El conocido pasaje de 1Re 3, 16-28, el juicio salomónico, puede servirnos para analizar la realidad de la educación en España, comenzando por replantear el desarrollo –o subdesarrollo- de la libertad religiosa, junto con los demás derechos humanos, sociales y laborales. Alguien se preguntará, aunque sea desde el cielo, a qué se deben hechos diferenciales como los siguientes.
En la universidad española no existe el área de conocimiento Ciencias de la Religión, como si no existiera la religión, lo cual es, digamos un ateísmo idealista. Puede que no exista Dios (es una quaestio desde hace tres milenios) pero no hay ninguna sociedad sin religiones.
En el otro extremo del ring, la enseñanza de la religión institucionalizada dentro de la educación pública insiste en tratar a los educadores como si fueran meros instrumentos (y no educadores por antonomasia) e imponer un currículo barroco y antipedagógico, sin exagerar.
Por último, en un si es no es, el sistema de colegios religiosos de la enseñanza concertada carece de garantías tan simples como una concurrencia regulada del personal docente para optar a un puesto de trabajo, de la forma que mejor se considere: una “habilitación” profesional, una bolsa de trabajo con criterios razonables y baremos objetivos. Las razones que se dan son empresariales: contrato a quien me da la gana, en nombre del “ideario del centro” o su proyecto particular. ¿Con fondos públicos? Los diferentes gobiernos desde 1978 sostienen esa situación provisional por el simple hecho de que les sale más barata y crea una escala laboral latente, inconfesa.
El escenario de ese combate no favorece ni la calidad ni la equidad en la educación. Con tal de mantener el prestigio, los centros concertados eluden en cuanto pueden la admisión de niños si temen una “rebaja del nivel”. Basta repasar la localización de centros públicos y concertados (aun sin contar los privados) para comprobar que el supuesto de una “mayor calidad” en estos últimos es el resultado –con excepciones muy notables, por su eficiencia pedagógica- de una selección previa que no garantiza la equidad. Hay muchos menos centros concertados en barrios obreros (desempleados) o marginales y zonas rurales. Así, cualquiera.
Si tomáramos verdaderamente en serio la libertad religiosa en el ámbito de la educación pública, tendríamos que empezar por acordar garantías para que los docentes puedan ejercerla. El supuesto –al menos, cuestionable- de que la religión sólo puede ser enseñada y debe ser totalmente dirigida por obispos, pastores, imanes, es decir, jefes institucionales o religioso-políticos que ni siquiera son elegidos democráticamente, ha servido de prueba a quienes construyen, por medios similares, una religión civil y unos valores de lo sagrado sin Misterio, en lugar de las tradiciones de la memoria. Si se aplicara el mismo rasero desde el s. I, habría que incapacitar a Orígenes, a Francisco de Asís, a Teresa de Jesús, para enseñar la religión, además de al mismo Jesús y, por supuesto, a todos los profetas no seleccionados por el Templo.
La diversidad religiosa no hay que demostrarla: es un hecho que sólo niegan los totalitarismos de cualquier cuño, sean laicistas, sean integristas. Sería mucho más razonable que en España se desarrollara –menuda novedad- un área de ciencias religiosas en la que pudieran integrarse, sin discriminación, pedagogos de cualquier confesión, con la condición de practicar la educación inclusiva, y con la garantía de expresarse libremente. La elaboración del currículo tendría como base unas disciplinas que no sustituyen a la teología ni a la metafísica, ni a la catequesis (ciertamente, insustituible), sino que han surgido durante los últimos tres siglos para sanar las patologías de la religión y para estudiar el hecho religioso desde todos los puntos de vista: filosofía, fenomenología, estética, ética, psicología, sociología, historia, hermenéutica. No hace falta insistir mucho en que ese ámbito del saber humano es necesario para cualquier sociedad, en medio de una vorágine de montajes sobre lo misterioso (lo siniestro, lo fatal), a la vista de los integrismos rampantes y de los totalitarismo de cuño laico, que “escupen el mosquito pero se tragan el camello”.
En vez de pelearnos por ver de quién es el niño, podríamos aprender con el personaje de Salomón que sólo quienes ponen en primer lugar la persona viva en desarrollo (ambos aspectos: su vida y sus capacidades) tienen derecho a decir: “soy su madre/padre”, “soy su educador”, “soy su servidor”. La defensa de la libertad de enseñanza comienza por la libertad de expresión en la propia familia, siempre que sea razonada y argumentada. La promoción de la calidad junto con la equidad empieza por uno mismo.
Lo que está en juego, tan importante como el cambio climático o la crisis financiera, es que ninguna religión sea utilizada por medios unilaterales, antidemocráticos, deshumanizadores, para predicar la violencia sagrada, la iniquidad, la misoginia y el machismo (o viceversa), el odio, el statu-quo, en nombre del ser divino, de quien somos aprendices en imagen.
Estamos dialogando. Líbranos del veto.
Viernes, 17 de febrero
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya