tecnócratas, no solo en Italia, sino en los altos organismos comunitarios, únicamente puede tranquilizar a quienes ignoren que la tecnocracia es también ideológica y que responde a una visión de la realidad influida por posiciones valorativas e intereses determinados. La desregulación del mercado dando cobertura al latrocinio financiero de guante blanco, basado en la malversación y la extenuación de una riqueza especulativa, nos ha llevado a la penosa situación en la que nos encontramos, desde las subprime USA hasta los eufóricos despilfarros nacionales. Independientemente de variadas fórmulas económicas globales y ordenanzas teutonas, frente a las que los gobiernos nacionales tienen escasa autonomía, urge una decidida acción de regeneración democrática, si queremos contar con el apoyo de la ciudadanía, una ciudadanía llamada a realizar grandes sacrificios y que si no vuelve a creer y respetar sus instituciones, puede convertirse en masa antisistema. La clase política ha de escuchar a la calle. Las protestas, jaleadas por quienes no tienen el refrendo de las urnas, van a enrarecer el clima social. Asumir lo que de legítimo tiene ese malestar popular, unido a una exigente regeneración ética, resulta urgente. Es necesario depurar responsabilidades de aquellos gestores que han hecho alarde obscenamente de riqueza e ineficacia. Aplicar la misma penalización del riesgo a quienes concedieron hipotecas y que ahora solo sufren quienes las suscribieron. Abandonar el supuesto de que la única forma de revertir la situación es que los que más ganan ganen más a ver si así el resto puede sobrevivir con las migajas. El peso de la crisis no puede seguir cayendo en los sectores más débiles, mientras una acogotada clase media sigue subvencionando el bolsillo de quienes solo han evidenciado incompetencia.
La democracia no es solo un plebiscito. Es un sistema que garantiza las libertades de un pueblo, establece cauces representativos para la elección de su gobierno y se fundamenta en la vertebración de una sociedad civil, instituciones y usos estructurados democráticamente.
Viene esto a cuento del empeño de las sociedades occidentales por extender la democracia a los lugares del planeta donde ésta brilla por su ausencia. Y las acciones expeditivas que a veces toman sus gobiernos, como fue el caso de la intervención en Irak y lo es ahora la de Libia.
Dos falacias pueden empañar la visión del proceso.
Primera, la multiculti: la democracia es un invento occidental y no se puede aplicar a todos los países. Este razonamiento puede aducirse en contra de toda injerencia humanitaria –no tengo claro que el caso de Libia lo sea- , y en cualquier modo cierra los ojos ante la conculcación de los Derechos Humanos con la excusa de la diferencia cultural. Sí, la democracia es un invento occidental, pero ello no significa que sea relativa. O hay democracia o no la hay, punto. O se respeta la libertad y la igualdad de los ciudadanos, o estamos ante una forma más o menos suave, más o menos oculta de tiranía. Y la separación de la religión y el estado, la libertad de creencia y opinión y la igualdad entre los sexos, por solo citar algunos postulados básicos, van siempre en el paquete.
Segunda, la democracia se logra cuando el pueblo manifiesta su voluntad en las urnas. Bueno, pues sí y no. Lo anterior es una condición necesaria pero no suficiente para la democracia. Ésta, como pretendía sintetizar al comienzo del presente artículo, debe ejercerse en el marco de un ejercicio de las libertades.
Quisiera que reflexionáramos sobre ello, y sobre el fácil deslizamiento hacia su conculcación, a la luz de tres citas:
“Las ideas reinantes son las ideas del que reina”, Fernando Savater.
“¿De que sirve la libre emisión de un pensamiento esclavo?”, Antonio Machado.
Y finalmente la afirmación puesta en boca de un autarca en una novelita de Terry Pratchet: “Un hombre un voto, el hombre soy yo y el voto el mío”.
La libertad requiere de un pensamiento crítico, pero éste solo se logra por medio de la educación y el propio ejercicio de las libertades, de otro modo únicamente se piensa aquello que se nos ha inducido a pensar. No se puede pretender que la gente emita un voto razonado cuando no se tiene información ni formación o se es presionado. Claro está que éste es un elemento de distorsión que se debe asumir, pues no sería legítimo negar el acceso a la democracia a un grupo con el pretexto de que “no está preparado”, lo que no implica que no debamos constatarlo a la hora de inferir resultados.
