Romances ultramodernos

Hipatia y Cirilo de Alejandría: ¿Quién representa a Cristo?

15.10.09 | 11:21. Archivado en Amor
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La última película de Alejandro Amenábar, Ágora, ha puesto sobre el candelero la necesidad de reflexionar acerca de la manipulación en la memoria cultural y la razonabilidad en las religiones. La sabia Hipatia es un caso bien elegido para provocar un debate abierto en el espacio público que ha traido consigo la modernidad.
Dentro de un libro todavía no publicado sobre la Historia del cristianismo a través de sus textos sagrados, en su contexto histórico, social, literario y filosófico (Memoria y esperanza), ya me había ocupado de lo que pasó en Alejandría el año 415. Sus fuentes principales, no lo olvidemos, son los historiadores cristiano-helenísticos de aquella época. No se lo ha "inventado" el guionista de Amenábar. He aquí la primera parte:

Fabulación vs. Historia

La pretensión de identificar al imperio con la institución eclesial, y la situación creada por ese pacto, como cumplimiento de las promesas milenaristas (Eusebio de Cesarea, Vita Constantinii), produjo un efecto inmediato: la sustitución de la memoria por la mera fabulación. A causa de su tipicidad extrema, era fácil que mártires y ascetas se convirtieran, a los ojos de las propias iglesias, en figuras fantásticas sin apenas conexión con la vida cotidiana, excepto el delgado hilo que sirve de soporte a una serie entretenida de aventuras o a la representación del trasmundo, como en las revelaciones apocalípticas, valga la redundancia.
Así ocurrió después del s. IV, a través de distintas colecciones: martirologios, calendarios o menologios (menaion). Los mártires y los ascetas ya no eran humanos, sino héroes semidivinos que debían llenar el vacío de los héroes y dioses paganos. Durante la edad media, la tendencia a la exaltación fantástica se acentúa notablemente , de la mano de obras como la Menología de Simeón Metafraste en oriente y la Legenda aurea de Jacobo de la Vorágine en occidente, así como aquellas formas de la novela cristiana que se desarrollan en paralelo con la épica y el romance greco-bizantino: comenzando por los Hechos apócrifos de los apóstoles (Andrés, Pablo, Tomás, Felipe, Pedro y los Doce apóstoles, Bernabé), pasando por la literatura pseudoclementina (Homilías y Reconocimientos), hasta el Barlaam y Josafat.
A partir del s. XVII, el jesuita Jean Bolland y los bolandistas, continuadores de su empresa, se ocuparon de recoger y editar las tradiciones en forma de Acta Sanctorum. El nombre es tan engañoso (actas de lo que no son hechos) como los supuestos que siguen vigentes para canonizar a los santos como figuras únicas, caídas del cielo: su carácter sobrehumano contra su humanidad. De similar manera, sólo se reconoce la calidad de víctimas y la semejanza a Cristo de quienes pertenecen a un bando beligerante: el propio; y, dentro del propio, a la propia familia ideológica.

Ninguna autoridad imperial, excepto la potestas interna, impide hoy que podamos reconocer mártires a las víctimas de la persecución en nombre de la religión cristiana, comenzando con las penas de muerte aplicadas por el emperador Teodosio contra los ritos de adivinación (385) y cualquier forma de culto (392). Poco importa lo que pensemos sobre los otros, si no somos capaces de reconocer los males provocados por nosotros. No hay ninguna diferencia moral, a pesar de la distancia temporal y la disparidad de contextos, entre la famosa destrucción de los Budas por los talibanes que gobernaron Afganistán hasta el año 2003, y el saqueo destructor del Serapeum en Alejandría (392), todavía más famoso en su época. El culto a Sarapis era una alternativa mística a los mitos guerreros, sin relación alguna con la violencia. Un poema de Constantinos Cavafis, en forma de oración a Cristo, plantea el dilema y lo resuelve por medio del amor: “mi padre fue sacerdote del Serapión”.

