Los modales de Cirilo no se demostraron únicamente contra enemigos supuestamente "externos", como la sabia y recta Hipatia, sino con la misma saña contra quienes se atrevían a pensar de otro modo dentro de la misma Iglesia. El episodio de su lucha a muerte para controlar el concilio de Éfeso (431), por medio de la artimaña, hasta que consiguió arrancar la excomunión de Nestorio, ha dado lugar al primer cisma del cristianismo, entre la iglesia nestoriana (Siria) y la "ciriliana" (Egipto), que todavía no ha sido resuelto por una reconciliación pública y definitiva, al cabo de mil quinientos años. El escenario: ese Oriente Cercano (lo llevamos dentro) donde los fanatismos de uno u otro color se niegan a dar la oportunidad al ser humano de vivir en un planeta habitable.
Más allá de las temibles discusiones de escuela, a golpe de anatema, la metáfora del fuego en el símbolo de la zarza ardiente (Éx 3, 2) es común tanto al alejandrino Cirilo como al antioqueno Nestorio. Lo cual demuestra que la comunión con Dios-a no es rota ni siquiera por una separación beligerante entre grupos de poder y, finalmente, entre iglesias: nestorianos caldeos, por un lado, coptos monofisitas por el otro lado. No es rota ni por Caín, el asesino de su hermano, según narra el libro del Génesis (4, 9-16).
Sin embargo, la memoria común de nuestros hechos humanos sí es gravemente afectada por los extremos de impiedad alcanzados por Nestorio, perseguidor de herejes mientras fue patriarca de Constantinopla; y por quienes condenaron al exilio a Nestorio, como antes otros lo procuraron contra Atanasio, alejandrino, o contra Juan Crisóstomo, antioqueno. Su destino fue a un terreno completamente ajeno, bajo el dominio de iglesias completamente fieles a Cirilo: el Nilo Medio. Un paraje hostil, a pesar de su belleza: el Gran Oasis (El Charge) de Abydos, en las cercanías del Monasterio Blanco, dirigido por el apa Shenute, uno de los pilares de la tradición copta. Quien fuera patriarca de Constantinopla y teólogo respetado o temido en la capital del imperio, acabó sus días en una fortaleza-prisión (Simbelge), enfermo durante años, rodeado por el odio o por una rabiosa incomprensión.
Es dudoso que Shenute llegara a tener una entrevista con Nestorio. No obstante, cuenta un fragmento de la Historia de la iglesia copta de Alejandría que Nestorio le pidió hacerse cargo de sus bienes para que los repartiera con los pobres, mientras Shenute condicionaba cualquier relación a que confesara que “Dios había sufrido” (cristología teopasjita) en la cruz. Nestorio se quedó en la cruz, porque según pensaba, el Logos no podía padecer como un ser humano: “Nunca diré que Dios murió”. Y Shenute se apartó de él, porque sus bienes, dijo, podían contaminar a los pobres: “Eres anatema tú y tus posesiones”. De poco le sirvió a éste comprender que Dios-a era capaz de sufrir por amor a la humanidad vulnerable.
La metáfora del fuego es usada por la cristología alejandrina para representar la compenetración (perikhóresis) del Logos divino en la carne (sarx) humana/viva y la comunicación de propiedades (gr. antidosis idiomaton; lat. communicatio idiomatum) entre ambos:
"Esto aclara el modo en que acontece la encarnación. [...] Dios le dio a Moisés un símil: llegó en forma de fuego a una zarza del desierto; en el matorral ardía el fuego, pero el matorral no se quemaba ni consumía. Moisés se extrañó de ver que el matorral y el fuego no se fundían, porque arrimando fuego la leña arde y se consume; pero, como he dicho, su visión fue admirable porque en el descenso quedó claro cómo sería posible la conjunción de la naturaleza divina con la humana [sin alteración (texto etíope)], pues en Dios todo es posible" (Cirilo de Alejandría, Quod unus est Christus, 55, 2).
La misma imagen, quizá con anterioridad, fue usada por el presunto hereje Nestorio, en línea con la escuela de Antioquía:
"Como el fuego (estaba) en la zarza, y la zarza era fuego y el fuego zarza, y los dos eran zarza y fuego y no dos zarzas ni dos fuegos, ya que ambos estaban en el fuego y ambos en la zarza, no separados sino en unidad" (Nestorio, Liber Heraclidis).