Por otro lado, en una sociedad sin pasado democrático, los movimientos insurgentes, civiles, e incluso los partidos que han debido exiliarse no han tenido la posibilidad de organizarse para competir en igualdad de condiciones con otros sectores instalados. Garantizar la democracia es garantizar unos cauces y tiempo para su consolidación.
Finalmente la democracia no se consigue con el resultado de una votación, es además el compromiso de mantener en el ejercicio de gobierno los valores democráticos. Un grupo no se puede servir de la democracia par acabar con ella. Baste recordar que Hitler llegó al gobierno por las urnas. La legitimidad democrática no la da solo la forma de acceso al poder, sino cómo se ejerce.
Todas estas consideraciones deberíamos tenerlas presentes a la hora de apoyar o enjuiciar las revueltas que están sucediéndose en el mundo árabe. La alianza entre el ejército y los Hermanos Musulmanes en Egipto no parece una buena señal; el retorno del hijab en Túnez, tampoco; el apoyo yihadista a los rebeldes en Libia, menos aún.
A todo esto, algo importante de lo que nadie parece haberse percatado: en las manifestaciones no se pedía democracia.
Leo con asombro lo que supongo no deja de ser un rumor infundado. El rey Abdalá II de Jordania estaría estudiando la posibilidad de separarse de su esposa Rania para mejorar la popularidad en su país, pues “la imagen demasiado moderna de Rania no es bien recibida por los jordanos”; a ello se unirían sus raíces palestinas. Me niego a pensar que un hombre enamorado transija en separarse de la madre de sus hijos, y no se le ocurran otras medidas para contentar a su pueblo si es que el rechazo es profundo. Pero bien, rumor o maledicencia, la noticia ha saltado a los tabloides, y lo que resulta interesante es analizar por qué tal circunstancia nos parece plausible.
Una interpretación sería la que responde al estereotipo de un mundo islámico que tolera mal el protagonismo de la mujer y las señas de una modernidad que odia como occidental. No obstante, que este estereotipo nos haga plausible el rumor no es óbice para que el estereotipo en sí sea cierto. Ahora va a resultar que el síndrome de Agripina pervive a ambos lados del Mediterráneo. Según dicho síndrome, que acabo de acuñar, un elemento decisivo en la maldad de los tiranos es la avaricia o liviandad de sus esposas, y si el autarca no es tan malo, acabar con ellas será un correctivo suficiente. Vaya por delante que Leila Trabelsi, esposa del depuesto Ben Alí, no goza de mis simpatías, así como Rania no me parece una adalid feminista. También nos enteramos de pasada que los jordanos odian a los palestinos. ¡Vaya con la umma! Pero a lo que íbamos, mal empezaría una reforma que ve como necesaria neutralizar los parcos avances en la igualdad de los sexos y la visibilidad femenina, pues si la chica gasta mucho, y eso solivianta a los desposeídos, seguro que no es la única que lo hace en la familia real, ¿o exiliada ella con su glamour a cuestas, Abdalá se sumirá en la precariedad de la chilaba única verano-invierno?, ¿de verdad que no hay más agujeros negros en la economía jordana que los modelitos y viajes de su reina? Por lo menos, Rania, mientras se pasea por el papel cuché de la prensa rosa, ha impulsado tímidos aires de apertura. Resumiendo, que, cuando hay tantas cosas que arreglar, a mí personalmente no me preocupan las mujeres de los mandatarios, sino la situación en general de las mujeres del pueblo, y el acceso del mismo a la democracia. No hagamos con nuestros rumores el caldo gordo a quienes siempre andan enredados con las faldas, los velos o las señoritas de compañía. ¡Uf, qué hartazgo!
