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Tenemos un problema

Permalink 16.05.07 @ 01:19:41. Archivado en Artículos

Tenemos un problema con nuestra policía. Tenemos un problema con cómo nos torturan, tenemos un problema con la naturalidad con la que mienten ante unos jueces acostumbrados a desear oír esas mentiras. Tenemos un problema, y hay que buscar alguna solución, empezando por llamar a cada cosa por su nombre.

Sí, lo sé, no es cierto… en realidad tenemos muchos problemas: casi todos los políticos nos roban y luego se ríen en nuestras narices como en lo más sórdido de la Edad Media; entonces se comportaban como dioses, con sus sillas de posta, su altanería y modales ‘refinados’, y hoy hacen exactamente lo mismo, a bordo de esos Audi A6 y A8 con los cristales oscurecidos, que tanto les gustan y que muchos de nosotros interpretamos como un derroche que se traduce en una enseñanza pública Realmente mala y una sanidad pública en Franco retroceso (perdón por las mayúsculas intencionadas).

Pero hoy no quería hablar de eso. Tampoco quisiera hablar de los malditos tipos de interés variable, incardinados en una ‘política monetaria’ que en realidad solo beneficia a quienes poseen alguno de esos yates que utilizan para cenar, tras pasar la tarde en el golf y la mañana en misa.

No, no quiero hablar de todas esas cosas… ni siquiera del hecho de que nuestros mercenarios, hartos de un secuestro masivo que ya dura más de siete décadas, se dediquen a genocidear caucásicos, caribeños, persas o indo-asiáticos… no. El problema al que hoy quisiera dedicar algunas líneas es bien distinto:

Nosotros, el Pueblo, tenemos un problema con ‘nuestra’ policía; con quien les manda, y también con quien les controla.

Ocurre, que entre aquellos a quienes pagamos el sueldo, se entremezcla una piara de abusones que con el tiempo, se han acostumbrado a justificar su ‘razón’ en el abuso de la fuerza, y pocas veces al revés. Tenemos un problema: tenemos que soportar que individuos con un arma reglamentaria al cinto nos golpeen, nos insulten, traten de humillarnos, y nos provoquen… pasándose la Constitución por el forro de los cojones (sí, esa mala redacción, salida de la mano de un chusquero con apellidos compuestos, impuesta bajo amenaza de repetir en 1978 lo que ya hicieran en 1936, y ‘refrendada’ mediante un ‘proceso electoral’ en el que se votó a una única opción —omitiendo deliberadamente la totalidad de las propuestas alternativas que bullían en el seno de la ciudadanía—, en fin, todo muy “democrático”).

Hablo de la impunidad, de lo cotidiano de atropellar los derechos civiles y políticos… hablo de la normalidad con que algunos ven el recurso a la tortura, hablo del feo vicio de mentir en sede judicial, de la generalización de la práctica de ‘fabricar pruebas’, de todo eso… y de tantas otras cosas que todo el mundo sabe y de las que pocas veces oiremos hablar.

Opino yo, que a lo mejor el asunto tiene su raíz en nuestra curiosa forma de transitar de la primera a la segunda fase del franquismo. Probablemente, si a la muerte del terrorista que nombró al rey de España, hubiéramos iniciado un verdadero proceso de democratización del país, hoy no nos encontraríamos como nos encontramos.

El hecho es —por hablar con sencillez—, que tenemos un estamento judicial que causa sonrojo en el extranjero (se nos teme aún más que al país del “Expreso de medianoche”). Lo que digo es tan cierto, que cualquiera que disponga de cinco minutos para ‘jugar’ en el Google, puede comprobar lo que opinan en la OSCE de nuestros pequeños aprendices de Adolf, con toga.

¿Y eso qué tiene que ver? Pues muy fácil: si todo depende del criterio de un juez, y la mayoría de ellos son, como todos sabemos que son… he aquí una explicación del curioso respeto que ciertos hotentotes sienten por nuestros derechos constitucionales.

Quizá se arreglaría con sentencias ejemplares, o a lo mejor se podría resolver incluyendo una asignatura de filosofía en los planes de estudio de las academias de policía. Imagino que alguien con una mínima capacidad para razonar, debería comprender que no es civilizado agredir a personas inocentes, que demás le pagan el sueldo, valiéndose para ello de las porras y el resto material que sus propias víctimas le han puesto en la mano, con la ilusa esperanza de que les brinde seguridad y protección.

Volviendo a la Historia: basta darse un garbeo por las transiciones de verdad que se han llevado a cabo en países como Alemania, Sudáfrica, Argentina o Chile, para concluir que en España nos hemos saltado algunos pasos. Pasos, como el de obligar a la Empresa de Brujos Romanos a que se busque las habichuelas por si misma —y de paso, que se mantenga alejada de nuestra infancia—; pasos, como el de abundar en la separación de poderes… o incluso cosas más evidentes: como el hecho inexplicable, de ponerse a redactar una Constitución, omitiendo el detalle de que antes se debe abrir un Proceso Constituyente.

