
Cada época histórica nos muestra un panorama distinto en el cual la Iglesia ha tenido que cumplir con su misión. El Espíritu Santo guía a la Iglesia, por lo que estamos seguros y convencidos que de algún modo, hemos cumplido con la misión de Jesucristo de construir el Reino de Dios. Esta época que nos ha tocado vivir, con los cambios tan fuertes que el siglo XX no ha dejado, no solo en el ámbito tecnológico, sino a nivel social, político, militar, humano, nos da una perspectiva sumamente compleja que nos anima a hacer un análisis profundo de los retos que enfrentamos como Iglesia en el siglo XXI.
La sociedad vive en un mundo secularizado, donde el relativismo, ha hecho de las suyas y ha permeado la mentalidad en los conceptos básicos. Es difícil distinguir para muchos el bien del mal, la virtud del vicio, se confunden constantemente y la independencia que declara consciente o inconsciente el hombre de Dios, no le permite hacer una introspección sobre su vida, sobre el bien que está llamado a realizar según su propia naturaleza y lo hace seguir enceguecido por este ambiente hedonista, consumista en el que se encuentra. El sentido de su vida está dominado por las pasiones, por la moda, por lo que va saliendo día con día. No hay objetivos claros, las personas se sienten frecuentemente perdidas y como familia y sociedad esto se muestra de cómo una consecuencia sumamente evidente. La religiosidad del hombre, ahí está. No se ha perdido. Busca alternativas que sacien esa sed de Dios que de forma natural siente, pero su desorientación, su ceguera y su egoísmo no le permiten poder realizar un cambio profundo en su vida.
La Iglesia en su tradición y en su enseñanza ha señalado siempre los males que ocasionan estos problemas. Debemos llamar a las cosas por su nombre y en este caso, es el pecado el que nos tiene de cabeza como sociedad. Es el pecado en sus distintas manifestaciones, ya sea personal o estructural el que nos impide poder crecer como personas, como seres que trascendamos hacia nuestro fin último. La soberbia humana hoy está que desborda, así como todos los distintos pecados capitales a saber: Avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Todos estos son la fuente de nuestros males. El vicio enceguece la conciencia humana y si no hay un proceso de formación adecuado es muy difícil para la persona el darse cuenta del origen de sus problemas y por ende, difícil poner un remedio.
Los retos de la Iglesia pues son muchos, pero el primero es el combate al relativismo. Existe una sola verdad. Existe la verdad absoluta y esa suma verdad es Dios. Solo mediante el estudio y el deseo honesto de encontrar la verdad por parte del ser humano, basado en los principios y valores universales será como podamos contrarrestar los negativos efectos del relativismo.
El ejercicio y la práctica de las virtudes, como medio para combatir el mal con el bien, es otro de los retos. No es una tarea que se cumpla en un momento de la vida y quede completado nuestro objetivo, sino es una tarea de toda la vida, de estar constantemente, con perseverancia y ahínco practicar la virtud hasta extremos heroicos. Solo mediante el testimonio de vida, solo mostrando al mundo que la práctica de la virtud es posible, que es bueno y que es agradable podremos animar a otros a hacer lo mismo, porque no olvidemos que el bien, el verdadero bien, siempre atrae.
Uno de los retos que enfrentamos como católicos, de forma importantísima es la obediencia a la Iglesia. Debemos rescatar el concepto de obediencia, no como un seguimiento ciego, sino como un seguimiento razonado en la fe. Estamos muy necesitados de obediencia, a nuestros pastores, al Santo Padre, al Magisterio de la Iglesia. Estamos muy contaminados de este relativismo que nos hace pensar que somos los únicos que poseemos “nuestra verdad” y nos sentimos con la autoridad suficiente de cuestionar, negar y rechazar las enseñanzas de nuestros pastores. Así no podremos llegar a ningún lado, pues no estamos siguiendo la enseñanza del Espíritu Santo que se manifiesta, en la Iglesia. Obediencia nos hace falta.
Unida a esto, un reto que nos obliga hoy por hoy es lealtad y fidelidad al mensaje de Jesucristo. Lealtad y fidelidad auténticas. No podemos ir construyendo el Reino de Dios por nuestro lado, de forma individual y egoísta. Necesitamos forzosamente de hacer Iglesia, hacer unión, todos los convocados por Jesucristo en el bautismo. Necesitamos lealtad y fidelidad para poder juntos, como UNA sola Iglesia fundada por Jesucristo, construir el Reino de Dios.
Por último, el reto más importante que tenemos como Iglesia es mostrar el amor de Dios. El amor del Padre que se nos ha manifestado en el misterio de la redención. El amor existe y el amor transforma, el amor libera, el amor nos dignifica, nos hace asumir nuestra condición de criaturas y de personas. El amor de benevolencia, es nuestro más grande reto, frente a las circunstancias que aparecen hoy a la Iglesia del siglo XXI. Dar testimonio de nuestra fe en Cristo, por medio de nuestra vida, avocada al amor desinteresado por los demás. Resulta alentador saber que en la medida que podamos aplicar estos criterios, iremos poco a poco transmitiendo este amor de Dios que de forma misteriosa, como el crecimiento del Reino de Dios, irá transformando los corazones de los hombres, las familias, la sociedad, el mundo. No dejemos a un lado la oración. Pidamos al Señor todo poderoso que nos ayude, nos ilumine y nos impulse para lograr realmente, de forma eficaz y verdadera llenar el mundo de este amor que salva, el amor infinito de Dios.
Este será pues nuestro más grande reto por asumir en este tiempo que nos ha tocado vivir.
Desde México
Ricardo Próspero
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En el fondo, es que el JEMAD no jura, sino promete. Más se habla de Paracuellos y mártires, más sube la intención de voto para la izquierda republicana. Así que dejemos la historia para los historiadores. Nosotros, reconciliación.
Del blog de Francisco Margallo, dia 22.12.08:
A mí me echaron por defender que en la IGlesia había también cosas buenas, para que ahora el resentido por los mismos motivos que Enrique VIII, se dedique igual que él a calumniar demagógicamente a la Iglesia sin que nadie se le oponga. Menuda democracia iba a haber en la Iglesia si la proponen los que quieren su destrucción. Para colmo no se limitan a criticar a la IGlesia culpándola de todo (desde la guerra c...
Enlace permanente Comentario por sofía 23.12.08 @ 11:41
la verdad que lucides y que bien ha diagnosticado los problemas del momento el hombre esta perdido¡¡¡¡ hace falta una nueva moral
Viernes, 1 de junio
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