Atiendo con fruición las noticias que llegan de Egipto, de Túnez… esa llamarada insurreccional que parece extenderse por los países islámicos del Mediterráneo. Asisto también estupefacta a esa euforia naïf con la que los europeos aliñamos la épica revolucionaria. Buena parte de los artículos que en estos momentos proliferan son ingenuos cantos a la libertad guiando al pueblo. Ojalá que así fuera. Pero no debemos olvidar que incluso esta habitual exclamación lleva implícito el término “Alá”, lo que nos debería recordar que las cosas serán de una u otra manera según se gestione el elemento político-religioso subyacente en las sociedades en cuestión. Se nos acentúa el hecho de que las revueltas son civiles, plurales, de raíz económica, demandando aperturismo y justicia social. Quizás sea así ahora, pero esa masa que hoy se manifiesta, y es un caudal capaz de hacer tambalear dictaduras, carece de la infraestructura organizativa para constituirse en eje vertebrador de una futura democracia. Quiénes y con qué apoyos van a construir el día después es el interrogante que no cabe dejar a la inercia de los acontecimientos, porque la historia nos demuestra que los ideales románticos son rápidamente traicionados por quienes consolidan los cambios sociales. La Revolución Francesa llevó a la guillotina y al terror, la revolución rusa el Gulag, la expulsión del Sha de Persia a la teocracia jomeinista. Y esto por solo citar algunos ejemplos, bastantes como para hacernos precavidos. Seguramente Occidente ha sido - y está siendo- corto de miras e hipócrita en su apoyo a ciertos regímenes dictatoriales con tal de que nos aseguren abastecimiento energético y supuesto freno al terrorismo islámico, e incluso a una inmigración no deseada, sin querer ver cómo la falta de progreso económico y social, que esas dictaduras han perpetuado, es la espoleta que dispara el acrecentamiento del islamismo más radical, el odio a Occidente y la fuga hacia Europa. Un islamismo organizado, que dispone de redes de atención social y ejerce un respaldo psicológico e integral a amplias capas de la población. Un islamismo cuyo problema no es que sea violento, sino que se define por su rechazo al modelo occidental, incluida la democracia. ¿Hay suficientes musulmanes liberales y demócratas? ¿Tienen cauces de organización urgente y efectiva? ¿Cuentan con el decidido respaldo occidental? Túnez celebra el retorno de Rachid Ghanuchi, líder del movimiento islamista En Nahda, los Hermanos Musulmanes esperan la caída de Mubarak, y el islamismo internacional por boca de Al Qaradawi, presidente del Centro Europeo de la Fatwa, apoya a los insurgentes…, son sobrados datos para intuir que la cuestión religiosa no va a estar ajena a la reconstrucción del poder en dichos países. Y mientras tanto aquí celebramos los hechos como si se tratara de un nuevo mayo del 68, la revolución de los claveles o la caída del muro de Berlín. Auguraba Florentino Portero hace unos días, en un excelente artículo, que el fanatismo es la alternativa a la corrupción. Si queremos que lo que hay de hermoso y utópico en toda rebelión no sea dramáticamente traicionado, deberemos apoyar dicho esfuerzo a partir de la realidad, no de voluntariosos cuentos fantásticos.
Va a resultar que los trasvases no solamente eran de justicia distributiva sino además necesarios medioambientalmente. El tema de la distribución del agua es uno de los que más fractura ha causado en la solidaridad nacional. Las comunidades autónomas, arriscadas y montaraces, al grito de: “este riachuelo es mío” han mostrado las garras del cantonalismo más roñoso. Para disfrazar la cicatera avaricia se han utilizada toda suerte de demagogias. Lo que era progresista en el plan hidrológico de 1993, propuesto por el ministro Borrell, (recuerden: ¡200 pantanos y 14 trasvases entre cuencas!), resultaba un atentado medioambiental con un proyecto mucho mas moderado como el aprobado en 2001 por el gobierno de Aznar. La derogación del trasvase del Ebro por el ejecutivo socialista en 2005, bajo el falso marchamo ecológico, proponía un tandem ahorro y desaladoras, ocultando el peligro que éstas representan para el ecosistema marino y costero, y condenando de facto a Valencia, Murcia y Almería a una desertización irreversible.
