Revolución y machismo
30.11.08 @ 07:42:45. Archivado en Amor
La ocasión de hacer memoria no tiene una sola cara, como los ídolos de la dominación total (Hanna Arendt), ni dos, como el Jano de los poderes benefactores y represores, que acarician con una mano y golpean con la otra (Bateson, Girard).
Si somos capaces de quitar la máscara al pasado nacionalcatólico, que se ha disfrazado de violencia sagrada para impedir la diversidad real o someterla a una jerarquía de castas, también deberíamos serlo para descubrir lo que las izquierdas de este país sabemos en lo más profundo de nuestro corazón: la Revolución violenta no es el colmo de la opción por los pobres, sino la legitimación del horror en nombre de la justicia. Sus víctimas preferenciales son las mujeres.
La breve historia de la República española sigue siendo mejor conocida por extranjeros que por españoles. Es cierto que los sucesivos gobiernos fueron incapaces de abordar la reforma agraria, generalizar el derecho a la educación y desarrollar un sistema de Seguridad Social, en medio de la crisis económica provocada por el crack del 29. Pero no cabe duda que lo intentaron y estaban en trance de conseguirlo, si la democracia hubiera tenido más aire en los pulmones. La Revolución de 1934 no debería confundirse con la victoria electoral del Frente Popular, según hemos oído decir durante décadas. Las violaciones y violencias de 1934, en ambos sentidos, tampoco pueden olvidarse. Quienes triunfaron en las elecciones de 1936 no fueron los violentos, sino los partidarios del cambio social, frente a quienes no lo deseaban. Por el contrario, el golpe de estado del 18 de julio llevó a la palestra y sacralizó en la práctica la estrategia de los demonios que se posesionaron de este país durante varias décadas, hasta que el Concilio Vaticano II fue recibido en España, gracias a una generación de creyentes hoy poco apreciada por unos o por otros; y hasta que comunistas y socialistas asumieron el marco democrático con todas sus consecuencias. Los terroristas del signo que sea todavía no lo han hecho.
El machismo de la Revolución ha dejado sus huellas en todos los países donde ha triunfado: Europa del Este, Rusia, China, Sureste de Asia, Cuba, Nicaragua, pero todavía antes en México. El último día recomendé la lectura de una novela de Carlos Fuentes, Los años con Laura Díaz. Vuelvo a hacerlo para comprender específicamente esta cuestión: ¿de dónde procede el fantasma de una supuesta rendición de las mujeres al macho violador, fuerte y sudoroso? Como aparece narrado de forma indirecta en ese relato, a través del trauma sufrido por la joven Cósima, abuela de la protagonista, a quien un bandido guapo rebana los dedos para llevarse algo de ella, esa fascinación es producto de un trauma no sanado. Igual que el patriarca se ampara en su poder benefactor para aterrorizar a sus crías, especialmente las mujeres a quienes rodea con el cerco de la vergüenza, el macho dominante por su fuerza impone el sello de lo indiscernible entre sexualidad y muerte.
El modelo de humanidad que pretendía implantarse por medio de la violencia era una herencia de Aquiles, armado e implacable, al cual debían prestar adoración, por medio de la religión civil, tanto hombres como mujeres. Ese tal tenía sus órganos genitales por bandera, junto a raptos de compasión por el amigo. Nos hemos pasado años y años exaltándolo en una épica feroz de taberna, que impregna incluso la muy bien construida novela Soldados de Salamina. La lírica ha sido mucho más sabia, como podemos comprobar en las nicaragüenses Gioconda Belli, Michele Najlis o Claribel Alegría.
No es casual que en México el símbolo de la resistencia al PRI fuera María del Tepeyac, con todos sus rostros: el cuidado del ser, en vez de su destrucción; el trabajo de dar vida en vez de arrebatarla; la ternura para sanar y acabar con la violencia. Todavía queda mucho camino por andar, como nos han narrado Fernando López de Aranoa, el subcomandante Marcos y las comunidades indígenas que aparecen en el documental Caminantes. Lo he contado por experiencia propia en otras postales de este blog.
Pero ha cambiado el paradigma.
Tengo que oponer con toda claridad el símbolo de la mujer empoderada al de la mujer esclava, bajo el yugo del patriarcado, o la mujer moldeada por la violencia sexual de Aquiles. Esa María, niña y adulta, que escoge a un campesino pacífico para estar presente en la relación fraterna y en el amor amante, según canta la prosa del Nican Mopohua, se asemeja a la Casandra que Christa Wolf rescató frente a los rostros hieráticos de los machos dominadores, marciales, a los dos lados del telón de acero. La Revolución y la Reacción son rivales casi idénticos, si atendemos a lo sustancial: el reconocimiento o no de la diversidad, de la gracia y la dignidad, del amor en muchos colores como único camino para hacer justicia.
La sexualidad ha sido reprimida por la Reacción y por los códigos de pureza patriarcales. Pero la Revolución ha contaminado el corazón que ama, por medio de legitimaciones al odio y a la utilización de las mujeres como esclavas sexuales. Las maestras de la República son hermanas de las monjas contemplativas en el crisol de su humanidad con rostro femenino. Ni unas ni otras consintieron amar más que al ser elegido libre y voluntariamente. No hay quien las venza, ni aun cuando destruyamos o malgastemos su memoria.
Es tiempo de cambiar y de perdonar, si rescatamos la cualidad humana que hemos heredado, en vez de limitarnos a contar los muertos.
Comentarios:
Gracías a tí, por traernos la reflexión profunda que salva a la mujer en igual dignidad que el hombre. Y construye puentes frente a quienes levantan trincheras.
Un abrazo.
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Joaquín Martínez
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