Romances ultramodernos

La tentación del rigorismo

16.10.09 | 12:34. Archivado en Amor
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El asesinato de la sabia Hipatia debe ser explicado en un contexto más amplio. El rigorismo que persiguió a los enemigos fuera de las asambleas cristianas, una vez que el emperador Teodosio acabó con una breve época de tolerancia y libertad religiosa (313-380 d.C.), había sometido antes a denigración, en efigie o en persona, a los "enemigos internos". Si permitimos que siga ocurriendo en nuestro tiempo, estaremos preparando una nueva era de fanatismo e intolerancia global, a la vuelta de la esquina.
No es un problema meramente intrarreligioso. Atañe a la sociedad civil que tolera un "derecho contra los derechos humanos" en los ejércitos, en las cárceles, en la economía o en los "paraísos integristas", como si hubiera cotos privados para la caza de seres vivos. No lo resolverá el Estado por medio de la colonización de las religiones, ni un César ateo o idólatra que haga uso de ellas como burda legitimación de sus intereses. El modo de afrontarlo es la crítica cultural y filosófica, con respeto a la libertad religiosa, pero con un gran amor por la verdad que anida en todos/as nosotros/as: mujeres o varones, libres o sometidos a servidumbre.

Desde tiempos de Tertuliano, a lo largo del s. III, el efecto de las persecuciones sobre la comunidad dio excusa a una polémica entre aperturistas y rigoristas (Hipólito, Novaciano, Novato), acerca de la vida y la organización comunitarias, con especial referencia a los débiles que no soportaban la presión del imperio (lapsi). Otra cuestión clave a ella vinculada era la siguiente: ¿Había que expulsar a los pecadores reincidentes, después del bautismo, o someterlos a penitencias de por vida? Esto último era evitado mediante bautismos in extremis, es decir, sólo ante el riesgo de muerte, como hizo el emperador Constantino. ¿Era o no necesario repetir los bautismos efectuados en iglesias separadas (hairesis), que se habían ido creando a lo largo del s. II? Recordemos que Ireneo sólo les pedía que se reintegraran y compartieran la memoria del pueblo de Dios-a, como fundamento de la fe.
Pero el más enconado de todos los debates trataba sobre la excomunión o el perdón a los lapsi, que no habían afrontado el martirio. A favor del perdón, notoriamente, obraron muchos de los llamados confesores, quienes habían sobrevivido a la persecución, la cárcel y los suplicios. De entre los cristianos que evitaron de otro modo el peligro de muerte, los libellatici eran aquellos que, durante las persecuciones imperiales, compraron un libelo de sacrificio, lo cual sólo podían hacer si disponían del dinero necesario. Sin embargo, los peor calificados fueron quienes terminaron por prestar culto al emperador (el culto del incienso: thurificati, o los sacrificios públicos: sacrificati). Estos últimos, si es que eran admitidos, tenían que soportar una penitencia extendida hasta el lecho de muerte.

Ni a Tertuliano, ni a Hipólito, ni a Novaciano se les ocurrió que su dureza pudiera recaer sobre ellos (cf. Mc 4, 24; Lc 6, 38). De acuerdo con el núcleo de los evangelios, la humanidad está realmente llamada a la comunión de las personas en un mismo ser (amor, voluntad, conocimiento, memoria) y los criterios para comprender la Historia de historias se han anticipado en la vida de Jesús, el Hijo de Dios. Al contrario, el Apocalipsis de Pedro, incluido en el canon por tales grupos , describía la índole de las penas que les esperaban a los pecadores, según su especie, a través de un reportaje terrorífico sobre el infierno, cuyo criterio no era otro que la violencia sagrada. Desde el s. III a.C., el mediador chamánico o tour-operator infernal en el judaísmo postexílico fue Henoc; es decir, los grupos que utilizaron la amenaza de un suplicio eterno con una intención retórica: aterrorizar a otros judíos. Al parecer, no por eso subió el nivel del amor en el planeta; sólo proporcionó ideas a los torturadores en los abismos de este mundo. Si aplicamos a rajatabla el principio “la medida con que midiéreis se os medirá”, quienes preparan con la imaginación tal holocausto difícilmente escaparán de él, a cargo de su particular ídolo.