Pues bien, parece que ahora puede desfacerse tal entuerto. El Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM), dirigido por el competentísimo científico Millán Millán, ha venido desarrollando una serie de proyectos, cofinanciados por la Unión Europea, en torno a la importancia de los procesos de cambio climático en el Mediterráneo occidental. Fruto de ellos se comprueba experimentalmente la influencia de la desertización de la cuenca mediterránea en el aumento de lluvias torrenciales catastróficas en España y Europa. Cosa que evidentemente ha interesado y mucho a la UE. Todo ello requiere medidas urgentes de reforestación y riego, lo que implica la necesidad de trasvases. Y parece que en los organismos comunitarios empiezan a ver claro que es necesario rascarse el bolsillo en bien de todos, pues los actuales modelos climáticos globales no contemplan el ciclo hídrico europeo.
La desertización de la costa mediterránea viene produciendo una disminución de las tormentas estivales. Según recoge Europa press a partir de palabras del profesor Millán, al no descargar las masas de aire su humedad como precipitaciones en tierra, este vapor de agua se desplaza hacia el Mediterráneo por las capas estratificadas, donde se acumula y aumenta el efecto invernadero. Este vapor de agua, ha subrayado, tiene una capacidad para generar gas invernadero 47 veces superior al nocivo CO2. Así, la acumulación de ozono a baja altura, fruto de la actividad humana, produce un sobrecalentamiento 200 veces superior al CO2. Para Millán, esta pérdida de tormentas con la acumulación del exceso de vapor de agua sobre el Mediterráneo, bajo condiciones adecuadas, dispara las lluvias torrenciales en Centroeuropa. La recuperación del equilibrio hídrico solo es posible, según Millán, conservando el territorio, los bosques y humedales donde la situación no es irreversible y trabajar en el resto con plantaciones masivas de árboles cuya capacidad para retener CO2 solo es posible con apoyo de riegos localizados, para lo que solo hay una solución: el trasvase.
Un nuevo horizonte de esperanza se abre para las tierras de Valencia, Murcia y Almería, frente a ciertas insolidaridades norteñas. Su preservación comienza a ser un interés común, y en la Unión Europea parecen haberse dado cuenta. Agradezcamos al cálculo lo que no se obtuvo de la generosidad.
Cuando yo estudiaba COU, uno de nuestros principales logros fue conseguir que se permitiera fumar en clase. Era una forma de ganar espacios de libertad social en los últimos estertores del franquismo. Puedo rememorar toda mi carrera como una sucesión de asambleas y encierros, donde las proclamas surgían en medio del ambiente cargado por el humo de los cigarrillos. Años más tarde, el gobierno municipal socialista de mi ciudad legalizó el consumo público de hachís; aún recuerdo la alegría de las reuniones en los bares donde libremente se pasaba el canuto, sin importar la comunidad de virus y bacterias que ello podía implicar. Mi imaginario televisivo y cinematográfico guarda memoria del hombre de Malboro, el cigarrillo en la comisura de los labios de Marlon Brando, la escena repetida de los protagonistas de tantos films encendiendo un pitillo en la cama tras hacer el amor. En definitiva, mi adolescencia y primera juventud se desenvolvieron en el decorado de esa atmósfera turbia e incitante. Y creo que cuando he dejado de fumar mi vida ha sido más sana sí, pero más triste.
Convengamos en que es mejor un aire más puro, en que nadie debe ser fumador pasivo de otros, que era necesario romper toda esa iconografía que enlaza el cigarillo con la rebeldía y la seducción. Pero, una vez dicho esto: ¿nos hemos vuelto locos?, ¿no hay delito más punible que el de fumar?, ¿no existe una solución moderada que respete el derecho de todos? Hay algo enfermizo en esa compulsión por la asepsia, la furia revanchista del pogrom, la euforia autocomplacida de la delación y el linchamiento. Acorralar a individuos marcados es el santo y seña de todo totalitarismo.
Curiosamente, en la actual persecución se logra una retrógrada “alianza de civilizaciones”. A fuerza de eco-progresismo, se repite la historia del fanatismo en la que se hermanaron tres tradiciones ahora en pugna.
En 1624 el papa Urbano III ya prohibió el rapé, con la excusa de producía un cierto "éxtasis sexual". En 1633 el sultán turco Murad IV condenó a los fumadores a ajusticiamiento, confiscando sus bienes. En 1640 el zar Miguel de Rusia declaraba pecado mortal el consumo de tabaco, cortando los labios o azotando a los fumadores arrestados.
