
Ricardo Próspero
Hace unos días un amigo me invitó a dar el salto en paracaídas y acepté. Sentía temor, pero no me imaginé hasta donde el miedo se apoderaría de mí
Antes de que los conservadores y sedentarios me consideren loco, he decidido darles toda la razón a quienes lo crean. Sí, definitivamente sí.
Se necesita ser loco y totalmente temerario para realizar una cosa así.
Sucedió que un amigo me invitó a realizar un salto "tandem". No es el típico paracaídas redondo, sino es aquel que es rectangular y que cuenta don dos cuerdas con los que se puede controlar mejor la caída.
Un instructor lleva el mando de todo. Uno solamente es una especie de parásito en el arnés del instructor, quien es el que realiza el salto, el manejo del paracaídas y quien aterriza.
Mi amigo Luis, se había aventado un año antes, llegó y nos contó a todos su emocionante experiencia y todos boquiabiertos sentíamos un debate de ideas que iban desde el temor y la admiración hasta el deseo de aventarse también. Le dije: Cuando lo vuelvas a hacer, invítame que yo me aviento contigo.
Pasó el año. Y llegó Luis y me dijo: Me voy a aventar ahora. ¿Quieres venir? Le dije inmediatamente: Sí.
Nos organizamos, hicimos el apartado del salto y todo el procedimiento que el club de paracaidistas nos pedían. ¿Estás nervioso? me dijo Luis y le contesté que no.
Sucedió el sábado. Fuimos a un pueblo muy cerca de la Ciudad de Cuernavaca, en el estado de Morelos, que se llama: Tequesquitengo. Es un pueblito donde hay una laguna enorme y se practican diversos deportes recreativos. Nuestro salto estaba programado para las tres de la tarde.
Eran las dos treinta cuando llegamos. Todo iba bien. Nos registramos, y esperamos nuestro turno pues antes de nosotros se aventarían el clavado mortal unas 8 personas más.
La pista era pequeña y sin lujos, la avioneta de una hélice llegaba, ingresaban los instructores con los aventureros y se iba el avión, despegaba y después de un rato regresaba el avión.
Tiempo después, entre los gritos y risas, llegaban los paracaidistas con los atrevidos que se animaban a experimentar dicha acrobacia.
Llegaron dos intstructores, uno para Luis y otro para mí. Nos ajustaron el arnés y nos explicaron todo detalladamente; nos metieron al simulador de vuelo para decirnos que era lo que pasaría y como debíamos de hacer. Nos explicaron igualmente la importancia de la posición arqueada al momento de la caída libre. Aunque empezaba a sentir un poco de emoción, me controlé y seguía tranquilo escuchando atentamente las instrucciones del experimentado señor. Marco era su nombre.
Esperamos unos quince minutos más. Llegó la avioneta y nos dijeron: Es su turno. Ahí sentí un algo de emoción. Aún todo bien. A eso íbamos, nos habían explicado todo y no era el momento para hacer ningún tipo de exclamación. Como corderitos al matadero nos acercamos a la avioneta, entre cerrando los ojos por el fuerte viento que movía la hélice.
Subimos al pequeño cuadro donde cabíamos apenas 4 personas más el piloto. Nos acomodamos y nos sentamos en el suelo de la avioneta. Cerraron la puerta y empezó a caminar hacia la pista de despegue. El motor aceleró y salimos rápidamente por la pista hasta que empezamos a volar.
¡Qué emoción!
El pasto se veía lejos y poco a poco empezamos a subir más y más. ¿Cuanto tiempo subiríamos? Veinte minutos constantes hasta llegar a los 9000 pies.
Los instructores tranquilos, incluso el de Luis dormitaba. Empezó a sentirse mucho calor por el motor. Dentro sudábamos.
¿Cuantos años llevas en esto? A Marco le pregunté -Veinte años- respondió.
¿Cuantos saltos has hecho? -más de tres mil- Y me impresionó su rostro de seriedad con el que respondía al ver cada vez su altímetro, que llevaba en la muñeca y que subía poco a poco en las manecillas.
Llegamos a los 8000 pies y nos dijeron: Es el momento, preparémonos.
Entonces nos acomodamos para amarrar el arnés del instructor con el mío, igual Luis con su instructor.
Ahí tuve un lapsus de aparente lucidez:
¿Qué demonios estoy haciendo?
¡¡¿Qué hago aquí?!!
Mi corazón se aceleró y sentí miedo.
Me encomendé al Creador.
"Señor, perdón por todo. En tus manos me encomiendo"
Después de haber arreglado esta importante cuestión existencial, me dije: ¡A lo que vamos!
Abrieron la puerta del avión y el aire helado inundó el interior de la cabina de la avioneta. ¡Ay! Una sensación parecida a una ducha helada sentí. Un frío tremendo, pero no del susto sino del viento tan helado. No había tiempo de quejarme. Cuando me dí cuenta ya Luis estaba en la puerta y en segundos se aventó.