Sirva como ejemplo del infierno anticipado por tales grupos, y prenda de lo que vendría en la edad media, la ceremonia de humillación sufrida por el papa Calixto (217-222) y sus sucesores (Urbano, Ponciano, etc.) a expensas de los rigoristas romanos, encabezados por Hipólito , hasta la muerte de éste el 235. La causa: haber tolerado el reingreso de quienes apostataron a la fuerza, durante las persecuciones; admitir a penitencia a los pecadores capitales; permitir los matrimonios entre libres y esclavos, cristianos y paganos, incluidas las “parejas de hecho” (“justo concubinato”), el matrimonio de un presbítero o la elección para tal ministerio de un divorciado, vuelto a casar.
Calixto, esclavo liberto, que estuvo preso por deudas, condenado a las minas, fue nuevamente detenido al cabo de sus días, a causa de su ministerio. Fue el primer obispo de Roma en ser ejecutado desde Pedro y Pablo. No era un agente de ningún imperio. Al contrario, hizo lo que pudo por afrontar la tentación del rigorismo, que se fundaba en la tópica fantasía sobre la Iglesia como si fuera una comunidad puritana o como si la perfección solicitada por el Jesús de los evangelios consistiera en tal cosa, en vez de la compasión (Mt 5, 48; Lc 6, 36 Q). No es extraño que un historiador tan celoso del imperativo y de la moral individual como Harnack, aunque sea bajo el influjo de Kant y no del estoicismo, juzgue que Calixto había atentado contra la esencia de la eclesialidad por el hecho de afirmar que dentro de la comunión de la Iglesia, como en el arca de Noé, era necesario que hubiera seres puros e impuros. La suposición de que la Iglesia pueda albergar imperfecciones le parece a Harnack insoportable y una señal degenerativa.
Quizá no habíamos enfocado el hecho de que las críticas dentro de las iglesias podían ser de muy diversos tipos; Harnack se familiariza con Hipólito y con Tertuliano, antes que con la línea de la iglesia romana durante la era de las persecuciones. En consecuencia, la llamada de Calixto a la acogida, la escucha y el aprendizaje moral puede parecernos más contemporánea, después de mil ochocientos años, que la opinión de Harnack, sin que nadie se rasgue las vestiduras.

De cualquier forma, los muros del rigor se resquebrajaron a raíz de las sucesivas persecuciones que organizan los emperadores Decio y Valeriano (250-258), las cuales afectaron a una mayoría de los cristianos y, en particular, a los dirigentes de las iglesias. Hasta entonces, los perseguidores habían sido ciudadanos celosos, incluido el propio Marco Aurelio, quienes expresaban un desprecio similar al que muestra la diatriba de Celso contra el cristianismo, por su atentado contra los institutos religioso-políticos, la razón del poder, y por su empeño en permitir que los pobres, las mujeres y los esclavos aspirasen a la perfección. Cuando pretendían detener su crecimiento o impedir su culto, denunciaban a los cristianos ante las autoridades de la polis. La iniciativa tomada por Decio significó la primera gran persecución a cargo de la administración imperial desde el conocido rescripto de Trajano, en respuesta a una carta de Plinio el Joven, gobernador en Asia, un siglo antes, donde desaconsejaba “cazar” a los cristianos.
Después de una generación vinieron más y peores, a cargo de la Tetrarquía, esta vez instigada por un libelo del filósofo Porfirio. En el 303, Diocleciano ordena destruir los templos y las Escrituras cristianas, luego detener a los líderes, lo que supera la capacidad de las prisiones; y, por último, entre el 304 y el 305, repite la estrategia de Decio. Exige comprobar el cumplimiento de los sacrificios obligatorios, de lo cual únicamente los judíos, por motivos políticos, fueron exentos. La persecución se extiende, aun después que Diocleciano abdicara, hasta el decreto de tolerancia de Galerio en abril del 311, que en el oriente no se reconoció sino a finales del 312. Sólo un nuevo Edicto de Tolerancia de todas las religiones, firmado por Constantino y Licinio (el Edicto de Milán, del 313) acabó definitivamente con una veda comparable a la persecución antisemita bajo otros imperios, la cual nos ha privado de los manuscritos más antiguos de los evangelios. Sobre todo, fue un trauma terrible que no llegó a sanar, sino que sirvió de pretexto a la venganza durante más de un siglo.

