Ríase, aunque sea de mí

El suicidio latente y su brazo ejecutor.

derrotadoÉl, estuvo a punto de abandonar esta vida, gracias a los sufrimientos que le infligieron los guardianes defensores de la integridad y del honor en la pequeña Sicilia del barrio madrileño y fascinante que lo vio llegar de chico, aledaño al Retiro. Corrían los años cincuenta en su límite. Una mafia delictiva de pequeños burguesitos de catequesis y colegios de curas, lo sentenció como pecador sublime. En la pubertad, con el odio y el desprecio bien enroscado en aquellos jóvenes sayones de comunión casi contínua y bendiciones del Padre Peyton, adobaron y pergeñaron infundios a partir de lujuriosas sospechas, junto a su propia familia colateral, para que el marchamo de indeseable corriera por los cuatro vientos en aquellas alforjas destructivas de calumnias e injurias, en una suerte de actitud grotesca y dramática de fanatismo incalculable. Trascendieron los tintes de maldad en el niño endemoniado como aliciente para llevarlo a la hoguera purificadora, años después, consentida, incluso, por sus mas queridos: un abismo premeditado para tomar la decisión final de nuevo, sin pensar que el ángel, por fin, después de enormes sufrimientos, estaba de su lado. Aquellos pequeños, jóvenes, y ya adultos terroristas, junto a sus colaboradores necesarios, hoy se debaten entre lo que fueron y lo que son: ejemplo de una especie trasnochada.


Domingo, 22 de julio

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