Un esfuerzo más en la razzia y reconstruiremos esta truculenta confluencia de credos.
A los nuevos cazadores de brujas, gracias. Nunca pensé que por tan poco, apenas una calada, iba a volver a sentir la libertad del proscrito, la fruición gozosa de quien está fuera de la ley, la aureola mítica del transgresor.
Se debaten estos días las propuestas de atraso de la edad de jubilación, se repite hasta la saciedad que, según las previsiones demográficas, no habrá en un futuro muy cercano cotizantes para pagar a los pensionistas… Yo no soy experta en economía, pero dado que las directrices económicas de los estados no han sabido prever esta crisis, ni parece que sepan muy bien cómo sacarnos de ella, me embarga un hondo escepticismo al respecto. Toda una serie de interrogantes me sumen en el estupor. Ahí van unas reflexiones, solo aparentemente ingenuas.
Un sistema basado en que cada vez haya más productores/consumidores nos encamina a la superpoblación planetaria, y dado que los recursos naturales no son infinitos podemos concluir que tal modelo no es sostenible. Luego parece que deberemos ser menos para estar mejor y optimizar los recursos evitando el despilfarro.
Sin modificar el modelo capitalista al uso, se dice que solo mejorando las expectativas de beneficios de los que más poseen, cabe esperar que éstos se animen a invertir y generar puestos de trabajo. Pero, ¿no parece moralmente sangrante que se congelen las pensiones, se reduzcan los sueldos…, en resumen: que se quite a los que tienen poco para subvencionar a los ricos con el fin de que luego podamos los muchos sobrevivir con las migajas? Ya sé que es un cuento pero ¿Robin de los bosques no hacía justamente lo contrario? Y el mismo sentido opuesto tenía la redistribución de las riquezas que han pretendido los reformadores sociales clásicos.
Si las jóvenes generaciones no encuentran trabajo ¿por qué se intenta que los que sí lo tenemos trabajemos hasta la exhausta senectud?, ¿no deberíamos, con el retiro de los mayores, dejar mayor posibilidad a su incorporación al mercado laboral? Y si, al fin, es necesario alargar la edad de jubilación ¿por qué se sigue prejubilando, por qué no vuelven a trabajar aquellos que se prejubilaron a los sesenta, a los cincuenta años? ¿No deberían dar ejemplo quienes nos gobiernan y dejar de blindar su retiro altos cargos, políticos…?
Se acepta con total normalidad el hecho de que el estado se haya gastado el dinero que ahorrábamos para nuestra jubilación en pagar a los jubilados actuales. Ello no deja de ser una versión de la estafa conocida como la pirámide: uno obtiene sus beneficios si convence a otros de que inviertan. Pero, vamos a ver, el estado podía especular con mi dinero, pero no dárselo a otros, da igual que haya o no nuevos cotizantes. Es mi ahorro, el de toda mi vida laboral. ¿Aceptaríamos que un banco no quisiera darnos lo que figura en nuestras cuentas con la excusa de que ahora tiene menos clientes? ¿Puede funcionar un sistema basado en la estafa?
Se nos engañó a los nacionales y se engañó a los inmigrantes cuando se pregonaba la necesidad de mano de obra. Venían a pagar nuestras pensiones y ahora entre todos no podemos mantener sus sueños de progreso, ni siquiera de supervivencia. ¿Los necesitaba el país o ciertos sectores empresariales?
Si hace falta remontar la caída demográfica en Europa ¿por qué no se incentiva la natalidad con medidas sociales que no representen una trampa para la emancipación de las mujeres? Perdón, primero con medidas sociales, y después con medidas sociales que no representen una trampa para la emancipación de las mujeres. Si el nacimiento de niños es una cuestión importante para el estado, ello no puede representar el heroísmo de las madres, la esclavitud de las parejas jóvenes y la explotación de los abuelos. Viendo cuál es la situación lo que resulta sorprendente es que aún nazcan niños.
Seguramente todas estas cuestiones les parecerán torpes a los expertos. No importa, mi prestigio intelectual lo deposito en la filosofía, no en la economía. Podría aceptar hasta mi ignorancia, porque la mía no hace daño a nadie, pero la suya nos está hundiendo en la bancarrota.