A la vista de lo ocurrido en Malasaña, en la Gran Vía, en la comisaría de los Mossos d’Esquadra, en la Puerta del Sol, en la Glorieta de Bilbao, y en tantos y tantos otros lugares, cabe suponer que uno de los pasos que se quedaron en el tintero, fue el de una formar una Comisión de la Verdad, que se encargara de depurar los mayores crímenes (y a los mayores criminales) de los primeros 40 años del franquismo.

Ojo, que nadie se asuste, no pretendo encarcelar a los hijos de la gran puta que se lo merecen, no, no es eso, no es eso… pero convendréis conmigo, que no estaría de más conocer el nombre de quienes apretaron el gatillo contra Grimau —aunque solo sea por respeto a su familia—, o mejor aún: identificar a aquellos que, simulando ejercer de jueces, ensuciaban el nombre de la Justicia, haciendo las veces de meros intérpretes de un sistema legal viciado desde su origen.

No es eso, no es eso… no pretendo encarcelar a esos hijos de la gran puta… pero sí quisiera al menos saber quienes son, y apartarles para siempre de nuestras Instituciones Públicas. Lo mismo me da si están enchufados en los consejos de administración de empresas públicas malvendidas a los amigos, o si ensucian hoy algún escaño en el Senado. No me importa en cual de lo tres poderes vegetan… no les quiero entre rejas, les quiero en la puta calle.

¿Por qué? Porque así como nadie come en el sitio donde defeca, no podemos esperar Democracia precisamente de aquellas personas en quienes reside la esencia de lo contrario.

Tenemos un problema: una preocupante proporción de miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado está compuesta por delincuentes reincidentes. Cosa que además de provocar inseguridad en la ciudadanía, ensucia el buen nombre de sus instituciones y desprestigia a sus compañeros honrados. Iba a escribir ‘delincuentes comunes’ pero no, no es nada común delinquir amparado en una fuerza concebida para luchar contra el crimen. Es zafio, grotesco, vulgar, soez, vil… que un policía agreda a un inocente e indefenso ciudadano, es una falta de respeto a la civilización.

Es tan natural, que todo padre o madre saben bien de lo que hablo: las criaturas tienden a hacer todo lo que se les permita. Con la policía ocurre exactamente lo mismo, y puesto que nuestro sistema judicial padece de vergüenza sistémica, anclado en el pasado… y escorado a la ultra-estribor… nuestros ‘profesionales de las armas’, como si de niños se tratara, hacen todo cuanto se les permite. Es decir, todo.

Del mismo modo que para apagar un fuego se debe dirigir el extintor hacia la base de las llamas, para acabar con la impunidad, para concluir con esta burla al Estado de Derecho, es necesario introducir elementos de supervisión en la actuación del Poder Judicial y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Esta supervisión no debe traducirse únicamente en aumentar el control político (jodiendo aún más la separación de poderes), no, no es eso, no es eso… lo que necesitamos es mayor transparencia, verificabilidad, luz, libertad de expresión, limitar —por ejemplo— los abusos en la práctica de declarar secretas aquellas actuaciones judiciales que producen vergüenza ajena.

Necesitamos policías mejor formados en criterios humanistas, con verdadero espíritu de servicio a los demás. Necesitamos más y mejores instrumentos de control de la función pública; mayor transparencia y participación de la ciudadanía en la Administración de Justicia.

La policía no merece tener en su seno a semejantes individuos. La judicatura no merece verse sometida a semejante descrédito intestino. La clase política no merece verse representada por individuos que ven obstáculos donde no debería haber más que propuestas ciudadanas a tratar con el debido respeto al juego democrático. La policía, la judicatura y la clase política deberían recuperar el Alto Honor que los ciudadanos esperamos de nuestras instituciones públicas.

Que nadie se confunda, no pretendo meter a todos en el mismo saco, “generalizar es malo” ¿recuerdan? Se muy bien que entre esos pocos seres deleznables, hay un buen número de buenos profesionales. Por eso mismo, por el respeto a esos policías, jueces y políticos honestos… por el mayor respeto que sin duda merece el común de la ciudadanía, ruego, por favor, hagan algo, porque estamos con la mierda al cuello.

Necesitamos que alguien vigile al vigilante.

De lo contrario, todo seguirá como en los últimos setenta años, habrá miedo, silencio, palizas, gritos, fábulas jurídicas, vergüenza ajena, temor, violencia, corporativismo, pruebas falsas, heridos, familias destrozadas… y ciudadanos que teman a sus gobernantes, en lugar de justo lo contrario.

¡Salud y Justicia!

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Jaime tiene más razón que un santo. Ayer mismo, los Mossos de Escuadra utilizaron PUNZONES para reprimir una manifestación de ocupas.
Enlace permanente Comentario por Julián, de Fuenlabrada 20.05.07 @ 21:11
¿Por qué le han colocado a Ud. en la sección de literatura? ¿Lo suyo es ficción?
Enlace permanente Comentario por Me pregunto 20.05.07 @ 16:55

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