En todo caso, habrá que reconocer que la destrucción de la estatua de Sarapis a hachazos es anecdótica ante la muerte de un ser humano. Señalo uno entre un número indeterminable, durante la persecución contra el “paganismo”. El linchamiento de Hipatia (415), filósofa neoplatónica y bouleutés de Alejandría, a incitación del contradictorio y fanático Cirilo, quien tenía a su servicio personal un ejército de quinientos monjes (!), ha dejado una huella impresionante en nuestra memoria cultural. El historiador cristiano contemporáneo Sócrates la consideraba “un modelo de virtud” y asegura que había superado en saber a los científicos y filósofos varones de su tiempo, por lo cual hablaba en público ante la asamblea sin ningún rebozo (Historia eclesiástica, VII, 15). Fue secuestrada, arrastrada a un templo cristiano, torturada hasta la muerte allí mismo, descuartizada y quemada. Su recuerdo se avivó en el Renacimiento, como muestra el hecho de ser incluida por Rafael en La escuela de Atenas, y continúa hasta la fecha, aunque ninguna de sus obras se nos ha transmitido. La causa: el mismo anatema que la asesinó brutalmente.

Más allá de cualquier fosilización del pasado o una esclerosis de la memoria, la lectura incondicionada de los evangelios en su propio contexto nos permite deshacer la inclinación mitificadora. La ironía constante en la cultura popular frente a cualquier autoexaltación (Mt 23, 1-12, esp. v. 12), su comicidad y su resistencia a asimilar las investiduras sobrehumanas (Mc 10, 42-45 par.; Jn 13, 1-16, esp. v. 8-10), deshacen el rictus heroico. Frente al supuesto de que cualquier titubeo ante la muerte degrada a la persona e incluso la expone a la mofa de los puritanos y los celosos, Jesús demuestra en varias ocasiones, a lo largo de los diversos relatos, que puede escapar a la trampa tendida.
Lucas sitúa una escena comprometida nada más comenzar su camino, en Nazaret, entre sus paisanos, quienes le apresan para despeñarle: “Pero él, pasando por entre ellos, se marchó” Lc 4, 30. Según el relato de Marcos, cuando se recluye en Tiro (Mc 7, 24) y, luego, anda por tierra de gentiles (Decápolis, Betsaida, Cesarea de Filipo), no es difícil deducir que está huyendo de las autoridades, con quienes se ha enfrentado en varias ocasiones. Tampoco es que sus seguidores le hayan abandonado, puesto que la muchedumbre aparece en aquel intermedio; sólo que no están pisando el territorio controlado por Herodes (Mc 8, 1ss.; 8, 34ss.; 10, 1; cf. 9, 30; Lc 13, 31-32).
Pero una muchedumbre inerme no puede protegerle, como tampoco a sí misma. Jesús reafirma su opción por la no-violencia: “Si alguno quiere venir detrás de mí, qué se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” 8, 34. Cuando vuelve a Galilea, “no quería que se supiera” 9, 30. Prepara a los Doce en la casa de Cafarnaún para lo que va a suceder, porque está determinado a subir a Jerusalén. Y lo hace. Reaparece públicamente en Judea y en la Transjordania (Mc 10, 1). Entra en Jerusalén, a través de Jericó. Aun así, en el huerto de Getsemaní, ruega a Abbá para ser librado de ese suplicio (Mc 14, 32-42). No es un legionario amigo de la muerte, consagrado al emperador o a Mitra.
Lo mismo podemos reconocer en el relato del apresamiento fallido de Pedro por el flamante rey Agripa (Hch 12, 1-19) o en la misión de Pablo, a través de una secuencia apabullante de denuncias, juicios y hasta de linchamientos (relatados en sumario por 2Cor 11, 23-33). “Si hay que vanagloriarse, por mi debilidad me gloriaré” 2Cor 11, 31. A pesar de su empeño en correr el peligro, Pablo se zafa con astucia de sus perseguidores en muchas ocasiones (2Cor 11, 32-33; Flp 1, 12 ss.; Hch 22, 25; 23, 1ss., etc.). Ninguno de los dos quiere morir. Su misión consiste en “hacer el bien” a la persona viva (Mc 3, 4; 7, 37; Hch 10, 38; Rm 2, 7; Gál 6, 9). Su vocación no consiste en autoinmolarse ni en morir apresuradamente, sino anunciar el reinado de Dios-a e incorporarlo en el seno de la comunidad humana, sin los muros interpuestos por el prejuicio (Lc 6, 27-38 Q; Gál 5, 13ss.; Rm 12, 1ss.).