Nos acercamos el instructor y yo a la puerta, el viento no permitía oír absolutamente nada. Marco se sujetó fuertemente en la parte de afuera del avión para que yo me acomodara. Saqué la pierna derecha, luego la izquierda mientras me sujetaba aún del avión, poco después me solté y puse mis manos en el arnés a la altura del pecho. Estaba colgando totalmente ya en ese momento de la fuerza y pericia del instructor.
En eso, el instructor hace el movimiento indicado y se suelta en una maroma hacia atrás...
Fue el momento más intenso. La sensación de dejar la estabilidad del avión para experimentar la caída libre hacia atrás y sentir en el cuerpo humano la acción de la gravedad es el momento más intenso, emocionante y extrarodinario del salto. Grité con todas mis fuerzas.
Inmediatamente, el cuerpo de ambos se acomoda de forma arqueada hacia abajo para poder experimentar la caída libre mirando el planeta. ¡Qué experiencia más maravillosa! Es lo más parecido a sentir que vuela un humano. Va uno en el viento, que no le permite respirar cómodamente y que se mete por los labios y zarandea las mejillas como a un bulldog. Levanta uno las manos y la experiencia es totalmente religiosa.
Nuestro planeta, la Creación, el viento, el cielo, el sol...
Todo se mezcla en una serie de emociones intensas y encontradas donde uno no termina de disfrutar tan aventurada acción.
La caída libre dura sesenta segundos a 200 kilómetros por hora.

Marco el instructor accionó entonces el paracaídas y se sintió un suave jalón. Y el ruido del viento sesó. Tranquilidad y paz se experimentó.
Es la tercera parte y la más calmada. Uno puede ver con más cuidado todo. El paracaídas planea, se mueve uno a derecha e izquierda y es lo más espectacular de todo. Recobra uno poco a poco la calma y el corazón empieza a tomar su paso.
Poco a poco se acerca uno al lugar del aterrizaje y entonces el instructor hace unos cuantos movimientos, se acerca, la velocidad entonces de la caída se percibe con mayor impacto, poco a poco la tierra se ve más cerca y entonces el paracaídas planea en línea recta hasta que finalmente tocamos suavemente el suelo.
¡Al fin tierra!
Nos levantamos emocionados, Luis y yo habíamos cumplido la meta.
Los instructores nos felicitaron y amablemente se despidieron de nosotros. Ellos debían seguir trabajando aventándose unos cuantos saltos más.
Nuestras emociones estaban a flor de piel. Nos reíamos, y nos sentíamos llenos de adrenalina. Nos fuimos a comer, pero al cabo de media hora, experimentábamos un cansancio y un sueño propio del relajamiento posterior a una emoción tan fuerte.
Llegamos a cuernavaca, comimos unas hamburguesas. Y después nos despedimos y cada quien siguió su camino.
Para uno que es teólogo, no puedo dejar de apreciar dicha experiencia desde el punto de vista religioso. El salto fue totalmente una experiencia religiosa. Mucha emoción, claro; temeraria actividad ¡por supuesto! Una oportunidad única de ver y apreciar la Creación de Dios de otra forma, que obviamente, es emocionante al extremo.
Una experiencia inolvidable que espero pronto volver a repetir.
Quien pueda y quiera. Decídase. Vale la pena.
Un saludo!

Desde México
Ricardo Próspero
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Hombre, qué relato, la verdad es que me has dejado boquiabierta, desde hace un par de meses atrás se ha alojado la idea en mi cabeza de saltar, pero realmente no sé ni dónde, ni cuánto ni nada. Con esto que cuentas, la realidad es que dan ganas de eso y más... El ser inmortal por menos de 60 segundos es una inyección de poder. Felicidades por tu valor.
p.d. si puedes pasarme un teléfono o página del lugar te lo agradeceré mucho.
Un abrazo y de nueva cuenta felicidades.
Estimado Samu-el
Hace unos años tuve la experiencia del viaje en globo. Eso fue en tlaxcala.
No tenía ningún temor antes. Pero cuando sucedió, experimenté la terrible sensación de vértigo al despegue.
Ahora en el salto de paracaídas, es interesante que no experimenté vértigo. Pero otras sensaciones intensas sí que aparecen.
Claro está, que siempre será mejor alabar a Dios desde nuestra amada tierra, como Juan Pablo Magno y tantos otros.
Un Saludo
Desde México
Ricardo Próspero
Guillermo:
Yo creo que ambas cosas.
Es interesante como aquellas actividades que nunca hemos realizado y que evidentemente conllevan un riesgo, nos causan tanto temor.
Pero cuando uno observa a aquellos que lo practican de forma regular y que conocen la técnica y la práctica, ya no resulta tan aterrador como parece.
El riesgo no desaparece naturalmente.
Así que ambas cosas Guillermo
Saludos
Sr. Ricardo: Leyendo ésta su experiencia, me ha calado muy a dentro. No dudo que debe de ser algo grande, pero: ¿y esa cosa que se llama "vértigo?, trato de introducirme en su experiencia, y sólo de pensarlo se me pone la piel de gallina. Dios mio, que temerario. Yo prefiero engrandecer al Señor desde el suelo; como lo hacia Juan Pablo II. Saludos.
Una experiencia religiosa o un salto de fe?
Saludos!
Domingo, 19 de febrero
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