
Mensaje del cardenal Norberto Rivera Carrera ante el deceso de su antecesor, el Emmo. señor Ernesto Corripio Ahumada
El Eminentísimo Sr. Cardenal, Don Ernesto Corripio Ahumada a las 5:30 de esta mañana nos ha dejado físicamente y goza ya de la presencia del Señor, quien lo ha llamado a la Vida Eterna tras haber sufrido un prolongado y doloroso calvario a causa de sus enfermedades.
Como sucede con todos los grandes hombres, su ausencia deja un vacío imposible de llenar, pero entre nosotros permanecerán sus enseñanzas y su ejemplo de fe y vida cristiana; su firmeza y valor ante situaciones adversas; sus palabras de aliento frente a los desafíos; su sabiduría ante la incertidumbre que todos experimentamos cuando se tiene que elegir.
Mi venerable antecesor, el cardenal Corripio Ahumada, fue un hombre de convicciones y decisiones oportunas y firmes. Con el lema episcopal: “Mi vivir es Cristo”, no dudó en seguir el llamado del Señor y desde niño supo tomar opciones importantes. Tendríamos que empezar por recordarlo desde que era acólito en los tiempos más difíciles en la persecución religiosa en México; a los 11 años de edad ya había ingresado al Seminario Palafoxiano en Puebla y a los 16 años ya estudiaba en Roma donde años mas tarde recibió la ordenación sacerdotal con la inalterable convicción de servir a Dios para siempre.
Con la misma firmeza y confianza en el Señor, el cardenal Corripio Ahumada se desempeñó como sacerdote y obispo; estuvo presente en aquellos días en los que la Iglesia en Roma definía su futuro a través del Concilio Vaticano II, y una vez que el Santo Padre lo creó Cardenal, asumió responsabilidades importantes, confiadas por la Santa Sede, como representante suyo en algunos acontecimientos de trascendencia, en El Salvador y Bolivia, frente a situaciones en las que se necesitaba prudencia, valor y firmeza en la postura evangélica.
Desde muchas perspectivas podríamos referirnos al cardenal Corripio Ahumada, porque en su trayectoria como Arzobispo, innumerables sacerdotes y religiosos podrían dar testimonio de su caridad pastoral y entrega apasionada por la Iglesia.
El cardenal Corripio Ahumada permanece entre nosotros a través de sus innumerables obras en favor de la Iglesia y de nuestra patria, en la defensa de la promoción de los valores, en su afecto generalizado por los fieles, por su entrega en aquellos momentos difíciles que se derivaron de los sismos de 1985, en su visión de Pastor al convocar y llevar a feliz término el II Sínodo de Obispos en esta Arquidiócesis de México–Tenochtitlan.
El cardenal Corripio Ahumada, mi querido antecesor, recibió con inmenso amor por vez primera en México a Su Santidad Juan Pablo II, fue un decidido misionero y desde su ferviente amor mariano, convocó a la Misión Guadalupana y exitosamente introdujo la causa de beatificación de San Juan Diego, destacando también con ello la sencillez y el valor de nuestras culturas indígenas, pues era especialmente sensible ante la injusticia social que atestiguó personalmente cuando fue Arzobispo de Oaxaca, donde fue un férreo y valiente defensor de nuestros hermanos indígenas.
Cuando me recibió como Arzobispo Primado de México, aquel 26 de julio de 1995, en su discurso señaló que en nuestra Arquidiócesis, cuatro veces centenaria, “los Arzobispos han llenado las páginas de nuestra historia con su sabiduría y su vida santa”, y luego se despidió recordando palabras de la Segunda Carta de San Pablo a Timoteo. “He competido en la lucha, he corrido hasta la meta, me he mantenido fiel, ahora ya me aguarda la merecida corona con la que el Señor, Juez Justo, me premiará el último día; y no sólo a mí, sino también a todos los que anhelan su venida”.
Este momento ya ha llegado. Siempre llega, y los que creemos en Cristo Resucitado lo recibimos con Esperanza.
Para quienes tenemos plena confianza en la Misericordia Divina, la muerte sólo es una breve transición a la dicha eterna. El cardenal Corripio Ahumada en su convicción de que su “vivir es Cristo”, nos deja la certeza de su destino eterno.
Aquí, en la tierra, lloramos su muerte y rezamos por su eterno descanso, y lo recordamos llenos de gratitud por habernos dejado su testimonio de amor a Dios Nuestro Señor y la Virgen Santísima de Guadalupe, su devoción filial al Santo Padre, su confianza en el futuro de la Iglesia, su ejemplo como un mexicano comprometido con su patria y un cristiano universal.
+ Norberto Cardenal Rivera Carrera
Arzobispo de México
Viernes, 1 de junio
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