No parece haber estado muy afortunado el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, al comentar en tono jocoso que los gays y lesbianas durante el Mundial de Qatar (2022) "Deberían abstenerse de cualquier actividad sexual". Afirmación por la que tuvo que disculparse días después. En España, la asociación “Colegas” había pedido una rectificación. Y es que no cabe bromear con este asunto cuando, como recordaba Paco Ramírez, secretario general de la asociación, “aún existen más de 76 países en el mundo donde las relaciones homosexuales son condenadas con penas de prisión, y en cinco países pueden ejecutar a los homosexuales, muchos precisamente vecinos de Qatar, lo que no es ninguna broma en absoluto y no tiene la más mínima gracia".
La pena de muerte para los homosexuales está actualmente en vigor en Arabia Saudita, Irán, Mauritania, el norte de Nigeria, Sudán y Yemen. Sólo en Irán han sido ejecutados más de 4.000 desde la revolución islámica de 1979. En Bahrein, Qatar, Argelia, Afganistán y las Islas Maldivas, la homosexualidad se castiga con penas de cárcel, castigos corporales o multas.
No se trata, por tanto, de retractarse de un comentario desafortunado, lo penoso es que esto evidencia una falta común de alerta moral. Resulta sangrante que se pueda frivolizar con un tema así, y que la conculcación de los derechos fundamentales de la persona no implique ninguna acción hacia los países que de esta manera actúan. Se anuncia como un éxito el acrecentamiento de relaciones comerciales con tiranías totalitarias, hablamos de “nuestro aliado” Arabia Saudí sin importarnos su rigorismo religioso, aceptamos la construcción de mezquitas financiadas por países integristas, se concede el Mundial a Qatar -aunque claro después de las Olimpiadas a China qué más dá- , y, por seguir con este país la prensa rosa presenta a la segunda esposa de su gobernante como el summun del glamour, sin reparar en que eso de la poligamia parece una cosa poco presentable,- o al menos algo contradictorio con la emancipación de la mujer. En fín “pequeños detalles”. Y los gays y lesbianas futboleros, que sean discretos, que no se besen y eso, y que no se les ocurra provocar una situación embarazosa, recordando a los sodomitas encarcelados, apaleados o directamente asesinados, que son ganas de incordiar, con lo bonitas que quedan estas ceremonias deportivas sin contratiempos. Además, que ya se sabe, cada cual tiene sus costumbres, y hay que respetarlas, que para eso somos multicultis. Pues no, oiga. Colegas es la única asociación de gays y lesbianas que viene denunciando desde hace tiempo la incoherencia de cierta izquierda que cierra los ojos ante la falta de libertad sexual de algunas culturas. Porque una cosa es el derecho de los pueblos a su legitimidad política y otra que esa legitimidad debe incluir, para ser apoyada, la democracia plena de sus ciudadanos. Pedro Zerolo con la palestina al cuello es una incongruencia, porque debería recordar que los homosexuales - como él- lo que tienen al cuello en ciertos países es la soga.
Las reformas sobre el tratamiento de los cuidados paliativos y el debate sobre la dignidad ante la muerte enmascaran la ausencia de otra reflexión necesaria, y que debía ser previa a la toma de posturas. ¿Qué es hoy la vejez? ¿qué valor o disvalor le otorgamos?
