Desde México: el blog de Ricardo Próspero

El don de Jesucristo, recibido en el sacramento del matrimonio, acompaña a los cónyuges en toda su existencia”

20.10.08 | 18:12. Archivado en Sobre el autor
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Quince mil personas participaron este domingo en la beatificación de los padres de santa Teresa de Lisieux, Louis Martin y Zélie Guérin, y en la prensa católica mexicana se resaltó la noticia de la elevación a lo altares de este matrimonio. El testimonio de estos cristianos refleja la bondad de Dios que concede su gracia, ordenado a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y a dar culto a Dios; un sacramento que es, en sí mismo, un acto litúrgico de glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia.

Ofrecemos el editorial del semanario de la arquidiócesis de Puebla, Koinonía, sobre la beatificación de los padres de santa Teresa del niño Jesús.

Una pareja a los altares

19 de octubre

Hay cristianos, sacerdotes, religiosos, que se han rendido a Dios totalmente, y que por todos los poros de su ser lo rebosan y lo transmiten en sus palabras, en sus gestos, en sus miradas, en sus acciones, reveladoras de una transparencia que no ha perdido la inocencia bautismal. Esos hombres y mujeres son aquellos que se han dejado poseer por Cristo y por el Espíritu Santo y no viven para sí, sino para Dios y para la misión. Son hombres normales, como los demás. Lo extraordinario en ellos es que parecen haberse olvidado de sí para darse por completo al ideal de Jesucristo, sin importarles el vivir o morir. Son personas que contagian y que irradian. Sus corazones, a rojo vivo por el amor de Dios, queman todo lo que alcanzan. Ellos son testigos de Dios en el mundo, aunque no hablen, aunque no brillen ni aparezcan a los ojos del mundo. Ellos son los santos.

Hoy la Iglesia propone como ejemplo de santidad al Matrimonio de Louis y Zélie Martín, padres de Santa Teresita del niño Jesús y otros 8 hijos, el segundo Matrimonio que merece la gloria de los altares después del de los esposos Luigi Beltrame Quattrocchi y María Corsini, beatificados por el Papa Juan Pablo II el 21 de octubre de 2001. Una vez más queda de manifiesto que el Matrimonio es un Sacramento de mutua santificación, propia para los cónyuges, en virtud del misterio de la muerte y resurrección de Cristo. El don de Jesucristo, recibido en la celebración del Sacramento del Matrimonio, acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia, permanece con ellos para que, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella.

El Matrimonio cristiano, como todos los Sacramentos, está ordenado a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y a dar culto a Dios, es en sí mismo un acto litúrgico de glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Celebrándolo, los cónyuges cristianos profesan su gratitud a Dios por el bien sublime que se les da de poder revivir en su existencia conyugal y familiar el amor mismo de Dios por los hombres y del Señor Jesús por la Iglesia, su esposa. Y como del Sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir cotidianamente la santificación recibida, del mismo Sacramento brotan también la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo sacrificio espiritual.

A pesar de que para algunos el Matrimonio no sea más que un convenio social, o un estado de vida en el que ambos comparten totalmente su vida, su persona y su destino, hoy brilla este Sacramento como un camino de santidad, es decir, un camino hacia Dios, fundamentado en el amor humano y en la procreación de los hijos que Dios quiera regalar. Camino de santidad, porque dentro de él se vive para amar, sin egoísmos, sin intereses personales, sin mezquindades, porque es camino de renuncia y de sacrificio, ya que no hay amor posible sin ellos.
En el Sacramento del Matrimonio, con el esfuerzo y dedicación de los cónyuges, el amor humano se convierte en un reflejo, auténtico y bello, del amor con que Cristo amó a su Iglesia: Un amor sin límites, generoso, sufrido, lleno de bondad, de paciencia, de comprensión y de esperanza.


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