Ciutadans y el neolenguaje
09.11.06 @ 23:21:11. Archivado en Artículos
Reflexión sobre cómo nos manipulan acostumbrándonos de niños a creer que las palabras tienen unos significados muy distintos de los que más tarde el Poder se encarga de otorgarles. El último caso descubierto: la palabra ‘ciudadanos’.
Desde que Orwell se atreviera a diseccionar el proceso de manipulación intencionada del significado de las palabras –al que acertadamente llamó ‘neolenguaje’–, asistimos a un espectáculo que últimamente interpretan mercenarios de tertulia, libelistas de gran tirada y radio-embusteros a sueldo del Señor. Nos entretienen con un juego en el que la verdad es lo de menos, en el que valores como el respeto o la honestidad son motivo de sonrisa.
Nosotros, el pueblo llano, hemos podido ver cómo legiones de periodistas fanáticos, políticos integristas y escritores sectarios se atrevían a pervertir el verdadero significado de palabras como ‘Libertad’, hasta el extremo de que hoy, ‘libertad’ es cualquier cosa. Nuestros gobiernos asesinan en nombre de esa ‘libertad’ –incluso con carácter preventivo–. Aquella palabra que otrora definiera el pensamiento ilustrado, se utiliza hoy para adjetivar un tipo de mercado –el de una esclavitud que al no tener grilletes, muchos confunden con lo que no es– . ‘Neoliberal’ no significa lo que parece; ‘liberar’ es ahora sinónimo de ‘invadir’; y ‘libertario’ quiere decir demente, marginal, peligroso, molesto, antisistema.
Se atrevieron también con la palabra ‘Democracia’, desconociendo deliberadamente su etimología, y llegando a emplearla para referirse a cualquier régimen amigo en el que periódicamente se simule un proceso electoral que permita a la turba elegir entre los ya elegidos. Mofas bipartidistas, engaños no-proporcionales, guarreos de lista cerrada, dedocracias tabú, fusión de poderes… y así llegamos a las monarquías democráticas y por éstas, a fenómenos como el misterio de los ‘reyes republicanos’ y los ‘dictadores amigos’. ‘Socialdemocracia’ tampoco es lo que parece, y ‘democracia cristiana’ menos aún. Se diría que la partícula ‘demo’ ya no procede de Demos (~ Pueblo), sino de Deimos (~ terror).
Incluso ‘España’ –el nombre de un país–, mutó su significado neutro –si es que alguna vez lo tuvo–, pasando de ser una mera denominación toponímica a convertirse en un título de propiedad, en manos de los fascistas y el odio puro. Franco decidió que España le pertenecía –empezando por su nombre–, y por ello, el partido político que fundara un ex ministro dictarorial, al heredar su ideario y dinosaurios, se sintió legitimado para heredar también del título de propiedad sobre la palabra ‘España’. Es así como podemos explicar que un anti-español sea hoy cualquier persona cuya ideología colisione con la del partido neofranquista. Nos han enseñado que un español, es una persona de buen nombre, de buena familia, alguien en quien confiar una hacienda, tu hija o un crédito. “España es nuestra, porque para eso ganamos la guerra” –llegan a decir–, “solo nosotros somos España, nación única, patria común e indivisible”, “nuestros adversarios malvenden o hacen peligrar la unidad de España”.
‘Constitución’ tampoco es lo que parece. Una ‘constitución’ es ahora algo a lo que se puede llegar prescindiendo del engorroso y difícilmente controlable trámite de un proceso constituyente. Una ‘constitución’ es hoy un documento otorgado por Dios. Inmutable –aunque no por ello deba ser cumplida–. ‘Constitucional’ es todo lo favorable a los intereses políticos del poder establecido, lo demás es malo, anti-español, ‘anticonstitucional’. Pretender cambiar cualquier parte de la ‘constitución’ se tacha de herejía, y al hereje se le trata como hace cuatro siglos.