Los efectos de la oficialización del cristianismo contra las demás religiones también fueron dañinos, cada vez más, conforme las iglesias iban perdiendo el referente de su identidad. Lo más notorio es que algunos de sus líderes se convirtieran de perseguidos en perseguidores, comenzando por un escrito de Lactancio (De mortibus persecutorum, 320) donde detalla los castigos consumados por el fatum contra quienes habían ejecutado los suplicios una década antes. Desde el 380 en adelante, las prácticas de la Cristiandad reprodujeron a escala mundial lo que los cristianos habíamos sufrido durante tres siglos. Dejaron de interpretar la memoria de Jesús para aplicar, de regreso, los símbolos de la violencia sagrada (la guerra santa, el herem o anatema). Por eso, cualquier Historia de la memoria tiene que plantearse una pregunta inquietante y liberadora: ¿cuál era el análogo humano de Cristo cuando el hereje Prisciliano, junto a otras seis personas, fueron ejecutados (385), una masa de partidarios de Cirilo linchó a Hipatia en Alejandría (415), los judíos fueron perseguidos en Hispania (s. VI) y, luego, por toda Europa; cada uno de los pueblos conquistados sufrió una destrucción todavía mayor de sus bienes y sus personas, hasta llegar al genocidio en América Latina? La respuesta nos viene sugerida por Bartolomé de las Casas en 1552: con las víctimas.

La violencia sagrada que ejerció la administración imperial, desde Decio a la Tetrarquía, no debería oscurecer la reflexión sobre los métodos utilizados, contemporánea o posteriormente, para someter la diversidad dentro de las propias iglesias a un control deshumanizador. Tales procedimientos, todavía hoy, siguen impidiendo que la Iglesia católica se plantee perdonar, p.ej., a las personas divorciadas, si pueden perdonarse a sí mismas y recomenzar un proyecto de vida esperanzadora. Como ocurre en cualquier sistema penal, las injusticias y abusos concretos no son contemplados por la norma ni, muchas veces, por la autoridad que la aplica. La situación se hizo mucho más grave cuando el poder ya no respondía ante nadie, “más que ante Dios”. Mientras las asambleas cristianas fueron plurales y representativas, las voces en favor del perdón se hicieron oír.

Admito sentir compasión de quienes aplazan al más allá el trabajo de revisar su memoria. Pero en absoluto deseo que ese proceso sea eterno.

4 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por jalon 28.12.09 | 12:06

    rouco trae a madrid a cardenales (google)
    El cardenal (Rouco) ha convocado a decenas de cardenales de toda Europa a Madrid, porque este año la misa de las familias será un evento europeo".
    Un homenaje europeo, pues acudirán a Madrid una veintena de obispos y cardenales del Viejo Continente
    Acudieron a la cita 6 cardenales y 8 obispos de Francia, Alemania, Holanda, Italia, Polonia, Austria y Portugal, además de 39 prelados españoles junto con el nuevo nuncio.
    Aquí se ha matado a gente por ir a misa. Y se ha matado a gente por no ir a misa. Que no nos amenacen con la familia cristiana. Que se dediquen a lo esotérico, a la vida antes de nacer y a la vida después de la muerte.

  • Comentario por jalon 19.11.09 | 19:42

    "la sociedad demanda un político cristiano, pues una buena proporción de ciudadanos españoles están cansados de una concepción de la política que lleva a la desidia, y que tiene muchos riesgos, como la aparición de formas totalitarias".
    Alfredo Dagnino.- Y esto lo dice la A.C. de los 40 años de dictadura. ¿Están pidiendo otro Franco? ¿Cómo se entiende?

  • Comentario por novedades 07.11.09 | 04:38

    Nuevo blog en RD. Os lo recomiendo
    http://blogs.periodistadigital.com/la-locura.php

  • Comentario por FRAN MORENO 20.10.09 | 13:13

    Gracias por la información sobre Agora y la conversación del sábado en la puerta de la casa de la Comunidad P.D.

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