Tal análisis de un símbolo universal, el fuego, para representar la renovación interior del universo desde sus primeros elementos, nos invita a superar el ámbito de las sociedades que sacralizan la violencia: el fuego purificador que mata o debilita dolorosamente a los enfermos-pecadores (penitencias), el fuego devorador que consume a su víctima (sacrificios), el fuego creador-destructor que mueve el cosmos (estoicismo). El fuego divino que se ha revelado en la vida de Jesús se significa en el amor siempre activo, dentro de una relación interpersonal. La perikhóresis (“danza-en-corro o alrededor”) es una metáfora del diálogo de amor que une a las personas, hasta la comunicación plena, o que une a la persona divina con toda la creación a través de su humanidad vivida, existente, experimentada, real, que tiene historia.
Ambas escuelas de cristología, antioquenos y alejandrinos, estarían de acuerdo en que el modo narrativo de la tradición bíblica era más adecuado que el discurso argumentativo o el silogismo para hablar de una divinidad que asume la alteridad de la criatura en desarrollo. Ni se funde con el universo (panteísmo), ni se queda fuera del mundo (dualismo), gracias al acontecimiento de su encarnación personal. En el relato cabe significar el drama y el lirismo, la memoria y la progresión del vivir humano. Si Dios es Palabra, no sólo el “logos” de una lógica formal, tiene la capacidad de comprender las vidas narradas y darles nuevo sentido. “Él ha llamado carne y sangre toda su estancia mística”, sintetiza Basilio .
No una “innovación dogmática”, sino una revolución interior, es el hecho de afirmar que Dios-a ha sido capaz de aprender a vivir en la condición de un ser humano, por la persona del Hijo, y en la memoria de todos los seres humanos o aun de todos los seres vivos, por cuanto también es Espíritu. No ha dejado de ser quien era, infinito/a y eterno/a, pero ha llegado a ser, también, humano/a, a través de una historia de aprendizaje. La plenitud que culminó en el acto de la Última Cena, es decir, el desarrollo de Jesús hasta llenarse de amor y entregar su memoria por propia voluntad a quienes estaban con él, para la salvación de muchos, es el horizonte al que aspira el Espíritu en cualquier humano/a, a través de su propia vida, su historia y su memoria personal.
El aprendizaje de Jesús es efecto de su libertad práctica para amar, a pesar de los impedimentos internos y externos. Ese amor se consuma en la comunión de vida (acogida, comprensión, servicio, mesa común) con muchos otros interagonistas a lo largo de su camino, desde el seno de la madre. Cualquier humano crece a través de una o varias tradiciones culturales (lenguas, esferas sociales), dentro de un mundo vital que abarca, en potencia, todos los saberes y prácticas humanos, hasta la entrega del Espíritu acrecido, aunque sólo fuera por la melodía del corazón materno, a Dios-a y a sus semejantes.
Lo que vayamos a hacer juntos con esa memoria compartida no es tan difícil de imaginar: reconciliarnos en una sola humanidad para crear el mundo nuevo, con justicia hacia todo lo que vive, si es que estamos dispuestos a amar y a perdonar. Crear armonía en el cambio con el corazón de Mozart, buscar la verdad con la valentía de Hipatia, entender el universo (y otros universos posibles) con la mente de Einstein, hacer cara a la injusticia como Rigoberta Menchú, amar al ser vulnerable como una madre, contemplar la integridad del ser como Budha; vivir en gratuidad y entrega por los demás como Jesús, en cuyo corazón, mente y entrañas cabe toda la experiencia humana, de cada uno/a de nosotros/as; ver con todos los ojos y hablar en todas las lenguas, con un mismo Espíritu.
Pero no hay razón para rechazar ese fuego hasta la vida en otro mundo, excepto que me lo impida un egoísmo absurdo. Eso sí que es absurdo de a de veras.
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Le agradará saber que la iglesia nestoriana caldea decidió hace casi dos siglos reunirse con la iglesia católica
Vd. repite al pie de la letra lo que decía hace años González Faus. Piense que el nestorianismo es una herejía cristológica incompatible con la fe. Es lógico que quienes no profesan la misma fe, formen su credo.
Viernes, 17 de febrero
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
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Religión Digital
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Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya