Hacer el fantasma, hacer memoria
27.11.08 @ 13:56:52. Archivado en Amor
El debate actual en España acerca de la memoria histórica no es un anacronismo. Querámoslo o no, hemos dado lugar a un mundo de la vida intercultural y globalizado, en el que las narraciones no dejan de contarnos nuestra Historia de historias, como un medio ineludible para encontrar sanación, inmanente y trascendente. Nadie puede abstraerse de esa realidad, como si ya poseyera la verdad plena. En el caso de los cristianos, la razón es muy simple: el Evangelio ha servido de fermento para esa búsqueda compartida con cualquier humano/a en este mundo.
En un momento crítico como el que estamos viviendo, es oportuno buscar ayudas para la meditación en el arte, además de en el Evangelio. Propongo algunas obras: Buongiorno, notte, de Franco Bellochio; Los años con Laura Díaz, de Carlos Fuentes; una reciente película, La buena nueva, de Helena Taberna.
Las tres coinciden en hacer memoria sin hacer el fantasma. Una lectura contemporánea de los evangelios podría conceder, al menos, que Jesús se confronta a quienes pretender aterrorizar al pueblo por medio de fantasmas fabricados en el laboratorio de la ideología: los “espíritus impuros” son los símbolos de la violencia que se han posesionado de algunas personas, casi siempre por efecto de un trauma.
No se trata sólo, ni en su mayoría, de víctimas que no han tenido la oportunidad de sanar sus heridas. Una “mala educación” es siempre traumática: la mayor parte de los Jefes que han hecho el papel de Bestias en la Historia de historias (Hitler y Franco, Bush o Aznar, pero también los líderes revolucionarios violentos) son el producto de golpes mal encajados y, sobre todo, de varias patologías agrupables por el mecanismo endiablado del “doble vínculo”, es decir, por la fascinación y el terror que provoca una figura próxima de autoridad, a quien amamos y admiramos, al mismo tiempo que nos produce daño o nos humilla.
Bateson lo explica, a semejanza de Freud, por referencia a una infancia desgraciada: el padre o la madre (para el caso es lo mismo) que utiliza un doble código de comunicación, hasta hacer imposible la distinción lógica entre el amor y el odio, la bendición y la maldición. Es lo que ocurre cuando decimos a un niño: “Sabes que lo hago por tu bien”, “sabes que te quiero”, mientras nuestra comunicación no verbal le transmite algo muy distinto: golpes, desprecio, etc. Pero no es nada difícil percibir que esta causa de neurosis o, en casos extremos, de psicosis, puede producirse por otras mediaciones y en otras edades de la vida: la religión del amor fatal, la violencia doméstica, el apocalipticismo, las divinidades creadoras/destructoras. Girard explica el doble vínculo por medio de la relación maestro-discípulo, modelo-imitación, a causa de una comunicación interferida por la rivalidad mimética, cuando el maestro se autodiviniza y el discípulo pretende suplantarlo. Ahora bien, lo más relevante es que las formas de relación descritas producen daño: convertimos al otro ser humano en víctima de nuestras patologías o nos hacemos mutuamente víctimas.
La película de Marco Bellochio tiene como tema el terrorismo de las Brigadas Rojas en la Italia que asistió al secuestro y asesinato de Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana. Su estética documental es muy eficaz para darnos a conocer las raíces del mal: los símbolos culturales que legitiman el uso de la violencia, tanto en la tradición revolucionaria, como en una lectura sacrificial y expiatoria que se hizo fuerte en el cristianismo contra el Crucificado. No tenemos derecho a sacrificar a nadie, sobre todo si ese alguien ha declarado su voluntad de vivir. Hay que quitarse las anteojeras para descubrir que Jesús, en Getsemaní y en la cruz, quería vivir. No sólo es un sentimiento de autoconservación, ni puede ser leído como una debilidad, excepto por misantropía (patológica). El deseo de vivir representa a toda la humanidad, como bien sabemos.
La novela de Carlos Fuentes es una historia de aprendizaje, desde el nacimiento hasta la muerte. No es un Bildungsroman: no se centra en un periodo de transformación, sino que repasa toda la historia del s. XX a través de la vida de una mujer mexicana, Laura Díaz, quien ha tenido la oportunidad de pasar por los periodos cruciales de la Historia común, desde su perspectiva existencial: la migración europea a América, el porfiriato, la Revolución mexicana, la Guerra civil española, la Shoah, la Guerra fría, la revolución de 1968 (la matanza de Tlatelolco), hasta la migración hispana en USA. Aunque sea un proyecto descomunal, la narración permite, de acuerdo con la intención del autor, que hagamos un discernimiento de la existencia humana más allá de los prejuicios en que nos acomodamos: la dialéctica entre enemigos inconciliables, la fe sin humanidad, las contradicciones ideológicas y religiosas que pretenden legitimar la injusticia, la violencia o el acaparamiento como medio para sostener un poder benefactor. No cabe duda que la imagen de Dios ha sido objeto de manipulaciones durante el s. XX que la hacen difícil de entender incluso a personas de buena voluntad. Si no admitimos esto, no tendremos siquiera la oportunidad de purificar el corazón, como resultado de un aprendizaje perseverante en el amor. Un amor sin fe es banal, pero una fe sin amor es destructiva.
Por último, la pelicula de Helena Tabernas no parece “otra historia de cura enamorado”, como he oído en críticas que pretenden pasar página sobre ella. Entra de lleno en el testimonio de un sacerdote que no ha sido dominado por la dialéctica entre revolución y cruzada, de modo que puede percibir la irracionalidad de la violencia y de sus legitimadores, vengan de donde vengan. Pero esto es sólo una pre-crítica. Confío en poder verla este fin de semana con mi mujer. Si alguien la ha visto ya, haga el favor de comentarla.
Comentarios:
Y lo que es peor, que esta represión fue posterior al tiempo de guerra, cuando ya eran los vnecedores, y quienes perideron no tenían nada que hacer, los creyentes y los religiosos, los hombres y mujeres que comulgaban a diarío lo hacian después de acusar al vecino-a de la casa de enfrente o de al lado...
Mañana, otra medalla y un poco más cerca para sentarse a la derecha de dios
Carmen
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Joaquín Martínez
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