La relación entre las religiones y el Estado sólo era directa –y todavía lo es- en regímenes totalitarios que prescinden de las personas como tales para ejercer sobre ellas su derecho exclusivo a decidir. Es la doctrina pseudocatólica de Carl Schmitt, pero también la de sus contemporáneos en la Unión Soviética.
El poder total se autorrepresenta mandando, sin tomar en consideración la conciencia ni la situación vital de quienes deberían resignarse a ser súbditos e instrumentos.
En el marco político de monarquías absolutas, dictaduras o democracias orgánicas, al igual que en el marco económico de aquellas empresas que tratan a sus trabajadores como máquinas programables, el poder ejecutivo y el poder religioso pueden coincidir u oponerse, sin que la sociedad civil tenga nada más que hacer excepto asistir a la pugna entre rivales miméticos que aspiran a dominar el mundo. No es ninguna exageración. Es un peso plomizo como el manto del ciego de Jericó.
El debate acerca de temas cruciales para toda la sociedad no puede ser hurtado por personas de prestigio o de poder, precisamente porque a través del diálogo en todas las esferas sociales es como la sociedad civil ejerce su derecho fundamental al aprendizaje. La instrucción del magisterio católico, como el imperativo de las leyes establecidas por procedimientos democráticos, puede colaborar en ese proceso, pero no es ni será nunca –tampoco en una deseada escatología- absolutamente válida. El aprendizaje inter-personal, comunitario y social necesita del encuentro y de la convivencia para verificarse. De otra manera no tendría sentido el hecho contrafáctico de la encarnación: Dios-a viene a vivir con los/as humanos/as a escala humana. Si Jesús se abre a la palabra y la experiencia de su entorno humano con verdadero amor, no sé en qué poder sagrado podríamos ampararnos para negar la realidad del diálogo por medio del cual Dios-a habla amorosamente a un sujeto aislado o un grupo cerrado acerca de lo cotidiano.
La educación, incluidas tanto la educación religiosa, como la educación de los/as ciudadanos/as, no sólo les preocupa a un círculo de poderosos, ni a unas cuantas asociaciones, ni a los partidos, los obispos o las familias conservadoras.
La religiosidad –en términos concretos, la espiritualidad abierta al diálogo personal con Dios-a- es un hecho antropológico que se desarrolla, abre y madura al mismo ritmo que la persona. No se limita al ámbito privado, sino que arraiga en las tradiciones comunitarias y vuelve a interpretar siempre de nuevo los textos que se consideran fundamentales para la revelación de quién es Dios-a. La educación religiosa tiene una dimensión pública que interesa a todas las personas sea de la condición que sean: hay unos criterios de razón –como reconocen similarmente el hoy papa Benedicto junto con el teórico social Habermas- los cuales deben ser satisfechos por cualesquiera prácticas religiosas, obviamente sin que nadie pueda ni deba penetrar inquisitorialmente las conciencias. La racionalidad comunicativa, sedienta de verdad pero dialógica y autolimitada, nos dice que no cabe legitimar por medio de las religiones ni la injusticia, ni la violencia. Sin embargo, las tradiciones religiosas nunca dejarán de ser necesarias para que la religiosidad individual se nutra en la memoria y en los hechos significativos que nos hablan de Dios-a o por los que Dios-a nos habla, a lo largo de la Historia o de nuestra historia.
De similar manera, no deberíamos confundir una educación para la ciudadanía que ayude a formar humanos/as capaces de compartir valores fundamentales y llevarlos a la práctica en sociedad –una ética civil-, con la formación de cristianos/as para el compromiso con Dios-a en el servicio a la salvación, es decir, con una “ética de máximos”. Ambas son necesarias para el bien común, pero la segunda no puede ser exigida, ni la primera puede ser prohibida, excepto por el fundamentalismo religioso que niega la racionalidad y los dones de Dios-a más universales: los derechos humanos. Viceversa: las tentaciones de quienes aún niegan a la libertad religiosa la misma relevancia que a la libertad de expresión, hasta el punto de ocultar y negar su propia vida interior.
En este planeta globalmente considerado como campo de acción humana y lugar de encuentro interpersonal con Dios-a, así como en este nuestro país de países, las religiones no tienen por qué negociar una cuota de poder. Es un hábito muy feo, como diría mi madre. Somos las comunidades que participamos del testimonio, la Palabra, el servicio a los pobres y la comunión en igualdad y libertad quienes lógicamente debemos hacernos cargo de financiar nuestras actividades propiamente confesionales o intragrupales.
Por supuesto, hay instituciones que se confiesan cristianas (o musulmanas o budistas), las cuales tienen derecho a subsidios como cualesquiera otras organizaciones civiles, empezando por las familias, en razón de los servicios que prestan a la sociedad en su conjunto. Pero una de las condiciones aceptadas por estos organismos de la sociedad civil es que no excluyan a nadie en razón de su fe, su conciencia, su etnia, sus (dis)capacidades, su género o su orientación sexual.
Cáritas o Entreculturas no discriminan a nadie, sino por un criterio positivo que se funda en los derechos humanos al mismo tiempo que en el Evangelio: las necesidades y la libertad de las personas. Si no entiendo mal, la FERE ha decidido adoptar la nueva área curricular de Educación para la ciudadanía por los mismos motivos que comprende la primacía del derecho a la educación con el fin de escolarizar a los niños "no deseados" en el barrio donde se inserta cada centro.
Es más, ninguna familia del modelo que sea puede excluir a uno de sus miembros por los motivos citados. No puede hacerlo legalmente –tanto el divorcio como el aborto, en nuestro país, son excepciones discutibles a derechos y responsabilidades reconocidas para todos-, ni todavía menos en razón del Evangelio. Una familia cristiana no es aquella que “se purifica” de aquellos integrantes que no coinciden con sus ideales, sino la que puede dar testimonio de su fe a través del amor.
En suma, ni está justificada la pretensión de hacer desaparecer la educación religiosa de los centros públicos en nombre de un sujeto sin historia y sin contexto religioso, ni tampoco un programa que pretenda dominar el mundo y cerrar fronteras en nombre de Dios-a.
Cualquier cortina de humo ideológica que usemos para retroceder a un pasado histórico, inolvidable, en el que los privilegios pretendían justificarse en virtud de la pertenencia religiosa, tan sólo conseguiría provocar una repulsa razonable o una violencia irracional.
La universalidad anticipada del amor es mayor que la aspiración universal de la fe. Jesús lo hace patente en sus relaciones interpersonales con Dios-a Padre/Madre y con los otros protagonistas de los evangelios: su relación de ayuda no tiene límites. Comienza por ser apertura obediente al Tú, signo de Dios-a, y llega a ser aceptación incondicional de las personas/túes en el espacio interpersonal, donde se realiza la salvación, para convertirse en comunión universal: la plena gratuidad de Dios-a en la Última Cena.
Ahora recibimos los carismas de la fe y de la esperanza, junto con el amor, para reunirnos en ámbitos diversos de comunión: las familias, las comunidades religiosas o de otra índole, la sociedad. “Entonces permanecerá el amor”.
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Gracias por tus palabras que iluminan y son portadoras de FE, ESPERANZA Y CARIDAD.
Joaquín, gracias por volver a estar... Gracias por ayudarnos a pensar. Es refrescante tu post de hoy. Buen días. Xabier
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