Fuente: El Universal-Julián Sánchez
Analistas consideran que el principal legado del cardenal, fallecido ayer, fue su participación en el restablecimiento de los nexos Iglesia-Estado
El cardenal emérito Ernesto Corripio Ahumada jugó un papel preponderante en las reformas constitucionales en materia religiosa y en el restablecimiento de las relaciones con el Estado en 1992, pues como arzobispo primado de México encabezó ese proceso manteniendo siempre la defensa del catolicismo mexicano, coinciden los especialistas Roberto Blancarte y Elio Masferrer.
Recuerdan que en la reforma de 1992 había una discusión de Corripio con el entonces representante del Vaticano en México, Girolamo Prigione, sobre si primero debía registrarse como asociación religiosa la Iglesia Católica Universal o la Iglesia Católica de México, se impuso la última posición que era del cardenal fallecido ayer.
Corripio Ahumada fue un personaje “brillante precozmente, lo cual se demuestra en haber sido el obispo más joven del mundo; además de que fue prudente y conciliador al final de su etapa”, considera Roberto Blancarte.
El prelado fue parte de una generación de sacerdotes entonces jóvenes que vieron una Iglesia católica europea en crisis por la segunda guerra mundial, lo cual lo hizo de alguna manera particular en comparación con el resto de los religiosos mexicanos, comenta Elio Masferrer.
El catedrático e investigador de la Escuela Nacional de Antropología de la UNAM, habla del concepto que Corripio tenía acerca de las diferentes corrientes al interior de la Iglesia mexicana: “Tenía claro que en la Iglesia católica, —sus miembros— podían tener su corazoncito en muchos lugares y hacía énfasis en el pluralismo católico, es decir, que cada sector podía tener su expresión y hacer su juego, y manejaba un criterio de universalidad de la Iglesia en donde tenían lugar desde los teólogos de la prosperidad, hasta los de la liberación y carismáticos”.
El cardenal tuvo algunas diferencias con Girolamo Prigione que estaban en función de los intereses del Vaticano que quería imponer su representante, y Corripio tenía un enfoque más de la Iglesia mexicana, comenta Elio Masferrer. Señala que esa postura no lo desprendía de su lealtad al Vaticano, sino más bien no coincidía con partes de la burocracia de la curia romana.
Corripio Ahumada planteaba que la Iglesia católica no debía apoyar a un partido político en particular, sino negociar en función de intereses estratégicos, destaca Masferrer.
En esa perspectiva continuó, sabía que en el Episcopado había gente que simpatizaba con el PAN, con el PRI, con el Partido Demócrata Mexicano, o con el PRD. “A él no le preocupaba eso, en cambio a Prigione le interesaba negociar para crear el sector católico del PRI”.
En este contexto, Roberto Blancarte dice que Corripio “era un hombre de centro muy acostumbrado durante sus primeros años de obispo a tratar con el PRI. Y luego más prudente en su forma de abordar lo político. Le tocó el cambio donde la Iglesia comenzó a tener más presencia pública. Fue un hombre de iglesia manteniendo sus posiciones tradicionales más ortodoxas y conciliando con todas las corrientes”.
Viernes, 1 de junio
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