Mucho menos podríamos confundir a Jesús con un instrumento del homicidio o del "anatema" (heb. herem, "exterminio") contra ningún enemigo. Ya pasó la época en que podían engañarnos en nombre de lo más sagrado. Nada hay más sagrado que la persona viva.
A Hipatia no la ejecutó el fuego de la compenetración por amor entre Dios-a y el ser humano. Fue asesinada por el odio y el celo de quienes desean más el dominio que el bien común y disfrazan el Misterio con el espejo de su propio rostro aterrorizante, hasta hacerlo incomprensible.

Digo lo que Cavafis: "Mi madre fue una sabia mística e investigadora de la verdad". Y me alegro por ella, sea cual sea mi destino.

4 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Verdad, ja... 17.10.09 | 10:18

    "¿Verdad?"

    Eso, señor, "¿verdad?" Creo que la verdad --también la "memoria" a la que se refiere usted-- es algo que compromete seriamente a los cristianos (si es que usted dice serlo, lo que confieso no saber...). Pues que sepa que toda su pobre letanía exegética no decora ni suaviza el que usted está acusando al Patriarca Cirilo, un santo y doctor tanto de la Iglesia católica como de la ortodoxa y la copta --y por extensión a toda la Iglesia de la época-- de estar detrás del asesinato de Hipatia, cometido en realidad por cuatro insignificantes exaltados. Y no tiene más prueba que su propio deseo de manchar a la Iglesia y su personal "odium fidei". Por mí puede seguir parafraseando. Ah, y permítame recomendarle también, si es tan amable, "Las mil muertes de Hipatia". Tecléelo en Google.

  • Comentario por Joaquín 16.10.09 | 02:28

    No le niego que, como a cualquier ser humano, el hecho de que el nombre de Jesús haya sido utilizado para promover acciones como ésta, hace dudar sobre cualquier sentido común.
    Pero no podemos achacar a Jesús de Nazaret que una mujer sabia y buena, quien es evidente que hizo lo posible por promover la convivencia entre cristianos y otras religiones (tenía en su escuela de filosofía a cristianos, judíos, gnósticos, neoplatónicos, etc.), padeciera un suplicio parecido al suyo.
    Le recomiendo el artículo de José Ma. Blázquez, "Sinesio de Cirene, intelectual. La escuela de Hypatia en Alejandría", disponible en la Biblioteca Virtual Cervantes. Desde luego, la fuente más cercana a los hechos y más fiable es el historiador cristiano Sócrates (llamado Escolástico por convención).
    Si usted ama a Jesús Mesías tanto como yo, estará preparándose para compartir la Memoria de todas las víctimas con él. ¿Verdad?

  • Comentario por Se puede odiar la verdad y la fe... usando el dulce nombre de Cristo 15.10.09 | 18:01

    "...a incitación del contradictorio y fanático Cirilo..."

    Cita el pasaje de Sócrates donde se diga esto o algo parecido, pues veo que has leído al Escolástico y lo referencias cuando te interesa.

    "...quien tenía a su servicio personal un ejército de quinientos monjes (!)..."

    Según Sócrates, fueron los monjes de Nitria los que tomaron la iniciativa de bajar y ponerse a disposición del Patriarca. Para hacer semejante exhibición de "odium fidei" no necesitabas soltar semejante plastazo pseudo-hermenéutico que sólo impresiona a los de la LOGSE. Vuestro Amenábar ya lo ha hecho mucho mejor bajo la advocación de los librepensadores millones de Berlusconi. Y mañana qué: ¿calumniamos también al buenazo de Sinesio, como ha hecho el niño mimado del pésimo cine español...?

  • Comentario por Hypatia 15.10.09 | 12:36

    Lamento, contra mi inclinación, no poder llevarte la contraria.

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