Norberto Bobbio, en su libro De senectute, escrito a los ochenta y cinco años, se quejaba de la “gaya ciencia” de la geriatría, que, en su afán voluntarista por mejorar las condiciones de la ancianidad ocultaba los achaques propios y naturales. Existe un imperativo “juvenista” que acaba culpabilizando a quienes, entrados en la tercera o la cuarta edad, no desean comportarse como jóvenes. Todos tienen, tenemos, el derecho a nuestra propia edad menos los viejos. Ellos han de actuar como si la edad no existiera, activos vital y sexualmente, animosos, viajeros… Y si no se comportan así, son considerados como enfermos a los que se les atiborra farmacológicamente. Los viejos no tienen derecho a ser viejos porque en esta sociedad, digámoslo claramente, los viejos sobran. Y no me estoy refiriendo a que se deba admitir la decrepitud, sino a que no existe un modelo valorado de la vejez, -huimos hasta de dicha palabra-, una imagen serena, sabia, en la que poder reconocerse, con sus limitaciones pero con su riqueza, sin estar impelidos a negarse, a remedar la caricatura del joven. Porque la juventud tampoco es algo meramente natural, sino un modelo normativo socialmente producido. Ser joven es ser atractivo, atlético, eróticamente insaciable, laboralmente competitivo, dinámico hasta la extenuación. Y si cuando tenemos pocos años apenas podemos cumplimentar con soltura y sin stress este arquetipo, qué decir cuando los michelines, la presbicia, y las arrugas empiezan a hacer su aparición. Botox, cirugías varias, viagras… se ofrecen como panaceas, cuando el sano tedio que producen esos figurines del photoshop debería contrarrestarse con la añosa lucidez de quien ha aprendido a no ser un muñeco manipulable. Ser joven es un coñazo, - y ser viejo una putada- de acuerdo. Pero hemos perdido el estatuto en el que la ancianidad era un grado. Cuando las personas mayores no quieren comportarse como jovenzuelos no están enfermos, quizás sólo son sensatos.
En las sociedades tradicionales –se ha repetido hasta la saciedad-, el saber del anciano era necesario para la supervivencia del grupo, para el mantenimiento de la memoria cultural; el cuidado debido a los mayores era el nexo ético de la familia por el cual los hijos devolvían a los padres las atenciones que habían recibido en la infancia. Hoy lo que necesita una sociedad parece estar en el aprendizaje siempre constante de lo nuevo. Sin embargo, en ese creer que lo antiguo resulta obsoleto corremos el peligro de echar por tierra las raíces y la historia de la que venimos.
A los mayores se les sigue considerando, al menos como consumidores, cuando se trata de planes de pensiones, viajes, tratamientos rejuvenecedores…; después se les trata como un colectivo “infantilizado” al que hay que distraer con actividades lúdicas, culturales…, y, por último, cuando su deterioro es evidente, empezamos a pensar que lo mejor sería un final sin sufrimiento. Ya no se puede ocultar por más tiempo que no van a poder cumplimentar ni siquiera aparentemente ese patrón de juvenismo, y como éste el único modelo que la sociedad entiende como deseable, consideramos que la vida, su vida, nuestra vida también, no tiene ya sentido. La muerte digna es un derecho, pero también lo es una vejez digna y valorada, no sujeta a las modas impuestas por todos aquellos imbéciles para los que la vida es un continuo episodio de Gran Hermano.
Rosa María Rodríguez Magda (Valencia, España, 1957). Catedrática de Filosofía. Directora del Aula de Pensamiento de la Institució Alfons el Magnànim y de la revista Debats. Profesora invitada en l’Université de Paris VIII-Vincennes à Saint-Denis, Université Paris VII, Université de Paris-Dauphine, Universidad Autónoma de México, Universidad de San Juan en Río Piedras (Puerto Rico), New York University, Komazawa University (Tokio), Tartu Universtity (Estonia)... Ha sido directora de la Fundación Tercer Milenio-UNESCO y Consellera del Consell Valencià de Cultura. Especializada en pensamiento contemporáneo, es autora, entre otros libros, de La sonrisa de Saturno, El modelo Frankenstein, Transmodernidad, La España convertida al islam, Inexistente Al Ándalus. Ha publicado también en el terreno de la investigación feminista: Femenino fin de siglo. La seducción de la diferencia, Foucault y la genealogía de los sexos, El placer del simulacro... Y dentro de la creación literaria: Tríptico, En alguna casa junto al mar, Las palabras perdidas, Y de las pavesas surgió el frio, El deseo y la mirada… Ha coordinado diversas obras y realizado ediciones críticas, así como participado en múltiples libros colectivos. Textos suyos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, estonio y checo.
Página personal: http://www.rodriguezmagda.com
e-mail: rrmagda@yahoo.es
Viernes, 1 de junio
Rosa María Rodríguez Magda
Manuel Molares do Val
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Raúl González Zorrilla
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Juan Fernandez Krohn
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Rufino Soriano Tena