Embrutecieron también el término ‘Terrorismo’, que no hace tanto sirviera para designar a grupos de personas que optaban por emplear violencia como vía para conseguir sus fines políticos. Hoy ‘terrorismo’ es algo bien distinto: su significado se ha asimilado al de ‘enemigo’, sí, sí… ese enemigo abstracto que se citaba en los viejos manuales de guerra. ‘Terrorista’, es aquel que piensa de un modo distinto al del aceptable –el Pensamiento Único–, sin importar si este razonamiento conduce a la criminalización generalizada de extensos sectores sociales en base a ilícitos penales cometidos por otros –que muchas veces están las órdenes de quienes más tarde se valdrán de su existencia para justificar nuevas guerras, cultivar canteras de votantes, y en resumen: crear, alentar o mantener odios, miedos, envidias y engaños masivos–. Así, ‘terrorismo’ son los actos violentos de los demás, pero nunca los propios. Y por ello, ‘antiterrorismo’ es cualquier acción dirigida a destruir la vida de los que sobran, molestan, piensan, o simplemente, nacieron en el lugar equivocado.
Y qué decir del nombre de la ‘República’… en España, la jefatura del Estado se ve sometida desde hace siete décadas al poder militar instaurado mediante un golpe de Estado. Al poder establecido no le gusta la realidad cuando ésta es tan ignominiosa como la nuestra: tres años de asesinato masivo, otros diez de asesinato selectivo, y ello sin contar el secuestro y la desaparición de personas, ideas, culturas, justicia y libertad. Por esa razón, no es extraño que todavía hoy, muchos sigan dando por buenos los nuevos significados impuestos a la palabra ‘República’. No es extraño, después de setenta años repitiéndonos que la república es anarquía, y la anarquía, caos, que el caos es un desorden, y este desorden, algo peligroso… punible. Un ‘republicano’ es ahora un comunista, una mala persona o una suerte de loco, como hace poco le dijo un imbécil a otro.
¿Y todo eso para qué? Todo eso para haceros una confesión: yo era de los que hace muy poco todavía me atrevía a utilizar la palabra ‘Ciudadanía’. Lo hacía guiado tanto por criterios éticos como estéticos, por su semántica, su traducibilidad. Decía yo: “…la ciudadanía esto, la ciudadanía lo otro…”, era bueno, descriptivo, asexuado, neutral… algo con lo que cualquier persona podía sentirse identificada. Además, los asalariados del Mal todavía no se habían atrevido a mancillar su uso. Es un término tan respetable, que no parecía ni remotamente posible que alguna vez, alguien llegara, y se la quedara para si, y acto seguido la confundiera con su miseria. Pero estaba equivocado. Lo que parecía imposible, ha terminado por suceder.
¿Quién iba a decir que alguien se atrevería con la palabra ‘ciutadans’? Y sin embargo, así ha sido. Resulta bastante más fácil manchar lo limpio, ya se sabe: los parásitos prefieren testas sin mácula.
Pudo haber ocurrido en cualquier lugar, pero fue en Catalunya, un día surgieron cuatro titiriteros, tres pares de arribistas, algún que otro ‘escritor’ y allegados, y se lanzaron a la escena política: primero sin exponer, más tarde con un discurso que dejaba entrever algunas de sus fobias, y finalmente a lo grande y sin complejos: mezclando Le Contrat Social con Mein Kampf. Ultra-nacionalistas, anti-internacionalistas, jugando a parecer antinacionalistas. Antifranquistas e hijos de franquitas, unidos en su afán de robar a los ladrones, aunque solo sea un par o tres de escaños. Literatos que dan la nota y músicos iletrados, unidos por lo que todos sabemos y nadie nos dirá. Helos ahí: flor de un verano, metiendo el hocico en el Olimpo d’Hont, como el perro del hortelano…
Finalmente la derecha se ha quedado a 5 escaños de la gobernabilidad, con lo que la capacidad de influencia de Ciutadans se ha visto reducida a lo meramente testimonial. Imaginad, imaginad qué habría ocurrido si el equilibrio de fuerzas hubiera otorgado esa llave que bordea el 50% al esperpéntico grupito de oportunistas de la desazón: los de siempre se habrían visto impelidos a la tesitura de tener que hacerles la pelota, pactar, compartir los dineros… y todo eso que no hace falta escribir.
‘Ciutadans’. Lástima de palabra. ¡Si Jean Jaques levantara la cabeza!
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Jaume d'Urgell



